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Renacer En Tu Piel: La Esposa Del Magnate

Renacer En Tu Piel: La Esposa Del Magnate

Status: Terminada
Genre:Reencarnación / Venganza / CEO / Completas
Popularitas:2.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Elena Rossi lo dio todo por amor, solo para descubrir que su prometido y su media hermana no solo la engañaban, sino que planearon su trágica muerte para arrebatarle su herencia y su empresa. Sin embargo, el destino le otorga una segunda oportunidad: Elena despierta un año atrás en el tiempo, atrapada en su cuerpo real —lleno de curvas voluptuosas, caderas marcadas y una belleza sensual que antes ocultaba por inseguridad—. Esta vez, no habrá lágrimas; solo una fría y calculada venganza.

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Capítulo 7: Lazos de Sangre, Secretos de Seda y la Sombra del Enemigo

La luz matutina penetraba a través de las cortinas de seda de la mansión Valenti, trazando destellos dorados sobre la piel desnuda de Elena. Apoyada sobre el pecho amplio y muscular de Dante, escuchaba el ritmo pausado y constante de su corazón. La tormenta de la noche anterior y los murmullos de la pesadilla se habían disipado bajo la tibieza del abrazo del magnate, pero una calma tensa permanecía flotando en el ambiente.

Dante abrió los ojos grises, despejando el sueño con la rapidez instintiva de un hombre acostumbrado a estar siempre alerta. Al sentir el cuerpo voluptuoso de Elena amoldado al suyo, una sonrisa imperceptible rozó la comisura de sus labios. Deslizó la mano grande por la espalda pulida de su esposa, demorándose en la prominencia de su cadera con un dominio suave y posesivo.

—Estás despierta desde hace rato —murmuró con su voz matutina, un barítono profundo y cavernoso que resonó contra el oído de Elena.

—Pensaba en todo lo que cambió en tan pocos días —admitió ella, alzando la mirada para sostener el choque de sus ojos. Trazó con la yema del dedo el contorno de la mandíbula firme y marcada de Dante, sintiendo la textura varonil de su barba—. En mi vida anterior... en el pasado, creía que estaba sola. Que mi cuerpo era un defecto y mi carácter algo que debía moldear para encajar con los demás.

Dante apretó el agarre alrededor de su cintura, atrayéndola un centímetro más hasta que sus torsos quedaron completamente pegados. Su mirada se volvió oscura, cargada de una intensidad que parecía devorar cualquier resto de inseguridad en la joven.

—El idiota que te hizo dudar de tu belleza merecía mucho peor que la cárcel, Elena —dijo él con una seriedad que helaba el aire—. Tienes una figura deslumbrante, una mente brillante y un corazón que devolvió la vida a esta casa. No vuelvas a dudar de lo que vales, ni ante mí ni ante nadie.

Elena sonrió, sintiendo que una marea de calor le recorría el vientre. Se inclinó y besó los labios de Dante con una lentitud provocadora, saboreando el sabor limpio de su boca antes de que él tomase el control del beso, profundizándolo con un hambre insaciable que amenazaba con dejar la jornada laboral en segundo plano.

Un leve balbuceo proveniente de la habitación contigua rompió el encanto. Leo había despertado.

Dante dejó escapar un suspiro frustrado pero lleno de ternura, apoyando la frente contra la de Elena.

—El pequeño tiene un momento pésimo para reclamar atención —bromeó el magnate, sacándole una carcajada limpia a Elena.

—Es un bebé con prioridades muy claras —respondió ella, zafándose con elegancia de las sábanas para ponerse una bata de seda color perla que enmarcaba sus curvas con majestad.

Minutos después, los tres se encontraban en la amplia terraza de la propiedad. La mañana era fresca, y el aroma del café recién molido se mezclaba con la brisa del jardín. Elena sostenía a Leo en su regazo, dándole pequeñas cucharadas de papilla mientras el bebé reía y agitaba sus pies con entusiasmo, dejando manchas de fruta en la solapa de la bata de Elena. Ella solo reía, limpiándolo con la paciencia de una madre devota.

Dante los observaba desde el otro lado de la mesa, con una carpeta de documentos ejecutivos abierta, aunque sus ojos apenas leían las cifras. La visión de la mujer de curvas exuberantes y rostro radiante entregada por completo al cuidado de su hijo sacudía los cimientos de su mundo. Por primera vez en años, el duelo por la pérdida de su primera esposa ya no se sentía como una cadena de culpa, sino como una cicatriz cicatrizada por el calor de un nuevo comienzo.

—Hoy tenemos la reunión del consejo extraordinario en Rossi Design —recordó Dante, cerrando la carpeta y tomando un trago de café negro—. La fiscalía presentará el embargo preventivo sobre los bienes personales de Julián y Valeria. No les quedará nada.

