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SOY MADRE DEL FUTURO HEROE

SOY MADRE DEL FUTURO HEROE

Status: En proceso
Genre:Romance / Fantasía / Timetravel / Aventura
Popularitas:13.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Cintya Flores

Soy Adalyn en este mundo, cuando llegue me dijeron que estaba embarazada y resulta que va a ser el futuro héroe que acabará con el emperador y su tiranía. El padre es el duque y mano derecha del emperador pero yo protegere a mi hijo.

NovelToon tiene autorización de Cintya Flores para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El primer movimiento

Dicen que el mejor momento para estudiar el tablero es antes de mover una sola pieza.

Ren lo sabía desde los doce años.

Su sensei de kendo lo repetía cada práctica, caminando despacio detrás de las filas de alumnos con las manos entrelazadas en la espalda. Observa primero. Actúa después. El que se mueve sin pensar ya perdió antes de empezar.

Ren había ganado campeonatos nacionales aplicando exactamente ese principio.

Y ahora, tumbada en una cama de seda en un mundo que no era el suyo, con un hijo que no había planeado y un duque que no sabía que su esposa ya no era la misma persona, decidió que ese principio seguía siendo válido.

Observa primero.

Se levantó despacio.

El cuerpo de Adalyn era más liviano que el suyo. Más joven, más frágil en apariencia, con manos que nunca habían sostenido un shinai ni habían roto una caída en tatami. Pero era su cuerpo ahora. Y Ren ya había aprendido a habitar espacios que no le pertenecían.

Había pasado su infancia entera haciéndolo.

Caminó hacia la ventana y corrió la cortina.

El ducado se extendía abajo como una ilustración. Jardines ordenados con una precisión casi militar, fuentes de piedra gris, caminos de grava blanca que se bifurcaban entre los árboles. Más allá, los tejados de lo que parecía ser un pueblo. Y en el horizonte, apenas visible entre la neblina de la mañana, las torres de lo que solo podía ser el palacio imperial.

Bien. Ya sé dónde estoy.

Ahora necesitaba saber con qué contaba.

Se sentó en el borde de la cama y cerró los ojos, dejando que los recuerdos de Adalyn llegaran con calma. Era un proceso distinto a la noche anterior, cuando las memorias la habían inundado sin permiso como una marea. Ahora, con la conciencia más asentada en este cuerpo, descubrió que podía acceder a ellas con más control, como abrir cajones en lugar de recibir todo el armario encima de golpe.

Lo que encontró en esos cajones era útil.

La mansión del duque tenía cuarenta y dos habitaciones. El servicio estaba dividido en dos grupos que se detestaban en silencio. La cocina principal era territorio de una mujer llamada Marta que llevaba veinte años en el ducado y obedecía únicamente al mayordomo. El duque desayunaba solo. Siempre.

Y Adalyn había pasado todo ese tiempo encerrada en su habitación, llorando, sin hablar con nadie, sin pedir nada, esperando que alguien viniera a buscarla.

Nadie había venido.

Ren abrió los ojos.

No más de eso.

Tocaron la puerta con timidez. Tres golpes pequeños y rápidos, como quien no está seguro de tener permiso de molestar.

—Adelante.

La chica que entró tendría unos veinte años — dos o tres más que Adalyn — con el cabello castaño recogido bajo una cofia y un uniforme de doncella que le quedaba ligeramente grande. Tenía los ojos color miel y una expresión que Ren identificó de inmediato.

Era la expresión de alguien que espera que le griten.

—Buenos días, señora. —Se inclinó en una reverencia rápida, sin levantar del todo la vista—. Vengo a ayudarla a vestirse. Si... si lo desea, claro.

Ren la miró en silencio.

Esa chica no aparecía en ninguno de los recuerdos de Adalyn. Había estado ahí, evidentemente — tres años trabajando en esa mansión — pero Adalyn nunca la había visto realmente. Nunca había registrado su rostro ni su nombre. Y eso decía algo sobre las dos: sobre lo invisible que había sido Adalyn en su propio dolor, y sobre lo invisible que el mundo había decidido que era esta chica.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Ren.

La doncella parpadeó. Claramente no esperaba esa pregunta.

