Catalina sufre el abandono y rechazo de su padre desde muy temprana edad al morir su madre. Es entregada a su tía la condesa viuda dónde crece entre los niños de muchos matrimonios experimentando el amor y la pasión de los hombres que la rodean hasta llegar al mismísimo rey de Inglaterra.
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Cartas Bajo la Luna
La distancia puede ser tan cruel como una despedida.
Después de aquella conversación en la galería, Thomas y yo comprendimos que cada palabra compartida podía convertirse en un arma en manos de nuestros enemigos. Sin necesidad de promesas, ambos aceptamos un silencio que pesaba más que cualquier juramento.
Ahora, cuando coincidíamos en los salones del palacio, solo intercambiábamos una leve inclinación de cabeza. Si el destino nos llevaba por el mismo corredor, uno de los dos cambiaba discretamente de rumbo. Aquella prudencia era necesaria, pero cada encuentro evitado dejaba en mi pecho una sensación de vacío.
La corte, sin embargo, no tardó en advertir aquel cambio.
Los rumores no desaparecieron.
Al contrario.
Se hicieron más insistentes.
Era como si el silencio alimentara aún más la curiosidad de quienes buscaban un escándalo.
—Dicen que la reina está inquieta.
—No, dicen que oculta un secreto.
—He oído que un caballero frecuentaba demasiado su presencia...
Las frases llegaban hasta mis oídos incompletas, siempre pronunciadas en voz baja, siempre seguidas de un silencio incómodo cuando alguien advertía mi cercanía.
Una mañana encontré a Lady Rochford contemplándome desde el otro extremo del salón. Sus ojos parecían medir cada uno de mis movimientos. Cuando nuestras miradas se cruzaron, sonrió con una cortesía impecable.
No pude evitar preguntarme cuánto había visto.
Y cuánto imaginaba.
Aquella misma noche no conseguí dormir.
La luna iluminaba tenuemente mi escritorio.
Abrí un pequeño cuaderno donde, desde mi llegada al trono, escribía pensamientos que jamás me habría atrevido a pronunciar en voz alta.
La pluma tembló entre mis dedos.
"A veces el silencio protege más que las palabras. Sin embargo, también puede convertirse en una prisión. Echo de menos la tranquilidad de una conversación sincera, pero debo recordar quién soy y el precio que tiene la corona."
Cerré el cuaderno con rapidez al escuchar pasos en el pasillo.
Nadie debía leer aquellas líneas.
En otro extremo del palacio, Thomas también libraba su propia batalla.
Había comenzado a rechazar invitaciones, evitaba permanecer cerca de los aposentos reales y dedicaba más tiempo a sus obligaciones. Quería que la corte olvidara cualquier motivo para relacionar su nombre con el mío.
Pero los rumores rara vez obedecían a la lógica.
Un día, durante una ceremonia religiosa, nuestras miradas volvieron a encontrarse apenas un instante.
No hubo sonrisas.
No hubo gestos.
Solo el reconocimiento silencioso de dos personas obligadas a fingir indiferencia.
Aquella breve mirada bastó para que una dama murmurara algo al oído de otra.
Las dos dirigieron la vista hacia nosotros antes de apartarla con fingida inocencia.
Sentí un frío recorrer mi espalda.
Los muros del palacio parecían tener ojos.
Y los ojos, lengua.
Pocos días después, mientras caminaba por los jardines acompañada por mis damas, escuché claramente una frase que el viento no logró ocultar.
—La reina es demasiado joven para soportar sola el peso de la corona.
Otra voz respondió casi de inmediato.
—O quizá busca consuelo donde no debería.
Continué caminando sin volver la cabeza.
La reina no podía detenerse a discutir con los rumores.
Pero Catalina... Catalina sintió cómo aquellas palabras atravesaban su corazón.
Aquella noche, Enrique VIII habló con entusiasmo de un próximo viaje por el reino. Deseaba mostrarse ante sus súbditos junto a su joven esposa, convencido de que el pueblo la admiraba tanto como él.
Yo sonreí y acepté acompañarlo.
Sin embargo, una inquietud comenzaba a instalarse dentro de mí.
No temía únicamente a los chismes.
Temía que alguien decidiera transformarlos en acusaciones.
Porque conocía demasiado bien la corte de los Tudor.
Allí, una sospecha podía convertirse en evidencia.
Una mentira repetida con suficiente insistencia podía destruir una vida.
Y yo ya había aprendido que la verdad rara vez era la única fuerza que decidía el destino de una reina.
Mientras apagaba la vela junto a mi cama, observé la luna por última vez.
Su luz plateada parecía envolver el palacio en una calma engañosa.
Bajo aquella misma luna, los secretos seguían creciendo.
Y yo comenzaba a comprender que no bastaría con guardar las distancias para escapar de ellos.