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Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Eres Mi Perdición, Tío De Mi Ex

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Romance
Popularitas:4k
Nilai: 5
nombre de autor: MisterG028

Helena Fiallet creía que lo peor que podía pasarle era descubrir la traición de Sebastián. Lo que no imaginaba era que, una noche, terminaría en los brazos de otro hombre.

Benjamin Scott quién parecía un error del que debía olvidarse… hasta que volvió a aparecer en su vida.

Y entonces Helena descubrió la verdad: Benjamin era el tío de Sebastián.

Lo que comenzó como una noche equivocada pronto se convirtió en una atracción imposible de ignorar. Porque cuanto más intenta alejarse de Benjamin, más descubre que aquello nunca fue un error.

Y ahora deberá decidir qué es más peligroso: enamorarse del hombre equivocado o descubrir que quizá siempre fue el correcto.

NovelToon tiene autorización de MisterG028 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El efecto del alcohol

Benjamin Scott empujó las puertas de cristal de la torre Scott Corporation a las nueve en punto, como cada mañana. El vestíbulo de mármol negro y acero aún olía a cera fresca. Los empleados lo saludaban con un respeto casi reverencial; él respondía con un leve movimiento de cabeza, sin detenerse. Subió al último piso en el ascensor privado, el mismo que solo se abría con su huella dactilar.

En cuanto la puerta de su oficina se cerró tras él, el silencio lo envolvió. Se quitó la chaqueta, la dejó sobre el respaldo de la silla de cuero y se quedó de pie frente al ventanal que dominaba todo Manhattan. Pero no veía los rascacielos. Veía unos ojos verdes enfadados y una voz afilada diciéndole que se fijara por dónde caminaba.

Carácter infernal, pensó. Cara de niña inocente y lengua de látigo.

Había respondido a su pregunta técnica con una precisión que lo había sorprendido. No era una estudiante más. Había algo en ella que no encajaba con la imagen superficial de las chicas que solían rondar los círculos de su familia. Y eso, precisamente, era lo que no lograba sacarse de la cabeza.

El teléfono interno sonó.

—Señor Scott, el señor Lorenzo está en la línea dos.

Benjamin contestó.

—Dime.

La risa familiar de Lorenzo Rossi llenó el auricular.

—Llevas tres reuniones seguidas y en ninguna has dicho más de cuatro frases. ¿Quién eres y qué hiciste con mi socio antisocial favorito?

Benjamin apoyó la frente contra el cristal frío.

—Estoy… distraído.

—¿Distraído tú? Eso es nuevo. ¿Problemas con el contrato de Dubái o con alguna mujer?

Un silencio. Lorenzo soltó una carcajada incrédula.

—Dios santo. Es una mujer. Nunca te había oído tan callado. Esta noche, bar de siempre. Diez en punto. No acepto un no por respuesta. Necesito ver con mis propios ojos al Benjamin Scott pensando en alguien que no sea un balance general.

Benjamin dudó solo un segundo.

—Estaré ahí.

En la habitación del hotel de Oxford, Allie estaba de pie frente al armario con las manos en las caderas.

—Mañana volvemos a Nueva York. Esta es nuestra última noche. Vamos a salir.

Helena, sentada en la cama con el teléfono en la mano, miró la pantalla llena de llamadas perdidas de Sebastian. Veinte. Veintidós. Veinticinco. Ninguna contestada.

—No tengo ganas, Allie.

Antonia se acercó y le quitó el teléfono suavemente.

—Precisamente por eso. Necesitas sacudirte un poco. Bailar. Reír. Recordar que existes más allá de ese imbécil.

Allie sacó un vestido negro corto del equipaje de Helena y se lo lanzó a la cara.

—Póntelo. No quiero oír protestas.

—Es demasiado corto —se quejó Helena, sosteniéndolo entre los dedos.

—Exacto. Por eso te lo vas a poner.

