Todo comienza con una amistad entre un chico y una chica que son mejores amigos. Ella guarda un secreto: está profundamente enamorada de él, pero él tiene novia. Cada vez que habla de ella, la chica siente celos, aunque intenta disimularlos para no perder su amistad. Él asegura amar a su novia y jamás imagina lo que ocurre en el corazón de su mejor amiga. Sin embargo, pasan cuatro años y sus sentimientos comienzan a cambiar. Poco a poco, descubre que siente algo especial por ella. Cuando finalmente comprende que está enamorado de su mejor amiga, quizá sea demasiado tarde.
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Capítulo 9 Una noche sin dormir
Pasé toda la noche en el hospital junto a Valeria.
No quería irme.
Aunque su mamá, Yuliana, estaba con ella, yo sentía que si salía de aquella habitación podía pasarle algo y yo no estaría ahí. Después de lo que había ocurrido en el colegio, todavía tenía el susto metido en el cuerpo.
Al día siguiente, cuando empezó a entrar la luz por la ventana del hospital, me miré y me dio hasta pena.
Estaba demasiado sudado y todavía tenía puesto el uniforme del colegio del día anterior.
Yo sé que muchas personas podrían pensar:
"Qué cochino ese man, ¿cómo va a estar con el mismo uniforme?"
Pero no era por eso.
Yo simplemente no quería dejar sola a mi novia.
Tenía la mochila tirada sobre un mueble de la habitación y ni siquiera había pasado por mi casa.
Yuliana me miró y se dio cuenta de que yo estaba agotado.
—Mijo, usted tiene que irse a bañar y cambiarse.
—No, señora. Yo estoy bien.
—¿Bien? Mire cómo tiene esa camisa.
Bajé la mirada.
—Es que no quiero dejar a Valeria sola.
—Yo estoy aquí con ella.
—Sí, pero…
—Nada de pero, Steven.
—Yo puedo quedarme.
Yuliana soltó una pequeña sonrisa.
—Usted lleva toda la noche aquí. No ha dormido, no ha comido bien y todavía tiene puesto el uniforme.
—No tengo hambre.
—Eso no importa. Tiene que ir a su casa.
—Señora Yuliana…
—Hágame caso, mijo. Váyase, se baña, se cambia, deja esa mochila y vuelve.
Me quedé pensando.
La verdad, yo sí necesitaba bañarme. Sentía el uniforme pegado al cuerpo y estaba muerto del cansancio.
—¿Me promete que me llama si pasa algo?
—Claro que sí.
—¿Y si se despierta?
—Le aviso.
—¿Y si se siente mal?
—También.
Finalmente asentí.
—Bueno, pues.
Agarré mi mochila y salí de la habitación.
Antes de irme, miré a Valeria.
Seguía dormida.
—Nos vemos ahorita, princesa —susurré.
Salí del hospital y tomé un taxi.
Durante el camino miraba por la ventana, prácticamente sin hablar.
Tenía sueño.
Muchísimo.
Pero también estaba preocupado.
Cuando llegué a mi casa, apenas pagué el taxi y entré.
Mi mamá estaba en la sala.
Apenas me vio, abrió los ojos.
—¡Steven!
Yo me detuve.
—Hola, ma.
—¿Dónde carajos estabas?
—Ma…
—¡Te desapareciste toda la noche! ¿Vos creés que eso está bien?
—Estaba en el hospital.
Mi mamá se quedó callada.
—¿En el hospital?
—Sí.
—¿Qué pasó?
—Valeria tuvo una crisis respiratoria en el colegio. Se desmayó y la llevaron al hospital.
La expresión de mi mamá cambió completamente.
—¿Cómo está?
—Está estable, pero sigue internada.
—¿Y por eso no me llamaste?
Bajé la mirada.
—Perdón, ma. Todo pasó tan rápido que ni pensé en el celular.
—Yo estaba preocupadísima, mijo. Te llamé un montón de veces.
—Ya sé. Perdón.
Mi mamá se acercó y me miró de arriba abajo.
—Y además tenés el mismo uniforme de ayer.
—Sí.
—Steven…
—Ya sé, ma.
—¿No dormiste nada?
—Casi nada.
Ella suspiró.
—Andá a bañarte.
—Sí.
—Y después comés algo.
—No tengo hambre.
—No te pregunté si tenés hambre. Te estoy diciendo que vas a comer.
Sonreí cansado.
—Bueno, pues.
Subí rápidamente las escaleras y entré al baño.
Me bañé con agua fresca y sentí que poco a poco volvía a la vida.
Después me puse ropa limpia: una camiseta, una bermuda y unos tenis. Me acomodé el cabello y agarré una gorra, colocándomela hacia atrás.
Bajé nuevamente.
Mi mamá había dejado algo de comida sobre la mesa.
—Comé.
—Ma, de verdad no tengo hambre.
—Aunque sea poquito.
Me senté y comí unas cuantas cucharadas.
—¿Vas a volver al hospital?
—Sí.
—¿Hoy?
—Sí.
—Bueno. Pero esta vez avisame.
—Te aviso.
Mi mamá se acercó y me dio un beso en la frente.
—Cuídate, mijo.
—Sí, ma.
saque de mi mochila mi billetera y me preparé para salir.
No quería perder más tiempo.
Mi novia seguía en el hospital.
Y yo necesitaba estar junto a ella.
Antes de cerrar la puerta, mi mamá me llamó.
—¡Steven!
—¿Sí?
—Gracias por cuidar a esa muchacha.
Sonreí.
—Es mi princesa, ma.
Y salí nuevamente rumbo al hospital.