Milena Cruz siempre fue la mujer que los Ríos escondían: la prima pobre, la de la cara marcada, la esposa fea que nadie elegiría. Pero cuando Valeria Ríos se niega a casarse con Dante Navarro, el heredero maldito de la Manada Luna de Hierro, Milena es enviada en su lugar para salvar a su abuela.
Todos creen que Dante está condenado. Sus novias anteriores murieron antes del amanecer, su lobo fue sellado con plata y acónito lunar, y el Consejo solo necesita otra víctima para cerrar el ataúd del Alfa.
Pero Milena no muere.
Su aroma despierta al lobo dormido de Dante. Su sangre de sanadora calma el veneno que nadie pudo tocar. Y el Alfa que debía destruirla empieza a protegerla frente a toda la manada, aunque hacerlo lo acerque a la muerte.
Milena llegó como una sustituta despreciada. Una esposa fea comprada con amenazas. Pero bajo sus cicatrices se esconde una heredera Cruz-Varela, una loba sanadora capaz de romper juramentos de sangre y desnudar las mentiras que enterraron a otras novias antes que ella.
Entre falsas Lunas, pactos de sangre, desafíos de Alfa y un vínculo de mate que arde cada vez que intentan separarlos, Milena tendrá que decidir si huye del Alfa maldito o si acepta el lugar que siempre le perteneció.
Porque la mujer que todos llamaron fea no nació para ser sacrificada.
Nació para convertirse en Luna.
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Capítulo 12
Capítulo 12: El heredero Escudero
La casa segura de los Escudero estaba al otro lado del río.
Jacobo la llamó zona neutral.
Dante la llamó mentira con techo.
Milena viajó en el asiento trasero del auto, con Dante a su izquierda y la lluvia golpeando los cristales. Gael iba adelante, en una camioneta negra, escoltado por dos lobos que no dejaban de mirar hacia atrás. Entre ambos vehículos corría la frontera invisible de dos manadas que habían aprendido a saludarse con dientes cerrados.
El juramento en la muñeca de Milena ardía cada vez que Dante miraba la carretera.
—Deje de hacer eso —dijo ella.
Él no giró.
—Hacer qué.
—Gruñir por dentro.
Jacobo apretó el volante y encontró un interés repentino en los limpiaparabrisas.
Dante la miró.
—No estoy gruñendo.
—Su lobo sí.
El aire del auto cambió.
Milena entendió tarde que había dicho algo que no debía saber. La mayoría de los lobos oían gruñidos humanos, movimientos, respiraciones. Ella había oído otra cosa: una bestia encerrada detrás de las costillas de Dante, irritada, protectora, demasiado cerca de ella.
—Lo oye —dijo Dante.
—A veces.
Jacobo murmuró:
—Eso rompe reglas que ni siquiera aparecen en el libro.
—Nada de esta semana aparece en libros —respondió Milena.
Dante bajó la voz.
—Sí Escudero intenta usarla, volvemos.
—Si usted intenta decidir por mí otra vez, me bajo del auto.
—Estamos en carretera de frontera.
—Mejor. Habrá testigos de dos manadas cuando lo humille.
Jacobo tosió.
Por primera vez desde que salieron, el olor de Dante cambió. La rabia siguió ahí, pero debajo apareció algo caliente, casi seco, una risa que el Alpha no se permitió soltar.
—No debí hablar por usted —dijo.
Milena lo miró.
—No.
—Lo sé.
No era una disculpa completa.
Pero era una puerta sin cerrojo.
La casa Escudero no se escondía como Casa Lirio. Tenía muros bajos, un patio amplio y fuego encendido bajo un techo de teja. Lobos entre los árboles. Mujeres armadas en los pasillos. Un viejo altar lunar junto a una imagen católica de la Virgen, ambos con velas limpias. Esa mezcla habría hecho bufar a Isadora, pero allí nadie parecía pedir permiso para tener dos formas de rezar.
Gael los esperaba en la entrada.
—Llegaron rápido.
—No me tientes —dijo Dante.
Milena pasó entre los dos.
—Don Octavio. Ahora.
Una loba gris se acercó a olerle las manos.
Dante dio medio paso.
Milena levantó dos dedos sin mirarlo.
—Quieto.
Él se detuvo.
Gael observó la escena con una sonrisa breve.
—Aquí las sanadoras pasan antes que los herederos.
—Manada inteligente —dijo Milena.
—Manada viva —respondió Gael.
La habitación de Don Octavio estaba tibia y llena de cansancio. Tres sanadoras rodeaban la cama baja. En el suelo había cuencos con agua lunar, hojas machacadas, sal negra y vendas manchadas de sangre oscura. El viejo Alpha respiraba con el pecho hundido. Cada inhalación raspaba.
Milena se acercó.
Oler a Don Octavio era entrar a un bosque viejo después de un incendio. Lobo fuerte, madera seca, autoridad gastada. Y veneno.
No era el mismo acónito usado contra ella.
Este veneno no viajaba por la sangre. Estaba pegado al lobo.
—Quién lo tocó antes de caer —preguntó.