—Quiero que la reestructuración de la empresa sea impecable —respondió Elena, acomodando a Leo en sus brazos—. Mi padre dedicó su vida a esa firma. No permitiré que el nombre de la familia Rossi quede manchado por el barro que esos dos intentaron arrojar sobre nosotros.

—No lo estará —aseguró Dante. En ese momento, Roberto, su jefe de seguridad, apareció en el umbral de la terraza con el rostro serio y una tableta electrónica en la mano.

—Señor Valenti —dijo Roberto en voz baja, pidiendo permiso con la mirada para interrumpir la escena familiar.

Dante se levantó de la mesa de inmediato, haciendo una seña a Elena para que permaneciera en su lugar, y caminó hacia el extremo de la terraza.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Dante en tono tajante.

—Julián Sola ha salido en libertad condicional esta mañana —informó Roberto, mostrándole los registros en la pantalla—. Un bufete de abogados vinculado directamente al Grupo Moretti pagó una fianza astronómica de diez millones de dólares. Además, hemos detectado movimientos sospechosos cerca de las oficinas centrales de Rossi Design. Hay vehículos no identificados haciendo guardia en los alrededores.

El rostro de Dante se transformó en una máscara de piedra. Sus ojos grises se entrecerraron con un peligro latente que helaba la sangre.

—Aumenta la escolta de Elena a cuatro hombres en todo momento —ordenó Dante en un susurro frío como el acero—. Y si alguno de los sabuesos de Moretti o el propio Julián se acerca a menos de cien metros de mi esposa o de esta propiedad, no te molestes en llamar a la policía. Encárgate tú mismo.

—Entendido, Señor Valenti.

El edificio principal de Rossi Design lucía completamente diferente bajo el nuevo mando de Elena. Los empleados, que durante años habían soportado los tratos despóticos y la incompetencia de Julián, caminaban por los pasillos con una renovada energía. La noticia de que Elena Rossi había asumido la presidencia ejecutiva respaldada por la potencia del imperio Valenti había devuelto la confianza a los inversores y al personal.

Elena caminaba por el corredor principal hacia la sala de conferencias. Llevaba un vestido ajustado de corte italiano en tono borgoña que resaltaba el todo dorado de su piel y la voluptuosidad de sus caderas y pecho. Cada paso de sus tacones altos transmitía una seguridad inquebrantable. A su lado, Dante caminaba con la prestancia de un rey consorte, vistiendo un traje gris marengo cortado a medida que acentuaba la envergadura de sus hombros y la firmeza de su porte.

Detrás de ellos, cuatro escoltas de élite mantenían una distancia prudencial pero alerta.

Al ingresar a la sala de juntas, los miembros del consejo de administración se pusieron de pie de inmediato. Entre ellos se encontraba el señor Arnaldi, un viejo socio y amigo del padre de Elena, cuyo rostro reflejaba un alivio profundo.

—Señora Valenti, Señor Valenti —saludó Arnaldi, inclinando levemente la cabeza—. Es un honor tenerlos aquí. Todos los miembros del consejo hemos firmado la ratificación de su puesto como presidenta ejecutiva con derechos de veto absolutos.

Elena ocupó la cabecera de la mesa, mientras Dante se situaba justo a su derecha, apoyando una mano sobre el respaldo de su silla en un gesto implacable de respaldo y posesión.

—Agradezco su confianza, señores —comenzó Elena con voz serena y autoritaria—. El periodo de incertidumbre ha terminado. A partir de hoy, la empresa retoma los proyectos arquitectónicos del sector de lujo y rompe cualquier contrato con los proveedores fantasmas que Julián Sola introdujo en la nómina.

—Señora Rossi... perdón, Señora Valenti —interrumpió uno de los consejeros menores, temblando ligeramente—. Nos ha llegado la noticia de que el Grupo Moretti ha comprado la deuda pendiente de nuestro proyecto inmobiliario en la costa. Amenazan con ejecutar la hipoteca si no cedemos el treinta por ciento de las acciones con voto.

Un murmullo de preocupación recorrió la sala.

Elena miró al consejero sin inmutarse. Antes de que pudiera responder, Dante se inclinó levemente hacia adelante, apoyando ambos puños sobre la caoba de la mesa. Su envergadura colosal y la frialdad de su mirada hicieron que el consejero que había hablado tragara saliva con dificultad.

—El Grupo Moretti no ejecutará nada —declaró Dante con un barítono tan autoritario que acalló cualquier murmullo—. Valenti Holding ha comprado esa misma deuda hace dos horas a través de nuestras filiales europeas. La hipoteca está cancelada. Los Moretti ya no tienen ningún punto de apoyo en esta empresa.

