Una noche de lluvia en Manchester unió a Emmet, una estrella del fútbol, y a Clara, una joven violinista griega. De aquella noche nacieron dos gemelos.
Incapaces de imaginar una vida juntos, decidieron criarlos por separado. Emmet se quedó con uno en Inglaterra; Clara regresó a Grecia con el otro.
Los años pasaron. Cada hijo heredó un talento inesperado: uno se convirtió en un prodigio del fútbol y el otro en un virtuoso del violín.
Hasta que el destino los hizo encontrarse.
Dos rostros idénticos. Dos vidas completamente diferentes. Dos hermanos que jamás supieron que existían.
Y cuando descubran la verdad, tomarán una decisión que cambiará sus vidas para siempre.
Porque a veces el talento no pertenece al mundo en el que naciste...
sino al mundo que tu corazón elige.
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La casa del barrio este
Clara estaba sentada en el borde de la cama del hotel, doblando partituras, cuando Adriano se aclaró la garganta con la solemnidad de un general a punto de dar una orden.
—Bueno —dijo, sacando un llavero del bolsillo del abrigo—. Toma.
Le lanzó las llaves. Clara las atrapó por reflejo y las miró confundida.
—¿Qué es esto, papá?
—La pequeña casa. ¿Te acuerdas? La del barrio este. Ya la terminaron de amoblar y de arreglar.
Clara abrió la boca para protestar, pero Adriano levantó una mano.
—Nada, nada, nada. No puedo permitir que te quedes alojada en este hotel. ¿Qué van a pensar? ¿Y con este pequeño tormento de audiciones? No, no, no. Ni hablar. Los dos se mudan a esa casa. Así los podré vigilar.
—Papá, no hace falta que…
—Para que no se porten mal —añadió Adriano, con una sonrisa que no admitía discusión.
Clara lo miró. Los ojos se le humedecieron, pero la sonrisa fue enorme.
—Gracias, papá. Siempre has sido genial.
—Claro que sí. Lo sé —dijo él, cerrando un ojo con una coquetería absurda para un hombre de su edad.
Después se giró hacia Diño, que estaba en la esquina con la bolsa de deporte al hombro.
—Y tú, muchachito. Corre arreglando tus cosas, que mañana nos iremos temprano a la nueva casa.
Diño se cuadró de golpe. Juntó los talones, pegó la mano a la sien en un saludo militar perfecto, y con la cara completamente seria dijo:
—¡Sí, señor!
Y se fue marchando por el pasillo del hotel, levantando las rodillas como si fuera el día de la bandera.
Clara lo observó. Adriano también. Cuando la figura de Diño desapareció por la esquina del corredor, el anciano frunció el ceño y se giró hacia su sobrina.
—¿Estás segura de que es tu hijo?
Clara parpadeó.
—¿Papá?
—Está muy extraño. Lo veo más radiante. Lleno de vida. Como si le hubieran cambiado las pilas.
Clara sonrió.
—Ah, eso es normal. Le fue muy bien en su audición. Pasó de frente a las finales.
Adriano levantó las cejas.
—¿En serio?
—Sí. Lo llamaron prodigio. Hizo algo nuevo: mezcló una pieza clásica con una moderna. Y quedó tan bien que, sinceramente, ni a mí se me hubiera ocurrido.
—¡Vaya! —Adriano asintió lentamente—. Entonces este muchacho tiene talento.
—Sí, papá. Tiene mucho talento.
—Excelente. —Adriano se frotó la barbilla—. Entonces le daremos la habitación más alejada de la casa. Porque seguro estará tocando como loco hasta la amanecida. Y tú sabes que yo tengo el sueño frágil. Me pongo de mal humor si no duermo mis nueve horas y no veo mi serie de MacGyver a las once de la noche.
Clara rió.
—Claro que sí, papá. Lo sé.
Adriano la miró. Y por un momento, la expresión del viejo soldado se suavizó.
—Cómo creces —murmuró—. Aún recuerdo cuando eras ese pequeño bebé.
Clara bajó la mirada.
—Aún después de tantos años… ¿No le dirás a tu padre quién es él? —preguntó Adriano, bajando la voz—. El padre de ese niño. ¿Ha sabido algo de tu otro hijo?
Clara se pellizcó la mano. Un gesto pequeño, nervioso, que Diño reconocería en cualquier parte.
—No, papá. No puedo decírtelo. Es una promesa que hicimos con él. A los dieciocho se lo diremos a los chicos y ellos tomarán una decisión.
Adriano asintió.
—Es verdad. Lo olvidé. Ustedes ya habían tomado esa decisión. —Hizo una pausa—. Pero ese hombre… ¿ha seguido mandando la manutención?
—Puntual, papá. No te preocupes. Estaremos alejados por la distancia, pero él siempre ha mandado la pensión de niño. Ya sabes.
—Perfecto. —Adriano apretó la mandíbula—. Porque un hombre que no se ocupa de sus hijos no merece ser llamado hombre. Puede ser cualquier cosa menos un hombre.
Clara se acercó y lo abrazó. Adriano la envolvió con sus brazos grandes, torpes, protectores.
