Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.
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LA OFERTA DEL REY
— ¿Vivir aquí, señor? —repitió Lía, con voz apenas un susurro, los ojos muy abiertos—. Yo… no lo sé. No sé si…
Dante dio un paso hacia ella, tomó su rostro entre las manos con una suavidad que contrastaba con su mirada firme y decidida.
— Me gustas, Lía —le dijo, claro y directo, sin rodeos—. Me gusta tu rostro. Me gusta tu cuerpo. Y también me gusta cómo te ruborizas cada vez que te miro.
Ella bajó la mirada instintivamente, pero él le tocó la barbilla y la obligó a levantarla, a mirarlo de frente.
— ¿Por qué dudas? —preguntó él, suave pero firme—. ¿Quieres regresar a esa casa? ¿Con el padrastro alcohólico que te espera borracho? ¿Con la madre indiferente que solo te busca cuando necesita algo? ¿Con el hermano que no trabaja y vive de lo que tú ganas con esfuerzo?
Lía lo miró, y de pronto dos lágrimas gruesas y calientes rodaron por sus mejillas.
— ¿Cómo… cómo lo sabe todo eso? —susurró, con la voz quebrada.
— Yo lo sé todo en esta ciudad, Lía —respondió él sin dudar—. Todo. Si te quedas conmigo como mi pareja, no te faltará nada. Tendrás un techo seguro, tres comidas al día, dinero para tus estudios, todo lo que necesites para vivir tranquila.
Ella se enderezó, y en ese momento, pese a todo, mostró una dignidad que lo sorprendió.
— No quiero dinero —dijo con firmeza, sin bajar la mirada—. No soy una prostituta, señor. Lo que pasó anoche… fue porque quise. Porque usted me gustó también. No necesito que me pague.
Dante la miró, y una sonrisa de genuino aprecio se dibujó en sus labios. Tan digna, pensó. Pese a no tener nada, tiene más honor que todos los que me rodean juntos.
— No te daré dinero —aclaró él—. Pero sí te pondré a alguien que te lleve y te traiga de la universidad. No es por ser controlador. Mi casa no queda a dos cuadras de tu universidad, y es una zona reservada. No hay autobuses que pasen por aquí a menos de veinte cuadras. No voy a dejar que camines sola de noche.
Lía lo observó, confundida, tocada por ese gesto que nadie había tenido con ella nunca.
— ¿Por qué yo, señor? —preguntó con sinceridad—. Podría elegir a cualquiera… ¿por qué a mí?
Él volvió a acariciar su mejilla, despacio, disfrutando de su suavidad.
— ¿No te lo dije? Eres hermosa. Y a mí me gustan las cosas hermosas.
Ella bajó la mirada, dudando aún.
— La oferta es muy tentadora… —murmuró—. Pero si algún día quiero irme… ¿usted me lo impedirá?
Dante soltó una risa baja, divertida, y negó con la cabeza.
— No, Lía. Las mujeres no me faltan. No te voy a retener contra tu voluntad. Si decides que ya no te gusta esta relación, puedes irte cuando quieras. Incluso te compensaré por el tiempo que estuviste aquí. ¿Qué te parece?
La palabra mujeres le dolió. Lía sintió una punzada aguda en el pecho, algo celos, algo tristeza… pero apretó los labios y trató de no mostrarlo. Sin embargo, Dante lo vio. Y esa reacción, esa sinceridad sin filtro, le gustó aún más. Es demasiado transparente, pensó. No puede mentir. No sabe fingir. Es perfecta.
— No —dijo ella, moviendo la cabeza con firmeza—. No, no necesito dinero. Ya le dije, señor, no soy así. Lo que pasó anoche fue porque quise. Usted no tiene que pagarme nada. Lo juro.
Dante sonrió, divertido y complacido.
— Está bien, Lía. Así será. Supongo que no tendrás que ir a buscar nada a tu antiguo hogar. Aquí te daré todo: ropa nueva, una laptop para tus estudios, tu propia cama, todo lo que necesites. Pídele al mayordomo lo que sea, él te proveerá. —Señaló al hombre que esperaba en un rincón, impecable y discreto.
Lía lo miró, tímida pero decidida.
— Y… señor… ¿qué es lo que tengo que hacer? —preguntó, ruborizándose de nuevo.
Dante se acercó hasta quedar a centímetros de ella, y le susurró al oído, con voz suave y profunda:
— Lo mismo que hiciste anoche. Cuando yo lo quiera. ¿Tienes algún problema con eso?
Lía negó con la cabeza, sintiendo cómo el calor subía a sus mejillas.
— Ninguno.
— Bien. Y otra cosa —le dijo, tomándole la mano—. ¿Cómo piensas llamarme? ¿Señor? ¿Dante? ¿Mi amor? ¿Mi rey? ¿Mi príncipe? —Sonrió—. No me importa el nombre que tú quieras. Pero no me digas "señor" después de lo que hicimos anoche. Mínimo llámame Dante.
— Sí… Dante —susurró ella, probando el nombre en sus labios, y sintió que el corazón se le aceleraba.
— Bien. Me voy a la oficina. Pórtate bien —le dijo, y se dirigió hacia la puerta, donde el chofer esperaba. Se detuvo y lo miró—. Desde hoy, llevarás y recogerás a la señorita de la universidad. Que te dé su número de celular. Le avisarás dos horas antes de la hora de salida para pasar a recogerla. Si tiene que quedarse por algún trabajo, que te llame y te diga a qué hora termina. ¿Entendido?
— Sí, señor —respondió el chofer.
Dante se giró hacia Lía una última vez.
— Que tengas un buen día —le dijo ella, con una sonrisa dulce y sincera, esa que nadie le había dedicado nunca.
Él se detuvo, sorprendido. Nadie le había deseado un buen día… excepto el mayordomo, quizás. Esa simple frase, dicha con tanta ternura, le llegó de una forma que no esperaba.
— Gracias —respondió él, suavizando aún más la voz—. Igualmente.
Y salió. Lía se quedó sola en la entrada de la mansión, mirando cómo su coche se alejaba, sintiendo que por primera vez en su vida… alguien la estaba cuidando de verdad.