Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.
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Capítulo 13: Cartas sin anexos y otros síntomas graves
Beatrice Montclair descubrió que una podía esperar una carta con absoluta dignidad.
También descubrió que la dignidad duraba aproximadamente media hora.
Después de eso, una empezaba a mirar hacia la puerta cada vez que Clara entraba, a escuchar con atención indebida los pasos del pasillo y a fingir que el libro abierto sobre las rodillas era interesante, aunque llevara quince minutos en la misma página.
—No estoy esperando nada —dijo Beatrice.
Lady Agatha, sentada frente a ella con una labor de bordado, no levantó la vista.
—No he preguntado.
—Lo aclaro preventivamente.
—Qué hábito tan útil.
Beatrice pasó una página sin haber leído la anterior.
—Además, Lord Ashford no tiene por qué escribir.
—Por supuesto que no.
—Envió flores ayer.
—Sí.
—Y una tarjeta.
—También.
—Sería excesivo escribir hoy.
—Ciertamente.
Beatrice entrecerró los ojos.
—Está de acuerdo de forma muy sospechosa.
Lady Agatha alzó la vista.
—Querida, estoy bordando una hoja. No estoy conspirando.
—Las hojas pueden ser tapadera.
La campanilla sonó en la entrada.
Beatrice no se movió.
Eso era importante.
No moverse era señal de temple.
De carácter.
De que una no estaba esperando ninguna carta de ningún caballero correcto con tendencia a la documentación emocional.
Clara apareció unos momentos después con una bandeja pequeña.
Había una carta sobre ella.
Beatrice miró el sobre.
Luego miró a Clara.
Clara miró a Lady Agatha.
Lady Agatha siguió bordando.
Traidoras.
Ambas.
—Carta para usted, señorita —dijo Clara.
—Qué inesperado.
Clara no respondió.
Beatrice tomó el sobre con una lentitud que consideró admirable. La letra era de Nathaniel. Naturalmente. Recta, firme y demasiado fácil de reconocer para su tranquilidad.
Esperó a que Clara se retirara.
Clara no se retiró.
—¿Necesita algo más? —preguntó Beatrice.
—No, señorita.
—Entonces…
—Estoy esperando por si necesita asistencia.
—¿Para abrir una carta?
—Para sobrevivir a ella.
Lady Agatha tosió dentro de su taza.
Beatrice señaló la puerta.
—Fuera.
—Sí, señorita.
Clara salió con la seriedad de una mujer que había cumplido una misión histórica.
Beatrice abrió la carta.
No había anexo.
Eso la molestó.
No porque hubiera querido uno, desde luego. Los anexos eran absurdos. Los documentos de cortejo eran absurdos. Las listas eran absurdas.
Pero una se acostumbraba a ciertas amenazas.
La carta era breve.
“Señorita Montclair:
He intentado escribirle una carta sin estructura.
He fracasado parcialmente.
No adjunto documento alguno, aunque confieso que la tentación existió.
Solo quería decirle que las flores no parecían descontentas ayer en su biblioteca, y que espero que usted tampoco lo estuviera.
Nathaniel Ashford.
Posdata: Esto no es una lista. Es apenas una confesión organizada.”
Beatrice leyó la carta una vez.
Luego otra.
Luego miró la posdata con ofensa personal.
—¿Qué dice? —preguntó Lady Agatha.
Beatrice cerró la carta contra su pecho.
—Nada.
—Qué carta tan eficaz.
—Dice que no adjunta documento alguno.
—Muy considerado.
—Y luego confiesa que la tentación existió.
Lady Agatha sonrió apenas.
—Muy Nathaniel.
—No vamos a convertir su nombre en un adjetivo familiar.
—Creo que ya ocurrió.
Beatrice miró la carta otra vez.
Había algo en ella que le resultaba peor que una declaración grande. Nathaniel no decía “la extraño”. No decía “pienso en usted”. No decía nada que pudiera acusarse de imprudente.
Pero la carta entera parecía rodear esa verdad con guantes.
Como si él también hubiera pasado parte de la mañana pensando en no escribir.
Y luego hubiera escrito de todos modos.
Beatrice se levantó.
—Necesito papel.
Lady Agatha bajó la aguja.
—¿Para responder?
—Para corregir.
—Naturalmente.
Beatrice se sentó en el escritorio y tomó la pluma. Durante varios minutos escribió, tachó, volvió a escribir y murmuró cosas poco amables sobre los hombres que usaban posdatas como armas.
