—¿Si pudieras volver atrás... te enamorarías otra vez de mí? —le pregunté.
Dante no respondió enseguida.
Solo me miró con esa calma que siempre lograba desarmarme.
—La verdadera pregunta, Valeria... es si tú volverías a alejarte de mí.
No contesté.
Porque los dos conocíamos la respuesta.
Mi nombre es Valeria.
Durante mucho tiempo creí que las historias de amor estaban hechas para mujeres distintas a mí. Mujeres bonitas. Seguras de sí mismas. Mujeres que no tenían que vender su cuerpo para pagar el alquiler de un pequeño apartamento en Nueva York.
Entonces apareció Dante De Luca.
Un hombre del que todos hablaban, pero al que muy pocos conocían de verdad.
Yo pensaba que él sería el mayor problema de mi vida.
Qué equivocada estaba.
Porque enamorarme de Dante fue fácil.
Lo difícil fue sobrevivir a todo lo que llegó después.
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Capítulo 21 : El nombre detrás de las sombras
...DANTE...
La expresión de Valeria cambió en cuanto pronuncié aquellas palabras.
No hizo falta decir nada más.
Supe que había entendido exactamente lo que yo pretendía evitar desde el principio: nuestra tranquilidad acababa de terminar.
Ella observó el teléfono sobre la mesa de noche y luego volvió a mirarme.
—¿Es grave?
No respondí enseguida.
Tomé aire con calma antes de acercarme a la ventana. La lluvia seguía cayendo con la misma intensidad, ocultando la ciudad detrás de una cortina gris. Durante unos segundos permanecí en silencio, intentando ordenar las ideas. Lorenzo no acostumbraba a llamarme sin tener algo sólido entre las manos.
Si decía que tenía un nombre, significaba que alguien había cometido un error y los errores, en mi mundo, casi siempre se pagaban con sangre. Sentí los pasos de Valeria acercándose lentamente.
Se detuvo a mi lado.
No habló.
Simplemente buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos. Apreté la mandíbula.
No debía acostumbrarme a ese gesto.
Porque empezaba a gustarme demasiado.
Giré apenas el rostro para observarla.
La camisa blanca seguía cubriendo su cuerpo y el cabello húmedo caía desordenadamente sobre sus hombros. Hacía apenas unos minutos todo parecía sencillo.
Ahora volvía a ser Dante De Luca.
El hombre que debía tomar decisiones antes de que otros las tomaran por él.
—Tengo que salir.
Vi cómo intentaba disimular la decepción.
Sonrió con esfuerzo.
—Lo imaginé.
Acaricié con el pulgar el dorso de su mano.
—Quiero que te quedes aquí.
Frunció ligeramente el ceño.
—¿Y Camila? Va a preocuparse si no regreso.
—Lorenzo enviará a alguien para avisarle que estás conmigo.
Ella bajó la mirada.
—No quiero causarte más problemas.
Aquellas palabras terminaron de romper la poca paciencia que me quedaba.
Le levanté suavemente el rostro.
—Escúchame bien, Valeria.
Esperé a que me mirara.
—El problema no eres tú.-dije- el problema es el hombre que decidió acercarse demasiado a ti y pienso encontrarlo antes de que vuelva a intentarlo.
Noté cómo contenía la respiración.
Había miedo en sus ojos pero también confianza, una confianza que no pensaba traicionar.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez contesté antes del segundo tono.
—Habla.
—Señor.
La voz de Lorenzo sonaba mucho más seria que unos minutos atrás.
—Encontramos al hombre que habló.
Fruncí el ceño.
—¿Está vivo?
Hubo un breve silencio.
—No.
Llegamos demasiado tarde.
Lo ejecutaron hace menos de una hora. Cerré los ojos un instante justo como imaginaba.
Alguien estaba limpiando el camino antes de que pudiéramos alcanzarlo.
—¿Qué recuperaron?
—Su teléfono.
Y una libreta.
Esperé.
—Había varios nombres escritos.
Empresarios.
Jueces.
Dos policías.
Y...Hizo una pausa demasiado larga.
—También estaba el nombre de Valeria.
Sentí que la sangre dejaba de circular por un segundo.
Miré hacia ella.
Seguía observándome, intentando interpretar cada cambio en mi expresión.
—¿Había algo más?
Pregunté.
—Sí.
Junto a su nombre había una sola palabra.
"Prioridad."
No respondí.
Porque, por primera vez en muchos años...
Sentí miedo de verdad.
No por mí, por la mujer que permanecía a pocos metros de distancia sin imaginar que alguien la había convertido en un objetivo.
Abrí lentamente el cajón del escritorio del salón.
Saqué mi pistola.
Revisé el cargador con la tranquilidad de quien había repetido aquel movimiento cientos de veces.
Valeria observó cada uno de mis gestos.
Su voz apenas fue un susurro.
—¿Quién eres realmente, Dante?
Me quedé inmóvil.
Aquella era la pregunta que llevaba semanas evitando y comprendí que ya no podría seguir ocultándole la verdad por mucho más tiempo.