Ana Beltrán llegó a Moscú con una valija rota y un solo objetivo: un mejor futuro lejos de casa. Para lograrlo, se esconde. Ropa 3 talles más grande, lentes gigantes, rodete tirante. Se vuelve invisible.
Consigue trabajo como asistente del CEO de _Volkov Industries_: Dmitri Volkov. Arrogante, mujeriego, playboy. Un hombre que odia las distracciones y solo contrata mujeres "feas" para que no lo molesten.
Él no sabe su apellido. Ella no quiere que la vea.
Hasta que una gala lo obliga a romper las reglas. Sin lentes, sin el saco gris, Ana deja de ser "Asistente B" y se vuelve imposible de ignorar.
Ahora Dmitri no puede dejar de mirarla... y odia no entender por qué. Ella sigue luchando por su futuro. Él, por primera vez, está perdiendo el control.
Una historia de orgullo, máscaras y de dos personas que tienen que decidir si vale la pena arriesgarlo todo por ser vistos de verdad.
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CAPITULO 17 LA GRIETA
*Lunes. 7:58 AM. Piso 48. Volkov Industries.*
Ana entró primero.
Sacó gris. Abotonado hasta el cuello. Rodete tirante que le dolía el cuero cabelludo. Lentes enormes que le tapaban media cara.
La armadura. Completa.
Pero las manos le temblaban un poco al dejar la cartera en su escritorio.
Porque el viernes había sido Ana. Y hoy tenía que volver a ser Asistente B.
*8:02 AM.*
Dmitri entró.
Traje negro. Sin corbata. Cara de que no durmió. O de que durmió demasiado bien y no quería admitirlo.
Se miraron. Dos segundos.
—Buenos días, Asistente Beltrán —dijo él. Voz plana. CEO.
—Buenos días, señor Volkov —dijo ella. Igual de plana. Asistente.
Pasó a dejarle la agenda. Sus dedos no se rozaron. A propósito.
Él lo notó.
Cerró la puerta de su oficina. Clic.
Y el piso 48 respiró otra vez.
*10:14 AM. Sala de Reuniones 2.*
Doce personas. Proyector. Orlov por videollamada desde Moscú.
Ana tomando nota. Lentes reflejando la pantalla. Invisible. Perfecta.
Dmitri al frente. Traje azul marino. Voz de hielo.
—Orlov, el 12% no se mueve —dijo—. Firma, o te busco otro socio.
Bajo la mesa, nada. Nada de pies. Nada de miradas. Nada.
Profesional.
Pero a la mitad de la reunión, Orlov dijo:
—Volkov, ¿tu asistente está enferma? Se la ve distinta.
Todos miraron a Ana.
Ana no parpadeó. —Estoy bien, señor Orlov. Solo dormí mal.
Dmitri no la miró. Siguió: —Sigamos con el punto 4.
Irina, al lado de Ana, escribió en su cuaderno y lo giró un segundo: `Mentira. Dormiste bien. -I`
Ana apretó el lápiz. Y no se rió. Porque no podía.
*1:30 PM. Su escritorio.*
El teléfono interno sonó.
—Beltrán. Mi oficina. Ya.
Voz de Dmitri. Cortada.
Ella fue.
Él estaba parado. Espalda a la puerta. Manos en los bolsillos. Traje, pero corbata afuera.
—Cierra —dijo. Sin girarse.
Clic.
—Orlov preguntó dos veces por ti —dijo él. Giró. Ojos furiosos—. Dijo “tu asistente gris tiene cara de que algo cambió”.
Ana se quedó helada.
—¿Y qué le dijiste?
—Que eres excelente en tu trabajo y que si sigue metiéndose en mi personal, le cierro Moscú —dijo él—. Pero Ana...
Dio un paso.
—Se están dando cuenta —dijo—. Irina. Katya. Orlov. No somos invisibles.
—Lo sé —dijo ella—. Por eso no me toques. No me mires. No...
—No puedo —dijo él. Honesto. Crudo—. Llevo 72 horas sin tocarte y me estoy volviendo loco.
Ana retrocedió un paso.
—Entonces elige —dijo. Voz temblando—. O la empresa, o yo. Porque no puedo ser tu secreto para siempre. Me estoy partiendo en dos.
Dmitri cerró los ojos. Dolió.
—No te pido que seas mi secreto —dijo—. Te pido tiempo. Una semana. Dos. Hasta que pueda mover a Orlov de Moscú sin que sospeche.
—Y mientras tanto ¿qué? —dijo ella—. ¿Fingimos? ¿Me parto más?
Silencio. Pesado.
