Seis meses. Sin sexo. Sin preguntas. Sin sentimientos.
Camila firmó el contrato sin dudarlo. Necesitaba el dinero para salvar a su madre. No le importaba casarse con un hombre frío, poderoso y peligroso.
Pero hay dos cosas que él sabe y ella no.
Primera: él ya sabe que ella es la hermana gemela de su ex prometida, la mujer que él cree haber matado.
Segunda: él también sabe que ella tiene un hijo de tres años. Un hijo que él nunca ha visto.
Él busca la verdad. Ella busca venganza. Ambos ocultan secretos mortales.
Pero cuando el contrato se rompa y la verdad explote, descubrirán que el amor puede ser el arma más peligrosa de todas.
💣 ¿Podrá el odio convertirse en amor? ¿O la venganza lo destruirá todo?
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Capítulo 12: Un Nuevo Comienzo
Capítulo 12: Un nuevo comienzo
Pasaron seis meses. Seis meses en los que Nico aprendió a leer solito. Seis meses en los que Sebastián y yo aprendimos a querernos sin condiciones. Seis meses en los que, lentamente, la vida recuperó su color. La mansión ya no era una prisión dorada. Era un hogar lleno de risas, de juegos, de vida.
Nicolás corría por los pasillos con sus juguetes, llenando cada rincón de risas. Sebastián había reducido sus horas en la empresa para pasar más tiempo con nosotros. Yo... yo había encontrado un propósito.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —preguntó Sebastián una mañana, mientras desayunábamos en el jardín.
—Nunca estuve más segura. Porque voy a materializar tu proyecto. El que nunca te decidiste a empezar.
Abrí la carpeta que tenía sobre la mesa con documentos, formularios y un plan de negocios.
—Voy a abrir una fundación —anuncié—. Una fundación para familias que han perdido a sus seres queridos por culpa de la violencia. Para hijos que crecen sin padres. Para madres que luchan solas.
—Es hermoso.
—No es solo hermoso, es necesario. Si yo hubiera tenido alguien que me ayudara cuando mi padre murió... tal vez las cosas habrían sido diferentes.
—¿Diferentes cómo?
—Tal vez Rebeca no se habría convertido en la persona que es. Es muy probable que no hubiera elegido la venganza.
—No fue tu culpa.
—Lo sé. Pero puedo evitar que otras familias pasen por lo mismo.
Sebastián tomó mi mano.
—Te voy a apoyar con dinero, con mi tiempo, con todo lo que necesites.
—Gracias.
—No me des las gracias. Esto también es mi responsabilidad. Mi familia le hizo daño a la tuya, y llegó la hora de repararlo.
Esa tarde, visitamos a mi madre. El hospital la había dado de alta hacía meses. Ahora vivía en una casa pequeña cerca de la playa, que Sebastián había comprado para ella.
—Mami —dije, abrazándola—. Te traje a alguien que estaba loco por visitarte.
Nicolás entró corriendo.
—¡Abuela!
Mi madre lo recibió con los brazos abiertos. Las lágrimas rodaban por sus mejillas.
—Mi niño... cómo has crecido.
—Abuela, ¿por qué lloras?
—Porque soy feliz.
Sebastián se quedó en la puerta, observando la escena. No entró, no quería interrumpir.
—Pasa —le dijo mi madre—. Eres familia.
Él sonrió y dio un paso adelante.
—Gracias.
—No me des las gracias. Cuida de mi hija y de mi nieto, eso es todo lo que pido.
—Lo haré siempre.
Mi madre lo miró a los ojos. Luego me miró a mí.
—¿Sabes? Tu padre siempre decía que el amor verdadero llega cuando menos lo esperabas.
—¿Y tú crees que lo he encontrado?
—Creo que sí. Y creo que él está orgulloso de ti.
Las lágrimas volvieron a mis ojos, pero esta vez no eran de dolor. Eran de esperanza. Al atardecer, Sebastián y yo caminamos por la playa. Nicolás corría detrás de las olas, riendo como solo un niño puede reír.