Finalmente dejó una respuesta aceptable.
“Nathaniel:
Su carta ha violado el espíritu de la correspondencia espontánea al organizarse de manera sospechosa.
No obstante, reconozco cierto avance en la ausencia de anexos.
Las flores no han presentado queja formal. Yo tampoco, aunque eso no debe interpretarse como satisfacción.
Beatrice.
Posdata: Si vuelve a decir que una confesión organizada no es una lista, me veré obligada a solicitar pruebas.”
Leyó la carta.
Sonaba demasiado complacida.
Añadió una línea.
“Posdata segunda: No se ponga satisfecho. Se notaría.”
Mejor.
Mucho mejor.
—Clara —llamó.
Clara apareció con una rapidez que demostraba que no se había alejado demasiado.
—¿Sí, señorita?
Beatrice sostuvo la carta.
—Envíe esto a Lord Ashford.
Clara tomó el sobre.
—¿Desea que salga de inmediato?
—No.
Clara se detuvo.
—¿No?
—Espere diez minutos.
Lady Agatha levantó la vista.
—¿Por qué?
Beatrice alzó la barbilla.
—Para no parecer impaciente.
Clara miró el reloj.
—Sí, señorita.
Pasaron diez minutos.
Beatrice no miró el reloj más de siete veces.
Clara envió la carta.
La respuesta de Nathaniel llegó al día siguiente.
Beatrice no estaba esperando junto a la ventana.
Estaba cerca de la ventana.
Que era distinto.
La carta decía:
“Beatrice:
Se notó.
Nathaniel.”
Beatrice se quedó mirando la hoja.
Era una sola línea.
Una sola línea insolente, breve y perfectamente insoportable.
—¿Qué dice? —preguntó Lady Agatha.
Beatrice dobló la carta con cuidado.
—Nada importante.
—Ah.
—No diga “ah”.
—No dije nada.
—Su silencio tiene opiniones.
Lady Agatha siguió bordando.
Beatrice guardó la carta en su libro favorito, junto al documento de cortejo y la tarjeta de las flores.
No por sentimentalismo.
Por organización.
Una debía conservar pruebas.
Esa tarde, en casa de los Ashford, Sebastián encontró a su hermano mirando una carta con la expresión de un hombre que había leído una frase breve demasiadas veces.
—Interesante —dijo Sebastián.
Nathaniel dobló la carta.
—No.
—No he preguntado nada.
—No necesitas hacerlo.
Sebastián se dejó caer en el sillón frente a él.
—¿La señorita Montclair respondió?
—Sí.
—¿Con insultos?
—Moderados.
—Entonces va bien.
Nathaniel guardó la carta dentro del bolsillo interior de su chaqueta.
Sebastián sonrió.
—Ahí guardas cosas importantes.
—Guardo correspondencia.
—Correspondencia importante.
—Sebastián.
—¿Dijo algo encantador?
—No.
—¿Hirió tu orgullo?
—Un poco.
—Definitivamente va bien.
Nathaniel intentó adoptar una expresión severa. No tuvo éxito completo.
Sebastián lo observó con una satisfacción casi fraternal.
—Estás sonriendo.
—No.
—Nathaniel, he vivido contigo toda mi vida. Eso, en tu rostro, equivale a un desfile con música.
—Exageras.
—Por supuesto. Es mi don.
Nathaniel se levantó y fue hacia la ventana.
Sebastián lo siguió con la mirada.
—La extrañas.
Nathaniel no respondió.
Eso fue respuesta suficiente.
—Oh —dijo Sebastián, con alegría creciente—. Esto es grave.
—No es asunto tuyo.
—Todo lo que altere tu expresión en más de medio grado se convierte en asunto familiar.
Nathaniel volvió la cabeza.
—No la molestes.
—¿A ella o a tu expresión?
—A Beatrice.
Sebastián se quedó quieto.
Luego sonrió de una forma menos burlona.
—Beatrice, entonces.
Nathaniel pareció darse cuenta demasiado tarde de que había usado su nombre sin título.
—No hagas eso.
—¿Notarlo?
—Convertirlo en espectáculo.
—Hermano, contenerme tanto va contra mi naturaleza.
—Haz un esfuerzo.
—Lo haré. Por ella.
Nathaniel lo miró.
Sebastián levantó ambas manos.
—Y por ti, supongo. Pero principalmente porque sospecho que la señorita Montclair podría destruirme con una frase si la incomodo demasiado.
—Podría.
—Eso también me agrada de ella.
