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Las Veredas Del Alma

Las Veredas Del Alma

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Romance / Amor eterno
Popularitas:166
Nilai: 5
nombre de autor: marig

Tres amigos de la infancia. Un amor en secreto que finalmente se anima a nacer. Y un resentimiento silencioso dispuesto a destruirlo todo. Camila brilla con luz propia, Bruno es el chico de pocas palabras que daría la vida por ella, y Milena es la sombra que espera el momento exacto para actuar. Lo que empieza como un romance de escuela secundaria terminará atrapado en una red de manipulación, celos y una trampa mortal en lo profundo. Descubrí hasta dónde se puede llegar cuando la envidia se disfraza de amistad.

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Capítulo 8: El pacto de la vereda

El sabor del beso todavía les quemaba los labios cuando se separaron, apenas unos centímetros, lo justo para mirarse a los ojos. A Bruno las mejillas se le habían teñido de un rojo furioso que contrastaba con sus ojos oscuros, ahora brillantes y completamente desarmados. Camila respiraba agitada, con las manos todavía prendidas del cuello de su campera azul, como si tuviera miedo de que, al soltarlo, todo el galpón desapareciera.

-No puedo creer la cabeza de termo que fui -murmuró Bruno, rompiendo el silencio con su honestidad tosca. Se pasó una mano por el pelo, frustrado-. Le creí todo a Milena sin preguntarte nada. Soy un imbécil, Cami. Te traté re mal.

Camila le acarició la mandíbula, obligándolo a mirarla de nuevo.

-Fuiste un cabeza de termo, sí -coincidió ella con una sonrisa tierna, aunque la expresión se le volvió seria enseguida-. Pero la culpa no es tuya. Milena nos conoce mejor que nadie. Sabía exactamente dónde pegarnos para que nos hiciéramos daño. Lo que no entiendo es por qué... por qué tanto odio.

-Por mí -dijo Bruno, agachando la cabeza. La revelación le caía como un balde de agua fría-. Milena siempre se me tiró un poco el año pasado, en las tardes de la plaza, ¿te acordás? Pero yo nunca le di cabida. Para mí la única que existía eras vos. Se debe haber dado cuenta y quiso prender fuego todo.

Camila sintió un escalofrío. La chica con la que compartía el banco, la que le prestaba los apuntes y la abrazaba mientras lloraba, era la misma que había planeado su soledad con la precisión de un cirujano.

-Tenemos que ir y cantarle las cuarenta ahora mismo -dijo Camila, dándose la vuelta dispuesta a salir del galpón, con la sangre hirviéndole de la indignación.

-No, pará -Bruno la agarró del brazo, suave pero firme, trayéndola de vuelta hacia su pecho-. Si vamos ahora y le gritamos, va a armar un bardo tremendo en el curso. Se va a hacer la víctima, va a meter a Thiago en el medio y se va a pudrir todo en la escuela. A esa la conocemos bien.

Camila lo miró, regulando el aire. Bruno tenía razón. Milena era una estratega experta en dar vuelta las cosas a su favor.

-¿Y qué hacemos entonces? ¿Nos aguantamos la mentira en la cara? -preguntó, cruzándose de brazos.

-No. Vamos a hacerla jugar con sus propias cartas -una sonrisa de costado, la primera sonrisa viva en meses, se dibujó en la cara de Bruno-. Ella se cree que nos destruyó. Dejá que lo siga creyendo. En el aula vamos a seguir como siempre: vos con tus cosas y con Thiago, y yo en el fondo, cara de perro. No le vamos a dar el gusto de saber que nos arreglamos. Pero de la puerta del Comercial para afuera, la historia es nuestra.

Camila procesó la idea. Había algo de justicia poética en dejar que Milena se regodeara en una victoria falsa mientras ellos construían lo que verdaderamente importaba a escondidas.

-¿Un secreto? -preguntó Camila, con los ojos brillándole de una picardía nueva.

-Nuestro secreto -confirmó Bruno. Se acercó un paso más, atrapándola por la cintura con esa timidez que todavía le quedaba-. Hasta que terminemos de armar el stand de la Otoñada y las aguas estén más calmas. Ahí la dejamos expuesta frente a todos. ¿Te va?

-Me va -susurró ella, parándose de puntitas de pie para cortarle la distancia.

Esta vez el beso fue distinto. Sin los nervios de la primera vez, sin la desesperación del llanto. Fue un beso lento, pausado, un pacto sellado en la penumbra del depósito entre el olor al aserrín y el frío de la tarde de Neuquén. Bruno la abrazó fuerte, escondiendo la cara en su cuello, prometiéndose internamente que nunca más iba a permitir que nadie se interpusiera entre su sombra y la luz de Camila.

Salieron del galpón con diez minutos de diferencia para no levantar sospechas entre los otros chicos que ayudaban con la cartelería. Cuando terminó la jornada y el sol empezó a esconderse detrás de las bardas, Camila encaró la vuelta a su casa. Caminaba sola por la vereda, pero esta vez la mochila le pesaba menos y el frío ya no le calaba los huesos.

A mitad de cuadra, el celular le vibró en el bolsillo de la campera. Era un mensaje de texto. No era de Thiago, ni tampoco de Milena preguntándole cómo le había ido.

"Ya llegué a casa. Te veo el lunes en el calvario de Matemática. Te quiero, Cami."

Camila apretó el teléfono contra el pecho y apuró el paso bajo el cielo gris del barrio. La secundaria recién empezaba, las trampas de Milena seguían activas en el aula, pero ahora, en el fondo del salón de 1° "A", había un guardián silencioso que cuidaba sus espaldas.

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