Una tarde fría de diciembre, Lucía se cruza con una niña perdida en la calle. Sin dudarlo la consuela y protege, sin imaginar que ese pequeño acto cambiará su vida para siempre. Su padre, Alejandro Ferrer, un poderoso empresario, no puede ignorar la angustia y la felicidad que Lucía despierta en su hija.
Mientras Alejandro busca desesperadamente a alguien que cuide a Emma, se da cuenta de que ninguna niñera parece estar a la altura… se da cuenta de que su hija no deja de mencionar a “la chica de la bufanda”. Y decide contratarla. Entre tensiones, celos y secretos, Lucía tendrá que marcar sus límites mientras Alejandro se debate entre lo correcto y lo que su corazón comienza a desear.
Una historia de amor, familia y segundas oportunidades, donde la Navidad no solo trae luces y regalos, sino también destinos que no pueden ignorarse.
NovelToon tiene autorización de @ngel@zul para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Leche con nubes
Esa noche el silencio en la mansión Ferrer era absoluto, de ese tipo de silencio que solo el dinero puede comprar: paredes insonorizadas y alfombras que devoraban cualquier crujido. Sin embargo, para Lucía, ese silencio era inquietante. Acostumbrada al rumor constante de Culver City, a las sirenas lejanas y al sonido de la respiración de su madre en la habitación contigua, la inmensidad de su nueva alcoba la hacía sentir pequeña.
Se había quedado dormida con la luz de la mesita de noche encendida, pero un suave tirón en las sábanas la devolvió a la realidad.
—¿Lucía? —un susurro apenas perceptible rompió la calma.
Lucía abrió los ojos y vio la pequeña figura de pie junto a su cama. Emma, envuelta en un pijama de seda rosa, la miraba con los ojos muy abiertos. No estaba llorando, pero su labio inferior temblaba levemente. En sus manos arrastraba una manta de lana y, por supuesto, su bufanda de colores.
—Emma, pequeña... ¿qué pasa? —Lucía se incorporó de inmediato, apartando las mantas para dejarle un sitio.
—Tuve un sueño feo —susurró la niña—. El viento se llevaba tu bufanda y tú te ibas con ella.
El corazón de Lucía se encogió. Se dio cuenta de que el trauma de haberse perdido en Hollywood Boulevard todavía estaba muy presente en la cabecita de la niña. Se hizo a un lado y palmeó el colchón.
—Ven aquí, princesa. No me voy a ir a ningún lado. El viento no puede conmigo.
Emma trepó a la cama con una agilidad sorprendente y se acurrucó contra el costado de Lucía. Su pequeño cuerpo estaba frío, como si hubiera estado deambulando por los pasillos de mármol durante un buen rato.
—Tengo hambre —murmuró Emma después de unos minutos, cuando el calor de la cama empezó a reconfortarla—. Pero de la comida de antes. De la que tiene nubes.
Lucía sonrió, recordando que le había prometido enseñarle a hacer leche con malvaviscos.
—Está bien. Vamos a hacer una expedición secreta a la cocina. Pero tenemos que ser muy silenciosas, como ninjas, para que tu papá no nos descubra.
Bajaron las escaleras de la mano, con Emma guiando el camino a través de la penumbra. La cocina de la mansión parecía una nave espacial en la oscuridad: acero inoxidable, luces LED tenues bajo los armarios y encimeras de cuarzo que brillaban como el hielo.
Lucía encontró la leche en el enorme refrigerador y comenzó a calentarla en una pequeña olla, evitando usar los ruidosos microondas. Mientras revolvía, Emma se sentó en una de las banquetas altas, balanceando sus pies descalzos.
—¿Sabes qué, Lucía? —dijo la niña en voz baja—. Mi casa es muy grande, pero a veces está muy sola.
Lucía se detuvo un momento, con el batidor en la mano. Miró a la pequeña y sintió una punzada de tristeza. Antes de que pudiera responder, una sombra se proyectó en la entrada de la cocina.
—¿Se puede saber qué hacen ustedes dos despiertas a las tres de la mañana?
Lucía dio un pequeño salto, casi derramando la leche. Alejandro estaba apoyado contra el marco de la puerta. No llevaba su traje habitual; vestía unos pantalones de algodón oscuro y una camiseta gris que revelaba una complexión física mucho más imponente de lo que sus sacos de sastre dejaban adivinar. Tenía el cabello algo revuelto y una taza de café vacía en la mano.
—Papá, es una expedición secreta —anunció Emma, sin una pizca de miedo.
Alejandro entró en la cocina, y el espacio pareció reducirse de repente. Se acercó a la encimera, quedando a escasos centímetros de Lucía. Ella pudo percibir su aroma: una mezcla de café amargo y ese jabón cítrico tan masculino que parecía ser parte de su piel.
—Tuvo una pesadilla —explicó Lucía, tratando de mantener la voz firme mientras vertía la leche en una taza—. Me pidió leche con nubes.
Alejandro observó cómo Lucía colocaba con cuidado tres malvaviscos blancos sobre la espuma. Vio la suavidad de sus movimientos y la forma en que su pijama de algodón sencillo —con dibujos de flores pequeñas— contrastaba con la sofisticación de la cocina. Por un segundo, se olvidó de que era el CEO de un imperio; solo era un hombre mirando a una mujer que estaba haciendo por su hija lo que él no sabía cómo hacer.
—¿Leche con nubes? —preguntó Alejandro, con un rastro de curiosidad en su voz habitualmente severa.
—Es una receta mágica —dijo Lucía, entregándole la taza a Emma—. Las nubes atrapan los sueños feos y se los llevan.
Emma bebió un sorbo, dejando un bigote blanco sobre su labio, y sonrió. Alejandro no pudo evitar que su expresión se relajara. Hacía meses que no veía a su hija tan relajada en medio de la noche.
—Debería estar descansando, Lucía —dijo él, su voz bajando un octavo, volviéndose más íntima—. Mañana es un día importante en la clínica para tu madre.
—No podía dejarla sola —respondió ella, mirando a Emma y luego a él—. El trabajo de niñera no tiene horario cuando hay miedo de por medio, ¿no cree?
Alejandro sostuvo su mirada durante un tiempo que pareció eterno. En el silencio de la madrugada, las barreras de clase y posición social parecieron desdibujarse por un instante. Él vio en ella una fuerza y una pureza que lo desconcertaban.
—Supongo que tiene razón —concedió él, dejando su taza en el fregadero—. Cuando termine su "receta mágica", asegúrese de que regrese a su cama. Y usted... intente dormir. La necesito alerta por la mañana.
—Buenas noches, señor Ferrer.
—Buenas noches, Lucía.
Alejandro se dio la vuelta para retirarse, pero antes de salir, se detuvo y miró a su hija.
—Emma... guárdame una nube para la próxima.
La niña rió bajito, y Alejandro se marchó con una sensación extraña en el pecho. Mientras subía las escaleras, se sorprendió a sí mismo pensando que la cocina, por primera vez en años, no se sentía como una habitación vacía, sino como el corazón de algo que empezaba a latir.
💖😍💖😍💖
💖💖💖
😍😍😍