—¿Alguna vez imaginaste que llegaríamos hasta aquí? —pregunté.
—No. Al principio solo quería una esposa falsa para salvar mi empresa.
—Y yo solo quería vengarme de ti.
—Pero mira cómo terminamos.
—Enamorados.
Sebastián se detuvo y me tomó las manos.
—Nunca te lo dije como se debe.
—¿Qué cosa?
Me miró a los ojos. El sol se ponía detrás de él, pintando el cielo de naranja y rosa.
—Te amo, Camila. No por el contrato, no por Nico. Te amo a ti, como eres. Por la manera en que me conviertes en una persona mejor. Por la manera en que luchas por lo que quieres.
—Yo también te amo —susurré—. Aunque al principio no quería admitirlo por miedo. Aunque todo parecía imposible.
—Nada es imposible si estamos juntos.
Nos besamos. Las olas rompían a nuestros pies. Nicolás gritaba de felicidad. Y el mundo, por primera vez en mucho tiempo, tenía sentido.
Esa noche, mientras Nico dormía, Sebastián y yo nos sentamos en el balcón de la mansión. Las estrellas brillaban como diamantes en el cielo.
—¿Qué pasó con Rebeca? —pregunté—. ¿Supiste algo de ella?
—No. Desapareció sin dejar rastro.
—¿Crees que volverá?
—No lo sé. Pero si vuelve, estaremos preparados.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque ahora tenemos algo que no teníamos antes.
—¿Qué cosa?
—Amor, confianza el uno en el otro. Y eso es más poderoso que cualquier venganza.
Apoyé mi cabeza en su hombro.
—¿Vamos a estar bien?
—Más que bien, vamos a ser felices. Te lo prometo.
—No hagas promesas que no puedas cumplir.
—Esta la voy a cumplir.
Cerré los ojos y, por primera vez en años, dormí sin pesadillas.
A la mañana siguiente, recibí una carta sin remitente y sin sello. Solo con mi nombre escrito en el sobre. La abrí con manos temblorosas.
"Camila:
Me fui. No voy a volver y no voy a molestarlos más. Leí lo de tu fundación y me gustó. Tal vez algún día, cuando haya sanado mis heridas, te ayude.
Por ahora solo quiero que sepas algo: siempre te quise, aunque no supe demostrarlo. Aunque la venganza me cegó. Cuida de Nico y de Sebastián. Pero también cuida de ti. Nos vemos en otra vida.
Rebeca."
Las lágrimas rodaron por mis mejillas. No eran lágrimas de odio, eran lágrimas de despedida.
Guardé la carta en el cajón de mi mesita de noche, junto a la foto de mi padre y al anillo de bodas que Sebastián me había dado. Junto a los recuerdos de disgustos, peleas y discusiones. Donde hubo momentos en que pensé que todo se acabaría, pero siempre volvíamos uno junto al otro. Porque el amor no es fácil. El amor es una decisión. Y nosotros decidimos amarnos cada día, todas las noches, a cada minuto.
Una tarde estábamos sentados en el jardín. Nicolás jugaba con un camioncito, sumergido en su mundo de fantasía. Sebastián me besó en la mejilla y me miró como solo lo hacen los hombres enamorados.
—¿Te arrepientes? —me preguntó.
—¿De qué?
—De haberme conocido. De haberte casado conmigo. De todo lo que pasó.
Lo miré. En su cabello asomaban las primeras canas, pero sus ojos seguían siendo los mismos: negros, profundos, llenos de amor.
—No —respondí—. No me arrepiento de nada.
—¿Ni siquiera del dolor?
—El dolor me convirtió en la mujer que soy: una mujer que ama a su esposo, que adora a su hijo, y que construyó algo hermoso desde las cenizas.
—Eres increíble.
—Tú también.
Nos besamos. El sol se ponía. Y la vida, finalmente, tenía sentido.
—"La vida, finalmente, tenía sentido."
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