Media hora después, las tres bajaban las escaleras del hotel. Helena tiraba del dobladillo del vestido cada dos pasos, sintiéndose expuesta. El aire frío de la noche le erizaba la piel de los muslos. Había aceptado salir, sí… pero cada célula de su cuerpo gritaba que preferiría estar bajo las sábanas, escondida del mundo.

El local era un híbrido entre bar elegante y club: luces bajas, música electrónica suave que se volvía más intensa a medida que avanzaba la noche, y una pista de baile que ya empezaba a llenarse. Helena pidió un trago solo porque Allie y Antonia la miraron con insistencia. Luego otro. Y otro.

No estaba acostumbrada. El alcohol le subió a la cabeza casi de inmediato, calentándole las mejillas y aflojándole los nudos del pecho. Por primera vez en días, el recuerdo de Sebastian se volvió borroso, lejano. Cuando la música cambió a algo más rítmico, Allie la arrastró a la pista.

Helena bailó. Al principio con torpeza, luego con más libertad. Cerró los ojos y dejó que el cuerpo se moviera solo. El vestido se le pegaba a la piel con el calor. El alcohol le hacía sentir que, por una noche, podía ser otra persona.

Desde la barra, Benjamin la vio en cuanto entró.

Lorenzo estaba a su lado, pidiendo dos whiskies, cuando notó la tensión en los hombros de su amigo.

—¿Qué miras con esa cara de…

Se interrumpió al seguir la dirección de la mirada de Benjamin. Soltó un silbido bajo.

—Vaya. Ahora entiendo el “distraído”. Esa es…

—La del café —completó Benjamin con la voz más grave de lo habitual.

No esperó más. Dejó el vaso sobre la barra y cruzó la pista.

Helena sintió una presencia a su espalda. Se giró… y el corazón le dio un vuelco.

Era él. El ingeniero del café. El hombre de ojos grises y expresión seria que ahora la miraba con una intensidad que le robó el aliento.

—Tú… —balbuceó ella, todavía con la voz pastosa del alcohol.

—Benjamin —dijo él, inclinándose un poco para que lo oyera sobre la música—. Y tú eres la señorita Fiallet que me manchó la camisa y luego me dejó sin argumentos en plena conferencia.

Helena soltó una risa nerviosa, borrosa.

—No fue a propósito. Lo del café, digo.

—Lo sé. —Él le ofreció una mano—. ¿Bailas? O prefieres gritarme otra vez por no fijarme por dónde camino.

Ella dudó solo un segundo. Luego puso la mano en la suya.

Bailaron cerca. Demasiado cerca. La mano de Benjamin se posó en su cintura con una seguridad que no pedía permiso, pero tampoco imponía. Helena sintió el calor de su pecho contra el suyo. El olor a colonia cara y a algo más oscuro, más masculino. Rieron cuando ella tropezó con sus propios tacones y él la sostuvo sin esfuerzo. Rieron otra vez cuando la canción cambió y se quedaron mirándose sin saber qué hacer con las manos.

Y entonces, sin que ninguno de los dos pudiera decir quién había dado el primer paso, se besaron.

Fue urgente. Hambriento. Como si ambos llevaran días conteniendo algo que ahora se desbordaba. Helena abrió la boca contra la de él y sintió que nunca, en toda su vida, había besado de verdad. Los besos de Sebastian habían sido dulces, cuidadosos, casi perfectos… pero este era distinto. Este le quemaba por dentro. Le hacía olvidar el nombre, el apellido, el dolor.

Benjamin separó los labios solo lo suficiente para susurrarle al oído, con la voz ronca:

—¿Podemos ir a un lugar más privado?

Helena cerró los ojos. El alcohol le nublaba los pensamientos. El dolor de la traición todavía latía bajo la piel. Y encima de todo eso, una emoción nueva, peligrosa, que no sabía nombrar.

No pensó. No calculó. Solo asintió.

Benjamin tomó su mano y la guió entre la multitud, lejos de las luces, lejos de Allie y Antonia, lejos de todo lo que había sido hasta ese momento.

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Kayra Villavicencio
Por cab*on calenturiento.
Kayra Villavicencio
Es un socio, ya me cae como patada en una tet*
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