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Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Turquesa Eterno: Memorias De Un Amor En Varadero.

Status: En proceso
Genre:Romance / Amor eterno
Popularitas:382
Nilai: 5
nombre de autor: piscis 1

Romance en Playa Varadero ( Cuba)

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El fantasma de Camille.

El octavo día amaneció con nubes negras en el horizonte, un presagio de tormenta tropical que puso en alerta a todo el personal del hotel. Las hamacas se recogieron, las sombrillas se plegaron y los turistas fueron invitados a permanecer en las zonas cubiertas. El mar, antes un espejo turquesa, se agitó con olas de espuma blanca que rompían contra el muelle con una furia inusitada.

Marina y su equipo trabajaron a contrarreloj para asegurar las instalaciones del centro de conservación. Los tanques exteriores se cubrieron con lonas impermeables, las embarcaciones se amarraron con doble nudo y los animales más sensibles se trasladaron al interior del laboratorio. Álix se ofreció a ayudar en todo lo que pudiera, cargando cajas, sujetando toldos y obedeciendo las instrucciones de Marina con una diligencia de soldado raso.

—No me gusta esta tormenta —dijo Javier, mirando el cielo con el ceño fruncido—. Viene de golpe. Demasiado rápido.

—¿Es peligrosa? —preguntó Álix.

—Puede serlo. Las tormentas tropicales en esta época son impredecibles. A veces pasan de largo, a veces se desatan como un huracán. Habrá que estar atentos.

A media mañana, el cielo se abrió y la lluvia cayó con una violencia torrencial. Las calles del complejo hotelero se convirtieron en ríos de barro, las palmeras se doblaron bajo el viento y el mar rugió como una bestia enfurecida. Los huéspedes se agolparon en el vestíbulo, entre nerviosos y aburridos, mientras el personal del hotel repartía toallas secas y bebidas calientes.

Marina y Álix se refugiaron en el centro de conservación, que a esas alturas parecía un búnker improvisado. Javier y Ernesto se habían ido a sus casas, en un pueblo cercano, para proteger sus propias viviendas, así que estaban solos. El edificio de madera crujía bajo el embate del viento, pero se mantenía firme, como un viejo marinero acostumbrado a las tempestades.

—Esto no es nada —dijo Marina, al ver la expresión preocupada de Álix—. Cuando era niña, viví un huracán de categoría cuatro. Esto es una brisa de verano comparado con aquello.

—¿Y no tienes miedo?

—El miedo no sirve de nada. Solo te paraliza. Prefiero la acción.

Se sentaron en el suelo, sobre unos cojines improvisados con sacos de arena, y compartieron una botella de agua y unas galletas saladas que Marina había guardado para emergencias. La luz parpadeaba intermitentemente, amenazando con un apagón definitivo.

—Parece el fin del mundo —comentó Álix, mirando por la ventana las cortinas de lluvia que azotaban el cristal.

—O el principio de algo nuevo. Las tormentas limpian, purifican. Después de cada tormenta, el mar está más claro, el aire más puro, la tierra más fértil.

—Eres una optimista incorregible.

—Y tú un pesimista redomado. Hacemos buena pareja.

La palabra pareja resonó en el pequeño espacio, y ambos se miraron. Era otra palabra que hasta ahora habían evitado, como si pronunciarla fuera a invocar a los demonios de la realidad.

—Marina... —empezó Álix.

Pero en ese momento, su teléfono móvil vibró sobre la mesa. Un zumbido inesperado que rompió el hechizo. La pantalla se iluminó con un nombre que a Álix se le heló la sangre en las venas: Camille.

Marina vio el nombre antes de que él pudiera ocultar el teléfono. Vio también el cambio en su expresión, el rictus de sorpresa y de algo parecido al pánico.

—¿Camille? —preguntó, con una voz que se esforzaba por parecer neutral—. ¿La pianista?

—Sí. No tengo ni idea de por qué me llama. Hace meses que no sé nada de ella.

—Contesta. Quizás es importante.

Álix dudó. Su instinto le decía que rechazara la llamada, que apagara el teléfono y volviera a centrarse en Marina, en la tormenta, en el presente. Pero algo en la mirada de ella, una mezcla de curiosidad y de inseguridad, le hizo entender que no responder sería peor.

Descolgó.

—¿Camille?

—¡Álix! Por fin. Llevo semanas intentando localizarte. ¿Dónde estás? ¿En Cuba? Eso me dijeron en la editorial.

La voz de Camille era exactamente como la recordaba: aguda, rápida, con ese tono de quien siempre tiene prisa por llegar a ninguna parte. Durante unos segundos, Álix se sintió transportado a París, a su antiguo apartamento, a las discusiones estériles y a la sensación de asfixia que lo había empujado a huir.

—Sí, estoy en Cuba. ¿Qué quieres, Camille?

