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UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

UN TORBELLINO DE DOBLE LÍO

Status: En proceso
Genre:Familia mágica
Popularitas:425
Nilai: 5
nombre de autor: Alexa Rodríguez Murillo

Tras la muerte de su esposa en un accidente automovilístico, Tomás Rojas, un padre trabajador de clase media, intenta sacar adelante a su única hija, Emma, de once años.
Su hogar nunca está en silencio.
Está lleno de perros, gatos, gallinas y, sobre todo, un gallo tan inteligente como problemático llamado Pelé, el verdadero cómplice de Emma.
Ninguna niñera soporta más de unos días.
Las travesuras de Emma y sus animales convierten la casa en un desastre constante.
Mientras Tomás trabaja durante largas jornadas para mantener el hogar, Emma esconde una enorme tristeza detrás de cada broma.
Todo cambia cuando llega Lucía, una joven huérfana que acepta ser su nueva niñera.
Lejos de regañarla, comprende el dolor que Emma lleva dentro y le enseña que sanar no significa olvidar.
Mientras tanto, Tomás conoce a Valeria, una mujer viuda con un hijo llamado Mateo, de nueve años.
Mateo y Emma conectan desde el primer instante como si siempre hubieran sido hermanos.

NovelToon tiene autorización de Alexa Rodríguez Murillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: La decisión

El amanecer llegó silencioso sobre la casa de los Rojas.

Después de tantos meses de cambios, por primera vez el ambiente se sentía distinto.

No porque hubieran desaparecido los problemas.

Ni porque Pelé hubiera decidido dejar de hacer travesuras.

Eso jamás ocurriría.

Lo diferente era la calma que comenzaba a instalarse poco a poco en el corazón de Emma.

Aunque ella todavía no lo supiera.

El sol apenas iluminaba el jardín cuando un fuerte canto rompió el silencio.

—¡Quiquiriquí!

Tomás abrió un ojo.

Miró el reloj.

Cinco y media de la mañana.

Suspiró profundamente.

—Pelé... algún día voy a aprender a hacer caldo contigo...

Desde la habitación de Emma se escuchó una voz adormilada.

—¡Papá! ¡No amenaces a mi gallo!

Tomás sonrió.

—Entonces dile que me deje dormir.

Pelé volvió a cantar con más fuerza.

Emma apareció despeinada, aún con la manta sobre los hombros.

Miró fijamente al gallo.

—Pelé...

El animal giró la cabeza.

—¿No puedes esperar una hora más?

Pelé respondió orgulloso.

—¡Quiquiriquí!

Mateo, que había pasado la noche en la casa porque al día siguiente no tenía clases, salió bostezando.

—Creo que respondió que no.

Todos terminaron riéndose.

Aquella escena, tan cotidiana como caótica, era la prueba de que la casa seguía siendo la misma.

Una casa llena de animales.

De risas.

De pequeños problemas.

Y de personas que, poco a poco, aprendían a vivir nuevamente.

Después del desayuno, Tomás anunció que debía salir al centro de la ciudad para comprar algunas herramientas para el nuevo taller.

—No tardaré mucho.

Lucía levantó la vista.

—¿Quieres que prepare el almuerzo?

—Si no es mucha molestia.

—Claro que no.

Emma sonrió.

Lucía cocinaba muy bien.

Muchísimo mejor que su padre.

Aunque Tomás siempre insistía en que sus famosos fideos con mantequilla eran una receta de chef.

Nadie le creía.

Ni siquiera Pelé.

Cuando Tomás salió de la casa, Valeria llegó pocos minutos después.

Traía una bolsa con frutas y algunos postres caseros.

Mateo corrió inmediatamente hacia ella.

—¡Mamá!

Valeria lo abrazó.

Luego saludó a Emma.

—Buenos días.

Emma respondió con una sonrisa.

—Buenos días.

Lucía observó aquella escena con satisfacción.

Semanas atrás, Emma apenas saludaba a Valeria.

Ahora ya podía conversar con ella sin sentirse incómoda.

Era un avance enorme.

