Una mujer que dice no ama a su esposo. Pero se queda cada día odia menos a su esposo y ve que pueden ser un matrimonio con amor
Un hombre enamorado de su esposa feliz de que su sueño se volvió realidad aunque sabe que su esposa lo odia fingiendo cuando hay invitados o salen como la pareja perfecta, pero luego se da cuenta que su esposa se empieza enamorar de él.
NovelToon tiene autorización de vicki hernandez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El anuncio
Luna Bianchi
Ya estaba lista para mi tortura.
O, como todos preferían llamarla, mi fiesta de cumpleaños.
Me miré una última vez frente al espejo.
El vestido azul que había elegido era precioso. Cualquier otra chica probablemente habría estado emocionada por llevarlo, por bajar las escaleras y encontrarse con una sala llena de personas felicitándola.
Yo no.
Yo solamente podía pensar en una cosa.
Thiago.
En unas horas sería oficialmente mi prometido.
La idea me revolvía el estómago.
Respiré profundamente y traté de convencerme de que quizá mi padre todavía podía salvarme.
Quizá cuando hablara con él comprendería que aquello no era lo que yo quería.
Quizá cancelaría el compromiso.
Aunque, en el fondo, algo me decía que eso no ocurriría.
Abrí la puerta de mi habitación.
Thiago estaba esperándome afuera.
Llevaba un elegante traje negro y tenía esa expresión tranquila que tanto me molestaba.
Me miró de arriba abajo.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después sonrió.
—Hoy mi sueño se está haciendo realidad.
Fruncí el ceño.
—¿Qué sueño?
Se acercó.
—En unas horas podré llamarte oficialmente mi prometida.
Hizo una pequeña pausa.
—Solo mía.
Sentí un escalofrío.
—No soy de nadie.
Su sonrisa desapareció ligeramente.
—Eso ya lo veremos.
—Thiago...
—Luna, no quiero discutir contigo ahora.
Extendió su brazo.
—Tenemos invitados esperando.
Lo miré con desprecio.
No quería tomarlo del brazo.
Pero sabía que, si no lo hacía, probablemente aquello terminaría en una discusión frente a toda mi familia.
Así que respiré profundamente y lo tomé.
—Sonríe —me susurró.
—No tengo ganas.
—Hazlo.
Le lancé una mirada asesina.
—Te odio.
—Puedes odiarme después.
Entramos al salón.
Inmediatamente todos los ojos se dirigieron hacia nosotros.
Sonreí.
Una sonrisa falsa.
Una de esas que había aprendido a utilizar desde pequeña cuando debía comportarme como la hija perfecta de la familia Bianchi.
—¡Luna! —gritó una de mis amigas.
Varias personas comenzaron a felicitarme por mi cumpleaños.
Otros felicitaban a Thiago.
Y algunos ya hablaban del compromiso.
Yo solamente asentía.
—Muchas gracias.
—Felicidades a los dos.
—Hacen una pareja preciosa.
—Se ven perfectos juntos.
Cada palabra me hacía sentir peor.
Thiago, en cambio, parecía disfrutar cada segundo.
Mantenía una mano alrededor de mi cintura y sonreía como si realmente estuviera feliz.
En algunos momentos incluso acercaba su rostro al mío para que todos pensaran que estábamos enamorados.
Yo quería apartarme.
Pero no podía.
Mi padre estaba allí.
Mi familia estaba allí.
Todos observaban.
Y yo no quería provocar un escándalo.
La cena comenzó poco después.
Nos sentamos en una mesa enorme.
Había todo tipo de comida.
Normalmente habría disfrutado aquella cena.
Pero esa noche nada tenía sabor.
Movía la comida de un lado a otro con el tenedor mientras pensaba en una sola cosa.
¿Cómo podía escapar de aquello?
Miré discretamente hacia mi padre.
Él estaba hablando con algunos invitados.
Esperé hasta encontrar el momento adecuado.
Me levanté y caminé hacia él.
—Papá.
Mi padre se volvió.
—¿Qué sucede, hija?
—Necesito hablar contigo.
—Claro.
Nos alejamos un poco de los invitados.
Yo respiré profundamente.
—Papá, dime que esto no va a suceder.
Él supo inmediatamente de qué hablaba.
—Luna...
—Por favor.
—Es por tu bien.
—No.
Mi padre me miró sorprendido.
—¿No?
—No quiero casarme con Thiago.
—Lo harás.
Me quedé completamente inmóvil.
Aquella palabra dolió más de lo que esperaba.
No.
Era la primera vez que mi padre me decía que no podía decidir sobre algo de mi propia vida.
—Pero soy yo quien tiene que casarse —dije con la voz quebrada.
—Precisamente por eso estamos tomando esta decisión.
—¡Yo no lo amo!
Mi padre suspiró.
—El amor no siempre es lo más importante.
Sentí que los ojos comenzaban a arderme.
—Para mí sí.
—Algún día entenderás.
Negué con la cabeza.
—No quiero entender.
Mi padre se alejó.
Y yo me quedé allí.
Sola.