—¿Qué quiero? Un poco de educación, para empezar. Y segundo, quería saber si es verdad lo que me han contado. Que estás escribiendo un libro nuevo. Que has recuperado la inspiración. ¿Es cierto?

Álix miró a Marina. Ella fingía estar concentrada en la lluvia, pero él sabía que estaba escuchando cada palabra.

—Sí, es cierto. He vuelto a escribir.

—¡Lo sabía! Siempre supe que tarde o temprano volverías. Mira, he pensado mucho en nosotros, en lo que pasó. Cometí errores, lo sé. Pero si has vuelto a escribir, significa que estás bien. Significa que quizás podríamos...

—Camille, para. No va a pasar. Lo nuestro se acabó. Lo sabes tan bien como yo.

Un silencio tenso al otro lado de la línea. Luego, la voz de Camille, más fría, más cortante:

—¿Hay alguien más?

—Sí.

—¿En serio? ¿Una cubana? ¿Una de esas mulatas que bailan salsa en la playa?

—No voy a permitir que hables así de ella. No la conoces. No tienes derecho.

—Vaya, vaya. El solterón empedernido se ha enamorado. Esto sí que es noticia. ¿Y qué va a pasar cuando vuelvas a París? ¿Vas a traértela? ¿Va a dejar ella su islita paradisíaca por ti? No me hagas reír, Álix. Los amores de verano se quedan en verano.

—Adiós, Camille.

Colgó antes de que ella pudiera responder. Su mano temblaba ligeramente al dejar el teléfono sobre la mesa. La tormenta seguía rugiendo fuera, pero dentro del centro de conservación se había instalado un silencio más estruendoso que cualquier trueno.

—Así que era ella —dijo Marina al fin, con una calma que no presagiaba nada bueno.

—Sí.

—¿Y qué quería?

—Nada importante. Quería... volver. O eso creía. Pero no importa. Ya le he dicho que no.

—La has llamado Camille. No "mi ex", no "una antigua conocida". Camille. Como si todavía estuviera presente en tu vida.

—Marina, por favor. No me hagas esto. Camille es pasado. Tú eres mi presente. Y, si me dejas, quiero que seas mi futuro.

Ella se levantó, caminó hacia la ventana y apoyó la frente contra el cristal frío. La lluvia resbalaba por el otro lado como lágrimas que el cielo derramaba en su nombre.

—No es ella, Álix. Es lo que representa. Ella es parte de tu mundo. Un mundo al que vas a volver dentro de cinco días. Un mundo de editoriales, de galerías de arte, de cenas en Montmartre y fines de semana en la Costa Azul. ¿Dónde encajo yo en todo eso?

—Encajas porque yo te quiero a mi lado. No me importa el dónde. No me importa el cómo. Solo me importas tú.

—Eso es muy bonito decirlo. Pero la realidad es más complicada. Mi vida está aquí. Mi trabajo, mi familia, mi abuelo que depende de mí. No puedo coger una maleta e irme a París como si nada.

—Entonces me quedo yo.

Marina se giró bruscamente, con los ojos muy abiertos.

—¿Qué?

—Que me quedo. Que no cojo ese avión. Que busco la manera de prolongar mi estancia, de encontrar trabajo aquí, de lo que sea. No quiero perderte, Marina. No voy a perderte.

—Estás loco.

—Loco de amor. Que es la mejor locura que existe.

Ella negó con la cabeza, pero ya no había enfado en su expresión. Solo una emoción contenida que pugnaba por salir, una mezcla de esperanza y de miedo que le humedecía los ojos.

—No tomes decisiones precipitadas por mí. No quiero que dentro de un año me eches en cara que arruiné tu carrera.

—Mi carrera ya estaba arruinada antes de conocerte. Tú me la has devuelto. Contigo he vuelto a escribir, he vuelto a sentir, he vuelto a vivir. Mi carrera eres tú.

La tormenta amainó al atardecer, tan repentinamente como había llegado. Las nubes se abrieron, dejando paso a un cielo lavado de un azul profundo, y el mar, aunque todavía agitado, empezaba a recuperar su color turquesa característico. Salieron juntos al muelle, pisando los tablones mojados, y contemplaron el arcoíris que se dibujaba sobre el horizonte.

—Mira —dijo Marina, señalando el fenómeno—. Después de la tormenta, siempre llega la calma. Y a veces, un arcoíris.

—¿Es una señal?

—Es una promesa. La promesa de que todo va a salir bien.

Se besaron bajo el arcoíris, con el sabor salado de la lluvia en los labios, y Álix sintió que jamás, en toda su vida, había estado tan seguro de algo. Quería quedarse. Quería construir una vida junto a aquella mujer de ojos turquesa que le había devuelto la capacidad de soñar.

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Norys Alvarez Alfonso
❤️❤️❤️
Norys Alvarez Alfonso
Bravo 👌
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