—Sí —dijo él al final—. Mientras tanto fingimos. Porque si no, te pierdo ahora.
Ana agarró el picaporte.
—Yo no firmé para esto —dijo—. Yo firmé para ser asistente. No para esconderme.
Salió. Puerta cerrada. No golpe. Solo cerrada.
Dmitri se quedó solo. Puño contra el escritorio.
*6:00 PM.*
Todos se fueron.
Ana guardaba más lento. A propósito.
Dmitri salió de su oficina. Sin saco.
—Te llevo —dijo. No preguntó.
—No —dijo ella—. Hoy voy sola.
—Ana —dijo él. Una orden.
—Hoy no —dijo ella—. Necesito espacio.
Agarró su cartera. Salió.
Él no la siguió.
*7:20 PM. Su departamento.*
Ana entró. Se sacó todo. Sacó. Lentes. Rodete.
Se miró al espejo. Pelo suelto. Ojos rojos.
Masha estaba en su cuarto.
—Mamá ¿estás bien? —preguntó la nena.
—Sí, amor —mintió—. Solo cansada del trabajo.
El teléfono vibró. Número privado.
`Dmitri: Lo siento.`
Ella escribió: `Yo también.`
Borró.
Escribió: `Necesito pensar.`
Envió.
*8:05 PM. Piso 48.*
Dmitri leyó el mensaje.
`Necesito pensar.`
Escribió: `Piensa. Pero no pienses en irte.`
Borró.
Escribió: `Te espero.`
Envió.
*Martes. 8:00 AM.*
Ana llegó.
Mismo saco. Mismo rodete. Mismos lentes.
Pero los ojos distintos. Secos. Duros.
Dmitri llegó.
Mismo traje. Misma cara.
Pero no dijo “buenos días”.
No se hablaron en toda la mañana.
*11:47 AM. Pasillo.*
Se cruzaron yendo al baño.
—Beltrán —dijo él.
—Señor Volkov —dijo ella. Y siguió.
Ese “señor Volkov” le pegó más que un grito.
*3:15 PM. Su oficina.*
Él entró sin tocar.
—Basta —dijo.
Ana levantó la vista de la tablet.
—¿Basta qué?
—Basta de castigarme —dijo él—. La cagué. Lo sé. Pero no me mates en silencio.
Ana se puso de pie.
—No te castigo —dijo—. Me protejo. Porque tú no lo haces.
Se acercó.
—Dmitri —dijo—. Yo te quiero. Pero no voy a ser la mujer que escondes en un archivo. No voy a ser la que espera a las ocho para existir.
Dmitri la miró. Quebrado.
—Entonces ¿qué quieres?
—Quiero que el lunes que viene —dijo ella—. Entremos juntos al piso 48. Sin escondernos. Sin mentiras.
Él cerró los ojos.
—Orlov me va a destruir —dijo.
—Entonces que te destruya —dijo ella—. Pero que me destruya a mí también. Juntos. No sola.
Silencio.
Dmitri caminó hasta la ventana.
—Dame hasta el viernes —dijo. Espalda a ella—. El viernes hablo con el consejo. Renuncio si hace falta. Pero te elijo. En público.
Ana se quedó quieta.
—Tres días —dijo ella—. Te doy tres días.
—Gracias —dijo él sin girarse.
—Pero Dmitri —dijo ella—. Si el viernes no lo haces... yo me voy. De la empresa. De ti.
Dmitri asintió. Una vez.
Ana salió.
*Viernes. 7:59 AM.*
Ana entró.
Sacó gris. Rodete. Lentes.
Pero caminaba distinta. No encogida. Esperando.
Dmitri llegó 8:00 AM en punto.
Traje negro. Sin corbata. Una carpeta en la mano.
—Buenos días, Asistente Beltrán —dijo.
—Buenos días, señor Volkov —dijo ella.
—Reunión de consejo —dijo él—. 9:00 AM. Estás citada.
Ana parpadeó.
—¿Yo?
—Tú —dijo él—. Porque se acabó el escondite.
Irina dejó de tipear. Katya levantó la vista.
Dmitri caminó hasta la puerta. Se detuvo.
—Ana —dijo. Sin “asistente”. Sin “señor”.
Ella levantó la vista.
—Elige —dijo él—. ¿Vienes conmigo a quemar todo, o te quedas acá, segura?
Ana se quitó los lentes. Lentamente. Los dejó en el escritorio.
Se sacó el rodete. El pelo le cayó.
Se desabotonó el primer botón del saco.
Caminó hasta él.
—Voy —dijo—.
Y salió con él.
Sin esconderse.
La grieta se rompió.