Marco Vivaldi solo conoce dos colores en su vida, blanco o negro. Para él no hay quizás, no hay colores intermedios. El peso del pasado está sobre sus hombros haciendo estragos en su vida hasta que conoce a Isabella quien llega a convertirse en su arcoiris. Con ella descubre que hay una gama amplia de colores en la vida, de sentimientos y emociones...¿Pero que tendrán que enfrentar para disfrutar de ellos?
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Capítulo 6 El peso del silencio (Parte 2)
La mansión Vivaldi estaba en completo silencio.
No era un silencio natural.
Era uno impuesto.
Uno que parecía haberse instalado en cada pared, en cada escalón, en cada rincón donde alguna vez hubo vida.
Marco caminaba descalzo por el pasillo principal.
La madera crujía suavemente bajo sus pasos.
Llevaba la chaqueta aún puesta, pero sin corbata, como si la formalidad del mundo exterior ya no tuviera sentido dentro de aquellas paredes.
Se detuvo frente a una de las ventanas grandes del corredor.
El vidrio reflejaba su propio rostro.
Serio.
Cansado.
Levemente perdido.
—¿Qué estás haciendo? —se preguntó en voz baja.
No esperaba respuesta.
Nunca la había esperado.
Pero aquella noche la pregunta parecía más pesada que de costumbre.
Giró el rostro hacia el exterior.
Los viñedos se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
Hermosos.
Perfectos.
Controlados.
Como todo en su vida.
O al menos eso había creído hasta ahora.
Porque desde hacía días algo se había desordenado dentro de él.
Algo que no podía medir.
Ni controlar.
Ni ignorar.
Isabella.
El nombre apareció otra vez sin permiso.
Marco cerró los ojos con fuerza.
—Basta… —murmuró.
Pero no bastaba.
Subió hasta el segundo piso sin rumbo fijo.
Pasó por habitaciones cerradas.
Por salones donde nadie entraba desde hacía meses.
La mansión era demasiado grande para una sola persona.
Siempre lo había sido.
Pero antes no le importaba.
Ahora sí.
Se detuvo frente a una puerta entreabierta.
Era una de las antiguas habitaciones de invitados.
Entró.
El aire olía a madera y tiempo.
Se acercó a la cama perfectamente hecha.
Pasó la mano por la superficie sin sentarse.
Lucía habría dicho que todo estaba en orden.
Que la casa era impecable.
Pero a Marco le pareció de repente insoportablemente vacía.
—¿Qué quieres de mí? —susurró, como si la propia mansión pudiera responderle.
Silencio.
Siempre silencio.
Salió de la habitación y continuó caminando.
No buscaba descanso.
Buscaba algo que no sabía nombrar.
En el otro extremo del pueblo, Isabella no conseguía dormir.
Se había cambiado de ropa hacía rato.
Se había acostado.
Había apagado la luz.
Pero el sueño no llegaba.
Se sentó en la cama con un suspiro.
Su madre dormía en la habitación contigua.
La casa era pequeña.
Sencilla.
Cálida.
Y aun así, aquella noche parecía más grande que nunca.
Isabella abrazó sus rodillas.
—No debería pensar en él… —susurró.
Pero lo hacía.
No por Darío.
No por la mentira.
Sino por el hombre que había aparecido en medio de todo aquello.
El hombre serio.
Silencioso.
El que no gritaba.
El que no justificaba.
El que simplemente… actuaba.
Y eso era lo que más la confundía.
Los días siguientes llegaron sin cambios aparentes.
Elisa salió temprano para su nuevo trabajo en la mansión Vivaldi.
Isabella se quedó en casa ayudando con pequeñas tareas, intentando volver a su rutina.
Pero nada se sentía igual.
Elisa regresó esa tarde con el rostro iluminado.
—Es un lugar enorme —dijo mientras dejaba su bolso sobre la mesa—. Nunca había visto una casa así.
Isabella fingió interés mientras doblaba ropa.
—¿Y cómo es trabajar allí?
Elisa sonrió.
—Exigente… pero tranquilo.
Hay una mujer muy amable, Lucía.
Es quien organiza todo.
Isabella asintió.
Intentó no mostrar demasiada curiosidad.
Pero su madre la observó con atención.
—También preguntó por ti.
Isabella levantó la vista de inmediato.
—¿Por mí?
—Sí.
Dijo que podrías ayudar algunos días si quieres.
Isabella dudó.
—¿En la mansión?
Elisa asintió.
—No es obligatorio, claro.
Pero ayudaría mucho.
Y además… sería bueno para ti salir un poco.
Isabella no respondió enseguida.
En su mente apareció otra vez el rostro de Marco Vivaldi.
No sabía por qué.
Pero la idea de volver a verlo la inquietaba.
Y también, aunque no quisiera admitirlo…
la atraía.
Esa noche, Marco recibió un informe de Lucía en el despacho.
— La nueva empleada está haciendo un buen trabajo —dijo ella mientras dejaba unos papeles sobre la mesa.
Marco no levantó la vista.
—Me alegro.
Lucía dudó un segundo antes de hablar.
—Le mencioné a su hija.
Marco se detuvo.
Muy ligeramente.
—¿Por qué?
Lucía lo observó con calma.
Silencio.
Marco dejó el bolígrafo sobre la mesa.
—No es necesario mezclar asuntos personales.
Lucía sonrió apenas.
—No lo estoy mezclando.
Solo informo.
Marco cerró la carpeta.
—Bien.
Pero no volvió a abrirla.
Al día siguiente, Isabella aceptó ayudar en la mansión.
No lo dijo con entusiasmo.
Ni con rechazo.
Lo dijo con una calma extraña, como si algo dentro de ella la empujara a hacerlo sin entender por qué.
Cuando cruzó nuevamente las puertas de la mansión Vivaldi, sintió el mismo impacto de la primera vez.
Pero esta vez era distinto.
No era solo grandeza.
Era presencia.
Era historia.
Era silencio.
Lucía la recibió con una sonrisa.
—Me alegra verte aquí, Isabella.
La joven asintió con educación.
—Gracias por la oportunidad.
—Ven, te mostraré la cocina.
Mientras caminaban, Isabella sintió algo extraño.
Una sensación de ser observada.
Se giró ligeramente.
Y allí, al final del pasillo…
Marco Vivaldi.
De pie.
Inmóvil.
Mirándola.
Solo unos segundos.
Pero suficientes.
Sus miradas se encontraron.
El tiempo pareció detenerse.
Lucía habló sin darse cuenta de la tensión.
—Señor Vivaldi…
Pero Marco no respondió.
No de inmediato.
Solo inclinó ligeramente la cabeza.
Un saludo breve.
Controlado.
Y desapareció por el pasillo.
Isabella soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Lucía la miró de reojo.
—¿Estás bien?
Isabella tardó en responder.
—Sí…
Solo me sorprendió verlo.
Pero incluso mientras lo decía…
sabía que no era solo sorpresa.
Era algo más.
Algo que aún no tenía nombre.
Y que apenas estaba comenzando.