Una sanadora miró a Gael.
Gael cerró la mandíbula.
—Rodrigo Duarte vino hace tres días con una copa de bienvenida.
Dante soltó un gruñido bajo.
Milena levantó la mano.
—Después se matan. Ahora necesito silencio.
Los dos herederos callaron.
Ella tomó una aguja limpia, sin plata, y la mojó en agua lunar. Sus dedos seguían doloridos por la prueba del Consejo, pero el cuerpo de Don Octavio no esperaría a que ella descansara.
El viejo abrió los ojos apenas.
—Cruz —susurró.
Milena se quedó inmóvil.
—Me conoce.
—Conocí a tu sangre.
Gael se inclinó.
—Abuelo.
Don Octavio tosió. Un hilo negro le manchó los labios.
Milena puso dos dedos en su muñeca. El pulso humano estaba débil. El otro, el del lobo, estaba furioso y enterrado bajo una capa de veneno.
—Necesito que se aparten.
Dante no se movió.
Milena lo miró una sola vez.
—Usted también.
Su mandíbula se tensó.
Después dio un paso atrás.
Gael lo vio. La casa entera pareció verlo.
Milena clavó la aguja en el borde de la cama, no en la piel del viejo. Abuela Clara siempre decía que a un Alpha antiguo no se le abre el cuerpo; se le llama desde la puerta.
—Don Octavio —dijo—. Si su lobo todavía puede oírme, que muerda el veneno.
El viejo abrió la boca.
No salió voz humana.
Salió un gruñido roto.
Los lobos del patio respondieron con un aullido corto.
Milena empujó la aguja.
El frío le subió por el brazo. La habitación se achicó alrededor de su respiración. Bajo la piel de Don Octavio, una mancha negra se movió desde el pecho hacia la garganta.
—Cuenco.
Gael se lo puso en las manos.
Don Octavio vomitó sangre negra.
Una sanadora quiso acercarse. Milena la frenó con el codo.
—Todavía está mordiendo.
La segunda arcada fue peor. El viejo se arqueó, los dedos se transformaron a medias, unas garras débiles rompieron la sábana. Gael susurró una plegaria. Dante cruzó la habitación y le puso agua lunar en la mano a Milena antes de que ella la pidiera.
Ella no lo miró.
Si lo miraba, iba a reconocer que su calor la estaba sosteniendo.
—Otra vez —ordenó Milena al lobo del viejo—. Muerda.
Don Octavio rugió.
La tercera expulsión salió espesa, negra, con olor a metal quemado.
Después el pecho del viejo subió.
Bajó.
Volvió a subir.
Respiraba.
Gael cerró los ojos.
—Santa Luna.
Milena soltó la aguja. Las rodillas le fallaron.
Dante estuvo detrás de ella antes de que cayera. No la sujetó por la fuerza. Puso la mano abierta cerca de su espalda, esperando permiso.
Milena apoyó una palma en la mesa.
—Estoy bien.
—Miente —dijeron Dante y Gael al mismo tiempo.
Se miraron.
La habitación olió a pelea.
Don Octavio abrió los ojos.
—Basta, cachorros.
Los dos callaron.
Milena casi sonrió, y eso le dolió en la cara.
El viejo Alpha la miró con una lucidez cortante.
—Tu abuela escondió bien lo que eras.
La sonrisa murió.
—Qué soy.
Don Octavio respiraba con dificultad, pero sus ojos no soltaron los de ella.
—Una llave. Y las llaves atraen manos que prefieren romper antes que pedir.
Dante se acercó.
—Quién la quiere.
El viejo cerró los ojos.
—Los que temen a una Luna que cura lobos rotos.
Las sanadoras tomaron el relevo. Gael acompañó a Milena al patio. La lluvia había bajado a llovizna, pero el aire seguía cargado de ozono y sangre.
Dante caminaba a dos pasos. Cerca. Contenido. Peligroso por la cantidad de cosas que elegía no hacer.
—Puedes quedarte con Escudero —dijo Gael—. Te damos habitación propia, escolta elegida por ti y paso libre hacia tu abuela.
Dante no habló.
El silencio le costó. Milena lo olió en el aire, cedro quemado y furia tragada.
—No soy paquete de frontera —dijo ella.
—No. Eres una mujer con una cadena de sangre en la muñeca.
El golpe dio donde debía.
Milena miró el río oscuro detrás de los árboles.
—También tengo una abuela en Luna de Hierro, una mentira Duarte con mi nombre y una manada entera esperando verme caer.
Gael bajó la voz.
—Por eso te ofrezco salida.
—Me ofrece ventaja contra Dante.
—También.
Al menos no mentía.
Gael se acercó un poco, lo justo para que Dante tensara los hombros.
—Y por si nadie fue lo bastante honesto contigo: hueles a él.
Milena sintió que la lluvia se le enfriaba en la nuca.
—Qué significa eso.
Gael miró a Dante.
—No marcada. No reclamada. Pero hay eco de mate.
Dante mostró los dientes.
Gael sonrió sin alegría.
—Ahora sí gruñiste.