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Obsesión En Línea

Obsesión En Línea

Status: En proceso
Genre:Romance de oficina / Malentendidos / Romance
Popularitas:2.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Dary MT

Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que

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Capítulo 23: Despedidas y nuevos comienzos

El sonido de los tacones de Alana sobre el suelo de mármol del piso cuarenta sonaba diferente esa mañana. Ya no era el paso apresurado de la secretaria que corría a cumplir con una agenda imposible; era el caminar pausado de quien va a cerrar un ciclo por voluntad propia. Llevaba entre las manos una caja de cartón mediana, vacía, lista para albergar los pequeños objetos que habían decorado su cubículo durante el último año.

El ambiente en el ala ejecutiva era de una curiosidad latente. Los rumores en Blackwood Technologies corrían más rápido que sus propios servidores de fibra óptica, y la repentina ausencia de Alana el día anterior, sumada al rumor de su salida, ya había encendido las alarmas del cotilleo corporativo.

Mientras Alana colocaba con cuidado su agenda personal, una pequeña planta suculenta y un portalápices en la caja, sintió la presencia de varias sombras sobre su escritorio. Eran Sandra y Marcela, del departamento de relaciones públicas, acompañadas por un par de analistas.

—Alana, por Dios, dime que es mentira —soltó Sandra, cruzándose de brazos y mirándola con los ojos abiertos de par en par—. ¿De verdad te vas? Pero si eres la mano derecha del jefe, nadie aguanta su ritmo como tú. ¿Pasó algo malo?

Alana se detuvo un segundo, miró los rostros inquisitivos de sus ahora excompañeros y recordó la razón principal de su partida: su dignidad. Les dedicó una sonrisa calmada, desprovista de cualquier rastro de nerviosismo.

—Es verdad, chicas. Hoy es mi último día —respondió Alana con una voz suave pero firme, disipando cualquier aire de drama—. No pasó nada malo, todo lo contrario. Simplemente decidí que es momento de tomar otro rumbo en mi vida. He trabajado sin parar durante años y quiero explorar nuevos horizontes profesionales. Pero primero... voy a tomarme un tiempo libre para descansar, desconectarme un poco y luego ver con calma qué hacer.

—Vaya... qué envidia —comentó uno de los analistas, visiblemente aliviado al notar que no se trataba de un despido conflictivo—. Trabajar para Blackwood debe ser agotador. Disfruta tus vacaciones, te las has ganado.

Tras una ronda de abrazos corteses y buenos deseos de la gente del piso, Alana tomó la caja entre sus brazos. Su corazón dio un vuelco cuando desvió la mirada hacia el gran despacho presidencial. Sabía que la parte más difícil de la mañana no era despedirse de los compañeros, sino del hombre que la esperaba detrás de esos cristales polarizados.

Caminó hacia la puerta de madera oscura, respiró hondo y entró sin llamar, una costumbre que se había vuelto suya en los últimos meses.

Ethan estaba de pie junto al ventanal, con las manos metidas en los bolsillos de su pantalón de sastre negro. No llevaba la chaqueta puesta y las mangas de su camisa blanca estaban sutilmente remangadas. Al escuchar la puerta, se giró lentamente. Alana sintió una punzada de ternura en el pecho al mirarlo. El implacable, frío y calculador Ethan Blackwood tenía una expresión de profunda tristeza en el rostro. Sus ojos grises, habitualmente tormentosos y dominantes, lucían apagados, fijos en la caja de cartón que ella sostenía.

—Está hecho —dijo Alana en un susurro, dejando la caja sobre la mesa auxiliar.

Ethan se acercó a ella con pasos pesados, deteniéndose a escasos centímetros. Estiró una mano y, con una delicadeza que contrastaba con su enorme estatura, acarició el mentón de Alana.

—Odio esto —confesó él, con una voz ronca que delataba lo mucho que le costaba contenerse—. Odio ver tu escritorio vacío. Siento que te estás alejando de mí, Alana. Mi mente me dice que es lo correcto para protegerte de las malas lenguas, pero mi instinto me grita que te encierre en este despacho y no te deje ir nunca.