Por primera vez en mi vida sentí que nadie estaba de mi lado.
Regresé a la mesa.
Thiago inmediatamente volvió a colocar su mano sobre mi cintura.
—¿Todo bien?
Lo miré.
—No.
—Lo imaginé.
—Te odio.
Él sonrió.
—Feliz cumpleaños.
A las diez de la noche, todos los invitados pasaron al salón principal.
Las luces disminuyeron.
La música se detuvo.
Thiago tomó el micrófono.
Yo sentí que algo malo estaba a punto de ocurrir.
—Agradezco a todos por estar aquí esta noche —comenzó.
Todos guardaron silencio.
—Hoy no solamente celebramos el cumpleaños de una mujer maravillosa.
Me miró.
—También celebramos algo que para mí significa mucho.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—Luna y yo hemos compartido muchos años juntos.
Hizo una pausa.
—Ella ha sido mi mejor amiga, mi confidente y la persona que siempre ha estado a mi lado.
Algunas personas sonrieron.
Yo quería desaparecer.
—Y desde hace algún tiempo, nuestra relación cambió.
Thiago extendió una mano hacia mí.
—Luna, amor, ¿puedes subir?
No tenía opción.
Me levanté.
Caminé hacia el escenario mientras todos aplaudían.
Cuando llegué a su lado, Thiago tomó mi mano.
—Hoy también quiero hacerte una pregunta.
Lo miré nerviosa.
Entonces se arrodilló.
Mi respiración se detuvo.
Sacó una pequeña caja.
La abrió.
Dentro había un anillo.
—Luna Bianchi...
Me miró directamente a los ojos.
—¿Quieres ser mi esposa?
Todos comenzaron a aplaudir.
Mi padre sonreía.
Mi familia sonreía.
Todos esperaban mi respuesta.
Yo solamente podía pensar en Nicolás.
En el hombre que realmente amaba.
Pero sabía lo que podía suceder si decía que no.
Así que forcé una sonrisa.
—Sí.
Thiago tomó mi mano y colocó el anillo en mi dedo.
—Te amo —susurró.
Yo no respondí.
Solamente sonreí para las fotografías.
Tres de la madrugada
La fiesta finalmente terminó.
Los últimos invitados se fueron alrededor de las tres de la mañana.
Yo estaba agotada.
Me dolían los pies, la cabeza y hasta la cara de tanto fingir.
Entré a mi habitación y cerré la puerta.
Por fin estaba sola.
Me quité el vestido.
Me puse mi ropa para dormir y me senté en la cama.
Entonces las lágrimas comenzaron a salir.
Lloré por todo lo que no había podido llorar durante la noche.
Por mi padre.
Por mi familia.
Por el compromiso.
Por Nicolás.
Y por la vida que parecía estar escapándose de mis manos.
Después de varios minutos, mi teléfono vibró.
Lo tomé.
Era Nicolás.
Abrí el mensaje.
Sé que no eres feliz con este compromiso. Podemos escaparnos esta noche. Te veo afuera de tu casa en treinta minutos.
Me quedé mirando la pantalla.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Era mi oportunidad.
No importaba perder mi dinero.
No importaba abandonar mi casa.
No importaba dejar atrás todos los lujos.
Si podía estar con Nicolás, podía vivir en cualquier lugar.
Tomé una pequeña maleta.
Guardé algo de ropa, dinero y algunos documentos.
Miré mi habitación por última vez.
—Adiós.
Salí cuidadosamente.
La casa estaba en silencio.
Bajé por las escaleras evitando hacer ruido.
Abrí una puerta lateral y salí.
Nicolás estaba esperando.
Cuando me vio, salió del automóvil.
—Luna.
Corrí hacia él.
—Nicolás.
Me abrazó.
Por primera vez en toda la noche pude respirar.
—¿Estás segura?
Asentí.
—Sí.
Subió mi maleta al automóvil.
Yo entré rápidamente.
No sabía a dónde íbamos.
No me importaba.
Mientras estuviera con él, todo estaría bien.
O eso quería creer.
Avanzamos por varias calles.
Nicolás conducía mientras yo miraba por la ventana.
Entonces, unas cuadras antes de llegar a la estación de autobuses, vi un automóvil detenerse delante de nosotros.
Mi corazón se paralizó.
Reconocí el vehículo.
—No...
Nicolás frenó.
—¿Qué pasa?
El automóvil se abrió.
Thiago salió.
Mi sangre se heló.
—Thiago.
Nicolás apretó el volante.
Thiago se acercó al automóvil.
—Baja, Luna.
—No.
Abrió la puerta.
—He dicho que bajes.
—¡No voy a ir contigo!
Thiago me tomó del brazo y me sacó del automóvil.
—¡Suéltame!
Nicolás intentó intervenir.
—¡Déjala!
Thiago lo miró.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
—¡Ella no quiere estar contigo!
Thiago volvió a mirar a Luna.
—Eso ya lo sé.
Y me llevó hacia su automóvil.
Yo forcejeé.
—¡Thiago!
—Puedes gritar todo lo que quieras.
—¡No quiero casarme contigo!
