Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
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Capítulo 20: Amor a primera vista
Después de varios días de pensarlo y hablarlo con mi familia, finalmente llegó el momento de emprender mi viaje hacia Antioquia. Aunque tenía miedo de dejar mi hogar, también sentía una emoción muy grande porque era una oportunidad para comenzar algo nuevo y ayudar a mis papás.
La noche anterior casi no pude dormir. Pensaba en todo lo que estaba dejando atrás: mi casa humilde, las montañas de Boyacá, los consejos de mi mamá, las conversaciones con mis hermanos y la tranquilidad de saber que estaba cerca de mi familia.
Pero también pensaba en mi futuro.
A la mañana siguiente me levanté temprano. Preparé mis cosas con mucho cuidado y escogí la ropa que usaría para el viaje. Me puse una blusa cómoda, un pantalón que me quedaba bien y mis botas amarillas, esas que siempre me acompañaban cuando hacía trabajos del campo.
Antes de salir, mi mamá me abrazó fuerte.
—Cuídese mucho, mi niña. No olvide que aquí tiene su casa y que nosotros estaremos esperando noticias suyas.
Yo sonreí con los ojos llenos de lágrimas.
—La voy a extrañar mucho, mamá.
Mi papá se acercó y me dio su bendición.
—Vaya con Dios, Aurora. Sea siempre una mujer trabajadora y nunca deje de ser humilde.
Mis hermanos también se despidieron de mí. Diana me abrazó y me recordó:
—Auri, no se vaya a echar para atrás. Usted puede lograrlo.
Después de despedirme, comenzó mi viaje hacia Antioquia.
El recorrido era largo. Desde Boyacá hasta Antioquia el viaje podía tardar aproximadamente entre 10 y 14 horas, dependiendo del lugar exacto de salida, la ruta y el transporte que se tomara. Era un camino con muchos paisajes diferentes: montañas, carreteras llenas de curvas y pueblos que nunca había conocido.
Durante el viaje miraba por la ventana pensando en todo lo que estaba por venir. Dejaba mi tierra natal para llegar a un lugar desconocido, pero dentro de mí había una esperanza.
Después de muchas horas finalmente llegué a Antioquia.
El paisaje era hermoso. Las montañas, el verde de los campos y el ambiente del lugar me recordaron un poco a mi Boyacá, aunque todo era diferente.
Pregunté por la finca donde estaban buscando trabajadores y seguí las indicaciones hasta llegar al lugar.
Cuando vi la entrada de aquella hacienda quedé sorprendida.
Era una finca grande, con amplios terrenos, animales y personas trabajando. Se notaba que era un lugar importante y bien cuidado.
Respiré profundo antes de entrar.
—Bueno, Aurora, aquí comienza una nueva etapa —me dije a mí misma.
Caminé hasta encontrar a la persona encargada.
Entonces lo vi.
Era un hombre que estaba revisando algunos asuntos de la finca. Llevaba ropa de campo, tenía una presencia fuerte y se notaba que era el dueño o la persona que estaba a cargo.
Me quedé mirándolo sin darme cuenta.
Era alto, tenía una mirada seria pero tranquila y una forma de caminar que llamaba la atención.
Cuando levantó la mirada y nuestros ojos se encontraron, sentí algo extraño.
Fue como si el tiempo se hubiera detenido por unos segundos.
No sabía explicar lo que estaba sintiendo. Apenas lo acababa de conocer, pero algo en él me había llamado la atención.
Lo observé de arriba abajo y pensé:
"¿Quién será este hombre?"
Sentí que mi corazón latía más rápido.
Era como un flechazo, como esas historias donde uno conoce a alguien por primera vez y siente una conexión inesperada.
Intenté disimular y recordar que había llegado allí por trabajo, no para distraerme.
El hombre se acercó.
—Buenos días. ¿Usted viene por el puesto de trabajo? —preguntó.
Su voz era tranquila y amable.
Yo reaccioné rápidamente.
—Sí, señor. Soy Aurora Cárdenas. Vengo de Boyacá.
Él asintió.
—Mucho gusto, Aurora. Soy Maximiliano Zúñiga.
Escuchar su nombre hizo que lo recordara inmediatamente.
Maximiliano.
No sabía por qué, pero ese nombre se quedó en mi mente.
Mientras hablábamos sobre el trabajo, yo intentaba concentrarme, pero era difícil. Algo en aquel hombre había despertado una sensación nueva en mí.
No sabía si era emoción, curiosidad o simplemente una impresión del primer momento.
Lo único que sabía era que mi llegada a Antioquia no solo significaba encontrar un empleo.
Sin imaginarlo, ese día había conocido a la persona que comenzaría a cambiar mi historia.
Y así, entre una nueva tierra, una nueva vida y una mirada inesperada, comenzó algo que jamás pensé vivir.