Un suspiro de asombro y alivio resonó entre los consejeros. Elena giró la cabeza para mirar a su esposo, encontrándose con una chispa de orgullo y devoción en los ojos de Dante. La complicidad entre ambos era perfecta: ella aportaba la visión y la brillantez estratega, mientras él ponía el peso aplastante de su poder para aplastar a los enemigos.

Al finalizar la reunión y retirarse el consejo, Elena se quedó a solas con Dante en la sala de juntas.

Se apoyó contra el borde de la gran mesa de conferencias, cruzándose de brazos y mirando a Dante con una mezcla de admiración y tentación.

—Comprar la deuda de la costa sin avisarme... eso fue un movimiento muy audaz, Señor Valenti —provocó ella, dejando que la silueta de su cuerpo curvilíneo quedara expuesta bajo la luz de los ventanales.

Dante caminó hacia ella con la lentitud calculadora de un depredador que acorrala a su presa favorita. Se detuvo entre sus piernas, obligándola a abrir suavemente los muslos para acomodarse frente a ella. Sus manos grandes y firmes subieron por los costados del vestido borgoña de Elena, amoldándose a la marcada curvatura de sus caderas.

—Me gusta proteger lo que es mío, Elena —murmuró él, bajando la cabeza hasta que sus labios rozaron la piel sensible de su cuello, sacándole un suspiro entrecortado—. Y Moretti cometió el error de pensar que podía tocar tus activos. Nadie toca lo que me pertenece.

—¿Incluso si los activos soy yo? —susurró Elena, enredando sus manos en la solapa del traje de Dante, atrayéndolo hacia ella para sentir la dureza de su pecho contra el suyo.

—Tú no eres un activo, Elena —corrigió él con voz rasposa y cargada de una pasión oscura—. Eres mi esposa. Eres la mujer que me quita el sueño y la única que tiene el poder de doblegarme.

Dante no esperó más. Capturó sus labios en un beso hambriento, profundo y dominante que hizo que Elena se aferrara a sus hombros con desesperación. La lengua de Dante exploró su boca con una devoción feroz, mientras sus manos bajaban con presión deliberada por la parte trasera de sus muslos, levantándola levemente para pegarla por completo a la firmeza de su cuerpo.

El deseo que quemaba entre ambos en cada encuentro no disminuía; al contrario, parecía alimentarse del peligro externo y de la victoria compartida. Elena ahogó un gemido cuando los dedos de Dante se hundieron en la carne suave de sus caderas, sintiendo la masculinidad del magnate presionando con fuerza contra su vientre.

—Dante... la puerta no tiene cerrojo... —musitó ella entre besos, aunque sus dedos desabrochaban con prisa la corbata de él.

—Roberto está en el pasillo. Nadie se atreverá a dar un paso aquí dentro —sentenció él contra sus labios, deslizando la mano hacia el escote del vestido borgoña para acariciar la plenitud de su seno con una veneración que la hizo estremecer de placer.

Mientras la pasión consumía a la pareja en la privacidad de la sala corporativa, en el otro extremo de la ciudad, en un almacén abandonado cerca del puerto, la atmósfera era sórdida y peligrosa.

Julián caminaba de un lado a otro sobre el suelo de concreto sucio, ajustándose la chaqueta arrugada. Frente a él, sentado en una silla de cuero traída de alguna oficina elegante, se encontraba Marco Moretti, el primogénito del clan rival de Dante. Marco era un hombre enjuto, de mirada cruel y cicatriz marcada en el pómulo izquierdo.

A un lado, encogida y con el maquillaje corrido, Valeria sollozaba en silencio.

—Me dijiste que la fianza me garantizaría inmunidad —protestó Julián con la voz alterada por el pánico—. ¡Dante Valenti ha comprado la deuda del proyecto de la costa! ¡Nos ha bloqueado todos los fondos! ¡Elena sabe exactamente dónde están los registros antiguos!

Marco Moretti levantó una mano, haciéndole una seña a uno de sus matones armados. El hombre dio un paso al frente y le propinó un golpe certero a Julián en el estómago, dejándolo de rodillas en el suelo, jadeando por aire.

—Cállate, rata inútil —siseó Marco con voz de víbora—. Te dimos el control de una mujer idiota y lograste que se casara con el hombre más peligroso de esta ciudad. Si estás vivo es porque todavía puedes sernos útil.

—¿Útil... para qué? —alcanzó a articular Julián, sujetándose el vientre con dolor.

Marco se levantó lentamente, ajustándose los gemelos de oro. Caminó hacia Julián y lo tomó del cabello, obligándolo a alzar la cara.

—Elena Rossi es el punto débil de Dante Valenti —declaró Marco con una sonrisa maliciosa—. Él cree que la tiene segura tras un muro de escoltas. Pero tú conoces las rutinas antiguas de esa mujer. Sabes dónde están las propiedades de su padre, los lugares que frecuenta cuando quiere estar sola.

Valeria alzó la vista, aterrorizada.