—Ay, mi pequeña Clara —murmuró contra su pelo—. Cuando llegaste a casa con un bebé en brazos, ¿sabes que lloré? Temía por la vida que ibas a llevar. Cuando los meses pasaron y vi que ese hombre mantenía su promesa, me tranquilicé. Al menos mi pequeña no había encontrado una basura más del montón.
Clara sonrió contra su pecho.
—Pero igual sabes que cuentas con mi apoyo, ¿verdad, cariño?
—Sí, papi —dijo Clara—. Siempre me he sentido muy protegida en tus brazos.
Mientras tanto, a tres metros de distancia, detrás de la pared del pasillo, Diño estaba inmóvil.
Había fingido marcharse. Había doblado la esquina con paso militar, pero en lugar de ir a su habitación, se había pegado a la pared y había escuchado toda la conversación.
*Así que papá le mandaba dinero a Mozart.*
Diño sintió algo cálido y extraño en el pecho. Emmet. Su padre. El hombre que le había enseñado a controlar un balón, que le había comprado un violín sin hacer preguntas, que lo había abrazado después de un partido. Ese hombre también había mantenido a Mozart. En silencio. A la distancia. Pero lo había mantenido.
*Padre. Habías tenido este tipo de habilidades*, pensó Diño. Y se retiró en silencio, con una sonrisa que no podía borrar.
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A la mañana siguiente, como el abuelo Adriano indicó, se mudaron a la casa del barrio este.
Era una zona bonita, arbolada, con aceras anchas y vecinos que saludaban desde sus jardines. La casa era pequeña pero estaba perfectamente arreglada, con paredes claras y una cocina que olía a pintura nueva.
Y a Diño le dieron la habitación más alejada.
—¿Por qué tan lejos? —protestó Diño, asomándose desde el umbral—. Voy a tardar media vida en llegar a la cocina.
—Es porque se te antoja practicar de madrugada —dijo Adriano, señalándolo con el bastón—. Y yo tengo el sueño ligero. Y como no quiero pelear contigo y amenazarte con partir tu violín, mejor te quedas en este extremo. Es por tu seguridad y la mía.
Diño bajó la cabeza.
—Está bien.
—Papá, no seas malo con Diño —dijo Clara.
—¿Qué? Todavía estoy siendo generoso. —Adriano se cruzó de brazos—. Tú sabes toda la bulla que hacía. Cómo no dejaba ni dormir a los vecinos. ¿Tengo que recordarte las veces que la policía vino a ponerle silencio?
Clara se mordió el labio para no reír. Diño abrió los ojos. ¿La policía?
—Lo recordaba cuando Mozart recién estaba aprendiendo a tocar —continuó Adriano—. Los vecinos habían presentado una queja ante la comisaría porque el niño agarró la costumbre de hacerlo a las tres de la mañana y no dejar dormir a nadie en el barrio.
—Ay, sí, lo recuerdo —dijo Clara—. Pero ahora ya no desafina. Es muy melódico.
—Da lo mismo. Tiene antecedentes.
Diño observó desde la distancia, con la boca abierta. *Rayos, Mozart. Qué mala imagen me has dejado. Me será difícil cambiarla.*
Pero entonces miró al abuelo y a su madre. A Adriano señalando con el bastón y Clara riendo, con la chalina todavía alrededor del cuello. A un hombre viejo y terco que compraba chalinas y se preocupaba por catarros de hacía un año. A una mujer que se dejaba querer sin miedo.
*Así es como debe verse una familia*, pensó Diño. *Qué bonito. Cómo te envidio, Mozart. Tu abuelo vale por mil.*
—¡Hey, mocoso! —ladró Adriano de repente—. ¿Qué haces parado ahí como si no existieras? ¿Como si no hubiera nada que hacer en la casa? Ven aquí y ayuda a tu madre. Mientras yo me voy a preparar algo para que comamos rápido. —Se giró hacia Clara—. Tú arregla tu cuarto. Y después arregla el del muchacho. Mientras tanto yo haré unos sándwiches. Tampoco voy a preparar toda una cena. Estos viejos huesos aún pueden hacer un sándwich decente.
Diño sonrió.
—¡Sí, señor!
Cinco minutos después, desde la cocina, se escuchó un grito.
—¡Maldita sea! ¡Cuchillo del mal! ¡¿Por qué me atacas?!
Clara dejó caer la caja que estaba acomodando y corrió hacia la cocina.
—Papá. Seguro te cortaste el dedo.
—¡No me corté! ¡El cuchillo me atacó!
Clara abrió el cajón del baño y volvió con una curita.
—Toma. Una curita para tu dedo.
Adriano la miró con indignación.
—Eso es para debiluchos. Los hombres de verdad sangran y no paran hasta que la sangre se coagula.
Diño, desde el pasillo, soltó una carcajada.
Y mientras el abuelo Steimos peleaba con un cuchillo y un sándwich de jamón, Diño pensó que quizá, solo quizá, las familias no se definían por la sangre ni por las promesas rotas.
Se definían por las chalinas. Por las amenazas de escuelas militarizadas. Por los sándwiches hechos con viejos huesos y dedos sangrantes.
Y por un hombre que, sin saberlo, acababa de abrazar a un nieto que no era el suyo.
Y lo había querido igual.