Los niños decidieron jugar en el jardín.

Construyeron una especie de fuerte utilizando cajas viejas, mantas y algunas tablas que Tomás había dejado junto al garaje.

Pelé, naturalmente, decidió que aquel fuerte le pertenecía.

Entró caminando muy serio.

Se acomodó justo en el centro.

Y comenzó a mirar alrededor como si fuera un rey inspeccionando su castillo.

—Otra vez... —murmuró Emma.

Mateo soltó una carcajada.

—Creo que ahora tendremos que pagarle alquiler.

Emma levantó una rama del suelo.

—Sal de ahí.

Pelé dio dos pasos.

Pero en dirección contraria.

Más hacia el centro.

—No me está obedeciendo.

Mateo negó con la cabeza.

—Nunca lo hace.

Los dos comenzaron a perseguir al gallo alrededor del fuerte.

Max creyó que aquello era un juego y salió corriendo detrás de ellos.

Luna hizo lo mismo.

Las gallinas escaparon del corral.

Copito salió disparado hacia el techo.

Mientras tanto, Misha observaba todo desde una ventana con expresión de absoluta superioridad.

Lucía salió de la cocina y al contemplar semejante escena simplemente cruzó los brazos.

—Cinco minutos.

Solo los dejé solos cinco minutos.

Valeria comenzó a reír.

—Creo que ya me acostumbré.

Finalmente lograron atrapar a Pelé.

O mejor dicho...

Pelé permitió que lo atraparan.

Porque cuando Emma lo sostuvo entre sus brazos, el gallo permaneció completamente quieto.

—Te gusta llamar la atención.

Pelé cerró un ojo.

—¿Sabes una cosa?

Emma acarició suavemente su cabeza.

—Si un día desapareces de verdad...

Creo que esta casa sería demasiado silenciosa.

Mateo escuchó aquellas palabras.

Sonrió.

—Eso significa que lo quieres mucho.

Emma respondió sin pensar.

—Claro que sí.

Después se quedó en silencio.

Porque comprendió algo.

No solamente quería a Pelé.

También quería a Max.

A Luna.

A los gatos.

A las gallinas.

A Lucía.

A Mateo.

Y...

Bajó lentamente la mirada.

También estaba empezando a querer a Valeria.

Por la tarde, Tomás regresó del centro.

Traía varias cajas con herramientas nuevas.

Parecía cansado, pero feliz.

Emma corrió a ayudarlo.

—¿Compraste todo?

—Sí.

—¿Ahora sí podrás abrir el taller?

Tomás sonrió.

—Falta muy poco.

Valeria observó la escena.

Era imposible no sentirse feliz al ver a Tomás tan ilusionado.

Después de tanto tiempo viviendo únicamente para sobrevivir, finalmente comenzaba a construir un sueño propio.

Mientras descargaban las herramientas, Tomás encontró un sobre entre las cajas.

Lo abrió.

Leyó su contenido.

Y su expresión cambió.

Emma fue la primera en notarlo.

—¿Papá?

Tomás guardó silencio unos segundos.

—Es una invitación.

—¿A qué?

—La municipalidad organizará una feria para pequeños emprendedores.

Lucía sonrió.

—Es una buena oportunidad.

Tomás asintió.

—Podría dar a conocer el taller.

Valeria también pareció entusiasmada.

—Deberías participar.

Pero Tomás dudaba.

—No sé...

Emma frunció el ceño.

—¿Por qué?

Él respiró profundamente.

—Porque tengo miedo de fracasar.

Aquellas palabras sorprendieron a todos.

Emma nunca había escuchado a su padre reconocer un miedo.

Siempre lo había visto fuerte.

Seguro.

Capaz de resolver cualquier problema.

Pero ahora comprendía que los adultos también tenían inseguridades.

Valeria tomó la mano de Tomás.

—Fracasar sería no intentarlo.

El mecánico levantó lentamente la vista.

Ella sonrió.

—Confía en todo lo que has construido.

Aquella noche, Emma permaneció mucho tiempo despierta.

Pensaba en su padre.

