Bruno, un joven omega y estudiante apasionado por la historia china, siempre creyó que el pasado debía permanecer intacto… hasta que el pasado lo eligió a él.
Durante una excursión, descubre que el antiguo collar que ha llevado toda su vida perteneció al emperador Cheng, una joya entregada a su prometido como símbolo de un amor eterno. Un amor que, sin embargo, fue rechazado por orgullo, odio y la sombra de otro hombre.
Pero el destino le concede a Bruno una oportunidad que jamás imaginó.
Transportado a la era imperial, Bruno no solo conocerá al emperador que siempre admiró… sino que también tendrá la oportunidad de cambiar su historia, sanar sus heridas y reclamar el lugar que siempre le ha pertenecido.
Aunque el pasado guarda secretos, errores y decisiones que aún pueden destruirlo todo.
Esta vez, Bruno no huirá.
Esta vez, luchará por su emperador.
—¡Emperador, cásate conmigo!
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UNA DECISIÓN DEFINITIVA.
El omega ya se encontraba vestido cuando Xiao regresó a buscarlo.
La joven sirvienta se detuvo en seco en la entrada.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
Su joven amo… no era el mismo.
Ya no llevaba los trajes de colores sombríos y apagados que solía usar, aquellos que parecían reflejar su rechazo al mundo.
En su lugar, vestía una túnica de tonos claros, azul profundo con bordados plateados que brillaban suavemente con la luz de la mañana.
El color realzaba su belleza natural.
Su piel parecía más luminosa.
Su porte… más digno.
Más… imperial.
—Tardaste mucho, Xiao —dijo Luo mientras se sentaba frente al espejo, observando su reflejo con calma.
Su voz era suave.
Controlada.
Segura.
Xiao sintió un escalofrío recorrer su espalda.
—Lo lamento, señorito… sus padres lo esperan en el jardín —mencionó Xiao, acercándose con cuidado para arreglar su cabello.
Sus manos temblaban ligeramente.
No sabía por qué.
Pero sentía que estaba frente a alguien completamente diferente.
—Ya veo… fuiste a darles la noticia. Eres mala, Xiao. Quería darles una sorpresa —dijo Luo mientras ella comenzaba a peinar su largo cabello negro.
No había enojo en su voz.
Solo una ligera broma.
Eso la confundió aún más.
—Discúlpeme… no fue mi intención… —la chica sintió sus manos temblar por el miedo que le recorrió el cuerpo.
Esperaba un regaño.
Un grito.
Un castigo.
Pero en su lugar recibió otra respuesta.
—Está bien, no hay problema —dijo Luo intentando calmarla—. Por cierto… madre Jiao está con ellos… y Wei, ¿verdad?
Xiao asintió.
—Sí. Están ahí. Me pidieron apresurarlo para el desayuno familiar.
Colocó la última peineta en su cabello.
El reflejo que vio en el espejo hizo que Xiao contuviera el aliento.
Su señorito parecía… un consorte imperial.
—Vamos entonces —dijo Luo.
Se levantó.
La brisa movió suavemente sus ropas.
Su presencia llenó la habitación.
Elegancia.
Poder.
Y un ser totalmente distinto.
Xiao lo siguió en silencio.
El corazón le latía con fuerza.
No sabía por qué…
Pero sentía que estaba presenciando el nacimiento de alguien nuevo.
Caminaron por los largos pasillos de la residencia Lang.
Los sirvientes que lo vieron se detuvieron.
Algunos inclinaron la cabeza.
Otros simplemente miraron sorprendidos.
El joven amo, que durante días se había negado a salir, ahora caminaba con la frente en alto.
Seguro.
Firme.
Decidido.
Cuando llegó al jardín…
Todos estaban ahí.
Su padre.
Su madre omega.
La segunda esposa.
Sus hermanos.
Y su hermana Wei.
Luo dio unos pasos al frente.
Y sin dudar un solo segundo...
Se tiró de rodillas.
El sonido de sus rodillas contra el suelo resonó en el jardín.
—Padre, me disculpo por haberle faltado al respeto a usted, a mi madre y por perder el honor delante de la familia real —dijo Luo, haciendo una reverencia completa de ciento ochenta grados.
Su frente tocó el suelo.
Su postura era perfecta.
Sincera.
Todos lo miraron con la boca abierta.
"Xiao tenía razón… parece otra persona", pensaron los gemelos.
"Mi niño… al fin ha madurado", pensó su madre omega, Chao, sintiendo que sus ojos se humedecían.
Pero el primer ministro Lang permaneció serio.
Su rostro era una máscara de autoridad.
—No planeo dejar que rompas el compromiso con el príncipe heredero —dijo con voz firme.
Luo levantó ligeramente la cabeza.
—No, padre. He reflexionado sobre eso y he tomado una decisión.
El silencio se volvió absoluto.
Todos escuchaban expectantes.
—Acepto casarme con el príncipe heredero.
El mundo pareció detenerse.
Nadie respiró.
Nadie habló.
Las bocas abiertas de todos eran un indicio de total sorpresa.
—¿Hijo… te sientes bien? —preguntó Chao, levantándose rápidamente para acercarse a él.
Colocó su mano sobre su frente.
Temblaba.
—Estoy bien, mamá —dijo Luo, cerrando los ojos un instante al sentir el calor de su madre después de tanto tiempo.
Había olvidado esa sensación.
Había olvidado ese amor.
—He pensado seriamente en lo que padre me dijo… y creo que tiene razón. Tengo un deber… y si el emperador cree que soy adecuado para convertirme en el consorte del futuro emperador, no me negaré a hacerlo.
Su voz era firme.
Sin dudas.
Sin miedo.
—Pero hermanito… no dijiste que no te unirías a un monstruo… —dijo Wei con falsa inocencia, saboreando cada palabra.
Esperaba verlo dudar.
Romperse.
Pero Luo la miró.
Y sonrió.
Una sonrisa tranquila.
Segura.
—Me arrepiento de lo que dije. El príncipe heredero ha logrado muchas cosas y ha beneficiado en mucho al imperio.
Hablaba como si describiera a un héroe.
No a un enemigo.
Wei sintió que su estómago se retorcía.
—Pero…
—Hermanita —la interrumpió Luo, mirándola directamente a los ojos—. Lo mejor es hacer cumplir los deseos del emperador.
Su mirada era afilada.
Dominante.
Superior.
Wei sintió miedo.
Real.
"Ni loco dejaré que te lo quedes, bruja", pensó Luo, sonriendo con elegancia.
Se puso de pie con gracia.
Y se sentó junto a sus padres.
Su postura era impecable.
Digna.
—¿Verdad, padre?
El primer ministro Lang aún parecía sorprendido.
Pero algo dentro de él… se sintió orgulloso.
—Eh… sí. Luo tiene razón. La voluntad del emperador es lo que debemos hacer.
Miró a Xiao.
—Xiao, tráele algo de desayunar a Luo.
—Enseguida, mi señor.
Chao no podía dejar de mirar a su hijo.
Su niño había cambiado.
Pero no le asustaba.
Le daba esperanza.
—Por lo pronto, me retiro. Hay asuntos en palacio que se deben atender —dijo el primer ministro, levantándose.
Pero antes de irse…
Miró a Luo una vez más.
Como si intentara entenderlo.
Como si intentara reconocerlo.
Y por primera vez en mucho tiempo…
Sintió que su hijo realmente estaba listo para tomar el papel que le habían dispuesto.
Sin saber…
Que el destino del imperio acababa de cambiar.
Para ti querid@ seguidor.
InuYasha/ Tomoe