Nathaniel miró otra vez hacia la ventana.
Sebastián, por una vez, habló con más suavidad.
—¿Vas a escribirle otra vez?
—No hoy.
—¿Por qué no?
—Porque recibió una carta ayer y respondió. No quiero parecer insistente.
Sebastián se llevó una mano al pecho.
—Qué tragedia. El romance contenido por la administración.
—No es administración.
—Es exactamente administración. Sufres con excelente caligrafía.
Nathaniel no contestó.
Sebastián suspiró.
—Escribe una nota breve.
—No.
—Sin anexo.
—Sebastián.
—Sin lista.
Nathaniel lo miró.
—¿Eres capaz de reconocer límites?
—Rara vez, pero tengo un momento de inspiración. Escríbele algo simple. No para exigir respuesta. Solo para que sepa que pensaste en ella.
Nathaniel permaneció en silencio.
Luego, para irritación de ambos, tomó papel.
Sebastián sonrió.
—No diré nada.
—Ya lo hiciste.
—Entonces no diré más.
Nathaniel escribió durante un minuto.
Una nota breve.
Demasiado breve, quizá.
“Beatrice:
Hoy no he escrito porque no quería parecer impaciente.
Como puede ver, he fracasado.
Nathaniel.”
Sebastián leyó por encima de su hombro.
—Magnífica derrota.
Nathaniel dobló la nota.
—Vete.
—Con gusto. Voy a documentar tu deterioro romántico en privado.
—No lo documentes.
—Entonces lo recordaré con gran detalle.
La nota llegó a Beatrice esa misma tarde.
Ella la leyó de pie, junto a la mesa donde estaban las flores.
No sonrió.
Bueno.
No mucho.
—¿Respuesta? —preguntó Clara.
Beatrice dobló la nota.
—No todavía.
Clara asintió.
—Para no parecer impaciente.
Beatrice la miró.
—Está aprendiendo demasiado.
—Trabajo en una buena casa, señorita.
Beatrice llevó la nota a la biblioteca y abrió su libro favorito.
El documento de cortejo estaba allí.
También la tarjeta de las flores.
También la carta de una sola línea.
Colocó la nota junto a las demás.
Luego cerró el libro con cuidado.
No iba a responder de inmediato.
Eso habría sido imprudente.
Pero tampoco dejó la nota lejos.
Eso habría sido una mentira.
Esa noche, Beatrice intentó leer.
No avanzó demasiado.
Cada vez que encontraba una frase medianamente interesante, su mente la comparaba con la escandalosa brevedad de Nathaniel.
“Como puede ver, he fracasado.”
Qué frase tan irritante.
Tan innecesaria.
Tan suya.
Beatrice cerró el libro.
—Esto es grave —murmuró.
Lady Agatha, que cosía cerca del fuego, preguntó:
—¿La novela?
Beatrice miró el libro cerrado.
—No.
Lady Agatha no preguntó más.
Eso fue amable.
Y, por supuesto, terriblemente sospechoso.
Beatrice se levantó, fue al escritorio y tomó papel.
Escribió:
“Nathaniel:
Su fracaso fue recibido.
No lo felicito, porque eso podría animarlo.
Beatrice.”
La miró.
Demasiado corta.
Añadió:
“Posdata: Si vuelve a fracasar mañana, procuraré mostrar la debida decepción.”
La dobló antes de arrepentirse.
—Clara —llamó.
Clara apareció casi de inmediato.
—¿Sí, señorita?
Beatrice le entregó la carta.
—Mañana por la mañana.
—¿No ahora?
—No ahora.
—Para no parecer impaciente.
—Clara.
—Sí, señorita.
Cuando Clara se fue, Beatrice apagó la vela del escritorio y volvió al sillón.
No había visto a Nathaniel aquel día.
Ni había oído su voz.
Ni había discutido con él sobre flores, documentos, urnas, sombreros, prudencia o la supuesta inocencia de las listas.
Y, aun así, de algún modo, había estado allí.
En una carta.
En una línea.
En el hueco extraño que dejaba su ausencia.
Beatrice apoyó una mano sobre el libro cerrado.
No iba a llamar a eso extrañar.
Todavía no.
Extrañar era una palabra demasiado directa, demasiado vulnerable y fácil de usar contra una misma.
Pero si alguien hubiera dicho que no verlo alteraba un poco la forma de la tarde, quizá ella no habría tenido una objeción completamente preparada.
Lo cual, tratándose de Beatrice Montclair, era casi una confesión.