Pensaba en Mariana.

Pensaba en todo lo que habían vivido.

De pronto recordó algo.

Cuando era pequeña, su mamá siempre decía:

"Las personas valientes no son las que nunca sienten miedo... sino las que avanzan a pesar de él."

Emma sonrió.

Al día siguiente, mientras Tomás desayunaba, la niña dejó un pequeño papel sobre la mesa.

Él lo abrió.

Solo decía una frase.

"Mamá siempre decía que los valientes también tienen miedo."

Tomás sintió un nudo en la garganta.

Miró a Emma.

Ella sonrió tímidamente.

—Creo... que deberías ir a esa feria.

Tomás se levantó.

La abrazó con fuerza.

—Gracias, hija.

Esa tarde comenzaron los preparativos.

Toda la familia ayudó.

Lucía hizo una lista de herramientas.

Mateo dibujó un cartel para el puesto.

Valeria organizó algunos folletos.

Emma limpió las cajas de herramientas.

Y Pelé...

Bueno...

Pelé decidió colaborar a su manera.

Cuando todos estaban concentrados trabajando, el gallo desapareció.

Diez minutos después volvió caminando muy orgulloso.

Llevaba algo brillante en el pico.

Emma abrió los ojos.

—¡Pelé!

El gallo había robado el reloj del vecino.

Todos salieron corriendo detrás de él.

—¡Ven aquí!

Pelé atravesó el jardín.

Saltó sobre una banca.

Después sobre una maceta.

Max creyó que era un juego.

Luna comenzó a ladrar.

Las gallinas escaparon nuevamente.

El vecino apareció en la puerta.

—¡Otra vez ese gallo!

Tomás se llevó una mano a la frente.

—Perdone, don Ernesto.

El hombre terminó riéndose.

—La verdad...

Ya me acostumbré.

Finalmente Emma consiguió recuperar el reloj.

Se lo entregó al vecino.

—Lo siento mucho.

Don Ernesto acarició la cabeza de la niña.

—No te preocupes.

Pero dile a ese gallo que algún día también me devolverá la paciencia que me roba.

Todos estallaron en carcajadas.

Incluso Tomás.

Esa noche cenaron todos juntos.

La conversación giró alrededor del nuevo taller.

Mateo imaginaba que sería el mejor del barrio.

Lucía hablaba de cómo organizar mejor las herramientas.

Valeria proponía algunas ideas para atraer clientes.

Emma escuchaba.

Y comprendía algo muy importante.

Aquellas personas ya hablaban como una familia.

Sin darse cuenta.

Sin forzarlo.

Simplemente ocurría.

Cuando terminó la cena, salió al jardín.

El cielo estaba lleno de estrellas.

Pelé caminó hasta ella.

Se acomodó a su lado.

Emma sonrió.

—¿Sabes?

Creo que hoy entendí algo.

El gallo inclinó la cabeza.

—Durante mucho tiempo tuve miedo de que mi familia cambiara.

Miró la casa iluminada.

—Pero ahora entiendo que las familias cambian todo el tiempo.

Las personas crecen.

Llegan otras nuevas.

Se quedan.

Aprenden a quererse.

Y eso no significa olvidar a quienes ya no están.

Pelé lanzó un pequeño canto.

Emma acarició suavemente sus plumas.

—Mamá siempre será mi mamá.

Eso nunca cambiará.

Pero también creo...

Que hay espacio para querer a más personas.

Miró la ventana de la cocina.

Allí estaban Tomás y Valeria riéndose mientras lavaban los platos.

Lucía secaba los vasos.

Mateo perseguía a Max por toda la sala.

Emma sonrió con el corazón tranquilo.

Por primera vez en mucho tiempo, el futuro dejó de darle miedo.

Porque comprendió que el amor no se divide.

El amor simplemente encuentra nuevas formas de crecer.

Y mientras pensaba en todo aquello, Pelé volvió a cantar.

Emma soltó una carcajada.

—Definitivamente...

Tú nunca vas a cambiar.

Y, por alguna extraña razón, eso la hacía inmensamente feliz.

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