—¿Qué van a hacerle a Elena?

Marco miró a la joven con un desprecio absoluto.

—Vamos a atraer a Dante Valenti fuera de su fortaleza. Y cuando vaya a buscar a su preciosa esposa curvilínea, los destruiremos a ambos. Julián, vas a enviar un mensaje a Elena utilizando la contraseña de la caja fuerte del viejo Rossi. Ella irá sola a buscar los documentos originales si cree que allí está la prueba final para destruirte del todo.

Julián dudó por un segundo. Los recuerdos de la presencia imponente de Dante y la mirada helada de Elena le provocaron un escalofrío. Pero la codicia y el resentimiento acumulado en su alma aplastaron cualquier atisbo de duda.

—Lo haré —dijo Julián con una sonrisa torcida y enferma—. Me aseguraré de que la gran Elena Rossi caiga en la trampa.

Cae la tarde en la residencia Valenti.

Elena se encontraba en el despacho de la mansión, revisando los planos de un nuevo proyecto arquitectónico mientras escuchaba la música suave que salía del reproductor. Leo dormía placenteramente en su cuna junto al ventanal.

De pronto, su teléfono personal emitió un pitido. Era una notificación de correo electrónico encriptado dirigido a su dirección privada.

Al abrirlo, el corazón de Elena dio un vuelco.

El mensaje contenía una fotografía de una nota manuscrita con la caligrafía de su difunto padre, acompañada de un código de acceso de ocho dígitos. El texto del correo era breve y directo:

"Si quieres los diarios originales de tu padre donde se detalla la verdadera causa de su muerte y los nombres de los ejecutivos corruptos que intentaron vender la empresa antes que yo, ven a la casa de campo de los Rossi esta noche. Ve sola. Si aparece un solo hombre de Valenti, los diarios se quemarán y la verdad morirá para siempre."

Elena apretó el teléfono entre sus manos. Sus nudillos se pusieron blancos. Recordaba que su padre siempre le habló de un diario secreto donde registraba los movimientos de los accionistas, un libro que ella jamás pudo encontrar tras su muerte.

Se levantó de la silla y caminó hacia el ventanal, mirando hacia el jardín sumido en la penumbra. Sabía que podía ser una trampa. Sabía que Julián o los Moretti podían estar detrás de esto. Pero la sola posibilidad de descubrir la verdad sobre la muerte de su padre encendió una hoguera de determinación en su pecho.

En ese momento, la puerta del despacho se abrió y Dante entró. Llevaba la camisa desabrochada en los primeros botones y una expresión de cautela.

—Roberto me informó que un servidor no identificado intentó rastrear tu ubicación hace diez minutos —dijo Dante, caminando directamente hacia ella con paso decidido—. ¿Ocurre algo, Elena?

Elena miró a su esposo. Vio la devoción pura en sus ojos grises, la fuerza de la musculatura de su torso y el aura de protección absoluta que lo rodeaba. Por un segundo, contempló la idea de ocultárselo para no ponerlo en peligro, pero recordó las lecciones de su vida pasada: la falta de confianza y los secretos eran las armas que usaban sus enemigos.

—Mira esto, Dante —dijo Elena, entregándole el teléfono sin vacilar.

Dante leyó el mensaje en segundos. Su rostro se volvió una máscara de rabia contenida. Sus ojos grises centellearon con un fuego peligroso.

—Es una trampa de los Moretti y de Julián —sentenció Dante sin dudarlo, borrando la notificación con una orden de su propio dispositivo—. Creen que vas a actuar con la ingenuidad del pasado. Creen que vas a ir sola.

Elena se acercó a él, apoyando una mano sobre su pecho duro, sintiendo el latido potente de su corazón.

—No voy a ir sola, Dante —dijo ella, con la mirada ardiendo en una resolución indomable—. Vamos a ir juntos. Es hora de cortar de raíz la amenaza de los Moretti y de terminar con Julián para siempre.

Dante la miró con una mezcla de sorpresa y fascinación absoluta. La tomó de la nuca, atrayéndola para clavar sus labios en los de ella con una pasión feroz, posesiva y llena de orgullo.

—Así se habla, mi reina —murmuró él contra su boca—. Vamos a prepararles una recepción que no van a olvidar jamás.

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Zaida Sanchez
así es imparables indomables🔥
Zaida Sanchez
así es dandole el respaldo a ella con orgullo 😍😍😍
Zaida Sanchez
eso estubo buenísimo 😍😍😍
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
Elena le dio un paro de cucardia😳😳
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
estoy van a encendiar mi pantalla unos capítulos más adelante 😳😳😳😳😳😂😂😂😂
Zaida Sanchez: candela pura 🥵🔥💘😍
total 2 replies
🪼 βE𝕋Ť¥ 🦋
😳😳😳😳 eso promete
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