—Lo sé.
—¡Amo a Nicolás!
Por primera vez, su rostro cambió.
Pero solamente por un segundo.
—Sube al automóvil.
—No.
—Luna.
—¡No!
Me abrió la puerta.
—No voy a perderte.
Y, finalmente, me hizo entrar.
Thiago
Sabía que Luna podía intentar escapar.
Por eso la había estado vigilando.
Cuando descubrí que había salido de la casa con Nicolás, sentí una rabia que jamás había experimentado.
Pero no podía perder el control.
No iba a permitir que se marchara.
La dejé creer durante unos minutos que podía escapar.
Quería que sintiera que estaba a punto de conseguirlo.
Hasta que llegamos a la carretera.
Entonces aparecí.
No la llevé de vuelta a la mansión.
Tampoco la llevé a mi casa.
La llevé a uno de mis departamentos privados.
Cuando llegamos, Luna bajó del automóvil furiosa.
—¡Eres un monstruo!
No respondí.
Entramos.
Ella se volvió hacia mí.
—¿Por qué haces esto?
—Porque sé que vas a intentar escapar otra vez.
—Voy a hacerlo.
—No.
—No puedes encerrarme.
—No necesito encerrarte.
La miré directamente.
—Tengo suficiente poder para impedir que salgas de esta ciudad. Incluso del país si fuera necesario.
Luna comenzó a llorar.
—Thiago, por lo que más quieras... no me obligues a casarme contigo.
Me quedé en silencio.
—No puedo hacerlo.
—Sí puedes.
—No.
—¿Entonces qué quieres de mí?
Me acerqué lentamente.
—Quiero que seas mi esposa.
—Pero yo no te amo.
—Lo sé.
—Amo a Nicolás.
Cerré los ojos durante un instante.
—Eso también lo sé.
—Entonces déjame ir.
Negué con la cabeza.
—No.
Luna apretó los puños.
—Te juro que nunca voy a amarte.
—No me importa.
—Siempre voy a odiarte.
—Ese es un sentimiento, Luna.
La miré fijamente.
—Y mientras estés a mi lado, haré todo lo posible para que algún día ese odio cambie.
Ella negó con la cabeza.
—Eso nunca va a suceder.
—Ya veremos.
Señalé el pasillo.
—Ve a dormir.
—No quiero.
—Es tarde.
—No puedo dormir.
—Lo necesitas.
Luna comenzó a caminar hacia la habitación.
Antes de entrar, se volvió.
—Te odio.
—Buenas noches, Luna.
Cerró la puerta.
Me quedé solo en la sala.
Sabía que aquello apenas comenzaba.
Luna
Entré a la habitación.
Me acosté.
Pero no pude dormir.
Lloré durante horas.
Pensé en Nicolás.
Pensé en mi familia.
Pensé en mi futuro.
Y, finalmente, el cansancio pudo conmigo.
Me quedé dormida.
Ocho de la mañana
Desperté sobresaltada.
Miré el reloj.
Las ocho.
La puerta se abrió.
Thiago entró cargando varias cosas.
Las dejó frente a mí.
Era un conjunto elegante, junto con algunos productos de maquillaje.
—Nos vamos en quince minutos.
Lo miré confundida.
—¿A dónde?
—A desayunar.
—No quiero.
—No te pregunté si querías.
Señaló el reloj.
—En diez minutos quiero que estés arreglada.
—¿Y si no lo estoy?
Me miró.
—Sabes perfectamente qué ocurrirá.
Lo odié por tener razón.
Me levanté.
Me arreglé rápidamente.
Me puse el conjunto que había dejado preparado y me maquillé ligeramente.
Cuando terminaron los diez minutos, escuché que la puerta se abría.
Thiago apareció.
Me observó.
—Puntual.
—No quería darte una excusa para quejarte.
—Vamos.
Salimos del departamento.
El trayecto hasta la cafetería duró aproximadamente quince minutos.
Cuando llegamos, Thiago estacionó perfectamente.
Bajó primero y después me ayudó a salir.
Entramos.
El lugar estaba tranquilo.
Nos sentamos frente a frente.
Un camarero se acercó.
—¿Qué desean ordenar?
Thiago me miró.
—¿Qué quieres?
—Nada.
—Luna.
Suspiré.
—Un café y algo dulce.
Thiago pidió lo suyo.
Después el camarero se retiró.
Nos quedamos solos.
Yo miraba por la ventana.
Él me observaba.
—Tenemos una mañana ocupada —dijo finalmente.
—Yo no tengo nada que hacer contigo.
—Eso cambiará.
—¿Qué vamos a hacer?
Thiago tomó un sorbo de su café.
—Primero, iremos a elegir la fecha de la boda.
Lo miré horrorizada.
—¿La boda?
Él sonrió.
—Sí, futura señora Del Monte.
Sentí que el mundo se me venía encima.
Y mientras el desayuno llegaba a nuestra mesa, comprendí algo.
La fiesta de la noche anterior no había sido el comienzo de mi compromiso.
Había sido solamente el comienzo de mi pesadilla.