Alana sonrió con dulzura, colocando sus manos sobre el pecho de Ethan, sintiendo el latido acelerado de su corazón. Se inclinó sutilmente hacia adelante, dándole un beso tierno en los labios para disipar sus fantasmas.

—Ey, mírame —le pidió ella, obligándolo a sostenerle la mirada—. Todo va a estar bien, Ethan. No me estoy yendo de tu vida, solo me estoy yendo de tu nómina. Además, piensa en el lado positivo: te acabo de decir que pienso tomarme un tiempo libre antes de buscar qué hacer. No voy a saltar a otro trabajo de inmediato. ¿Sabes lo que eso significa?

Ethan alzó una ceja, sutilmente intrigado. —¿Qué significa?

—Significa que tendremos más tiempo juntos —explicó ella con una chispa brillante en los ojos—. Ya no habrá horarios de oficina que nos aten, ni el miedo a que nos vean salir juntos. Podremos almorzar un martes cualquiera, o quedarnos viendo películas un jueves por la tarde. Esto nos va a dar el espacio para ser una pareja normal.

Al escuchar eso, el rostro de Ethan se iluminó un poco, y una chispa de su habitual intensidad posesiva regresó a sus ojos. La rodeó con los brazos por la cintura, pegándola a su cuerpo, sopesando las palabras de su ahora novia.

—Más tiempo juntos... —repitió él, saboreando la idea—. Si vas a tener tanto tiempo libre y ya no tenemos que escondernos de los empleados... entonces ven a vivir conmigo, Alana. Traslada tus cosas a mi ático. No tiene sentido que sigas en ese pequeño apartamento cuando mi casa es tuya. Vivamos juntos formalmente.

Alana se quedó helada por un segundo, soltando una risa nerviosa ante la velocidad con la que se movía la mente de su novio. Lo empujó sutilmente por el pecho, aunque sin romper el abrazo.

—Ethan, por Dios, es muy pronto para eso —lo frenó ella, mirándolo con un deje de diversión y reproche—. Apenas llevamos unas horas de novios oficiales en el mundo real. Vivir juntos es un paso enorme y quiero que vayamos despacio, disfrutando cada etapa. No quieras correr antes de aprender a caminar juntos.

Ethan suspiró, visiblemente frustrado por la negativa, pero la madurez que había adquirido en los últimos meses lo hizo ceder. Le dio un beso largo en la frente, aceptando sus términos.

—Está bien. Despacio. Pero no dejes de usar la pulsera —pidió él, acariciando la joya en su muñeca.

La despedida final fue silenciosa. Alana tomó su caja, le dedicó una última mirada cargada de promesas y cruzó la puerta del piso cuarenta, sintiéndose por primera vez en mucho tiempo dueña absoluta de su destino.

La noche cayó sobre el sector donde vivía Alana. El apartamento estaba sumido en una tranquilidad pacífica. Ella vestía un pantalón de pijama cómodo y una camiseta holgada, mientras terminaba de desempacar las pocas cosas que había traído de la oficina en su habitación. Sentía una mezcla extraña de ligereza y expectativa por el futuro.

Alrededor de las ocho y media de la noche, el sonido del timbre de la entrada interrumpió el silencio.

Alana frunció el ceño, extrañada. No esperaba a nadie. Pensó de inmediato en Ethan, imaginando que el millonario no había aguantado las ganas de verla y había conducido hasta allí para darle una sorpresa romántica o insistir con la mudanza.

Con una sonrisa en los labios, caminó descalza hacia la entrada y abrió la puerta de par en par.

—Ethan, te dije que... —las palabras se le congelaron en la garganta.

La persona que estaba de pie en el umbral del pasillo no era su imponente y apuesto novio millonario. Era una mujer de mediana edad, de facciones conocidas, que sostenía una pequeña maleta de viaje en la mano derecha y la miraba con una mezcla de cansancio y profunda preocupación en los ojos.

—¿Mamá? —alcanzó a articular Alana, con los ojos abiertos por el shock absoluto ante la visita inesperada.

Su madre le dedicó una sonrisa nostálgica y dio un paso al frente, entrando al apartamento sin previo aviso. La burbuja de paz en la que Alana había estado flotando todo el día se rompió en mil pedazos, dando paso a una inminente tormenta familiar.

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Lujan Ayala
me encantoooooooooo
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