—Sophia, señora.

—¿Cuántos años tienes, Sophia?

—Veinte, señora.

—¿Y en estos tres años que llevas aquí alguien se ha detenido a preguntarte cómo te llamas?

Silencio. Sophia abrió la boca, la cerró. Finalmente bajó la vista hacia el suelo con algo que no era vergüenza sino algo más hondo y más difícil de nombrar.

—No, señora.

Ren asintió despacio.

—Bien. Ahora ya lo sé. —Una pausa—. Siéntate un momento, Sophia.

—¿Señora?

—En esa silla. —Señaló con la cabeza el asiento junto al tocador—. No te voy a comer.

Sophia obedeció con la rigidez de alguien que nunca ha recibido esa instrucción en serio, sentándose en el filo del asiento como lista para saltar en cualquier momento.

Ren se levantó y caminó hacia el armario.

Y se quedó completamente quieta.

Los vestidos eran grises. Todos. Distintas tonalidades de gris, algún beige apagado, algún marrón que no era exactamente marrón sino la idea triste de lo que el marrón podría haber sido. Sin adornos. Sin cortes que favorecieran nada. Sin ningún elemento que sugiriera que la persona que los usaba tenía menos de cuarenta años.

Alguien eligió esto deliberadamente, pensó Ren. Para que no resaltara. Para que desapareciera.

Sintió algo caliente moverse en su pecho. No era exactamente su dolor. Era el de Adalyn. Pero en este momento no había mucha diferencia entre los dos.

—Sophia. —No apartó la vista del armario—. ¿Quién eligió esta ropa?

—La señora del guardarropa, señora Adalyn. Por instrucciones del mayordomo. Se dijo que eran los colores apropiados para su posición.

—¿Hay algo más en algún otro lugar?

Sophia dudó un instante.

—En el fondo del baúl grande hay un vestido blanco, señora. Era de la duquesa anterior. Nunca se usó.

—Tráeme el vestido blanco.

Era simple. Mangas cortas, cuello levemente abierto, largo hasta el suelo. Una caída limpia que hacía exactamente lo que debía hacer: dejar que quien lo usara existiera en lugar de desaparecer.

Mientras Sophia le trenzaba parte del cabello con manos cuidadosas, Ren la miró en el espejo.

La chica tenía la lengua levemente entre los dientes, concentrada en el trenzado, con esa expresión de esfuerzo honesto de quien hace las cosas bien simplemente porque le importa hacerlas bien. Sin que nadie se lo pida. Sin esperar reconocimiento.

—¿Tienes familia aquí en el ducado? —preguntó Ren.

Los dedos de Sophia se detuvieron apenas un segundo antes de continuar.

—No, señora. Ya no.

El ya no lo dijo con esa ligereza cuidadosa de quien ha aprendido a pronunciar las cosas dolorosas sin dejar que le cambien la voz. Ren conocía ese tono. Lo había usado ella misma durante años cuando alguien le preguntaba por sus padres.

—¿Qué pasó?

Silencio breve.

—Mi hermana menor —dijo Sophia finalmente—. Murió hace dos años. Una enfermedad. Ella... ella nunca pudo salir mucho. Pasaba los días en cama. —Hizo una pausa pequeña—. Yo era la única familia que le quedaba y ella era la única que me quedaba a mí.

Ren no dijo nada. A veces el silencio es más honesto que cualquier respuesta.

—Desde que llegué a esta mansión —continuó Sophia, con la vista fija en el cabello que trenzaba, como si fuera más fácil hablar sin mirar— a veces la señora... cuando está triste. Cuando pone ese rostro. —Se detuvo—. Le recuerda a mi hermana. Que siempre estaba callada y sola y nadie la buscaba.

Sus manos siguieron trenzando.

Ren la miró en el espejo durante un momento largo.

—Sophia. ¿Te gustaría ser mi asistente personal?

Los dedos se detuvieron completamente esta vez.

—¿Señora?

—Mi asistente personal. No una doncella más. Trabajarías directamente para mí, solo para mí. Nadie más podría darte órdenes. —Hizo una pausa—. Y yo me aseguraría de que nadie más pudiera tratarte como si fueras invisible.

Sophia no respondió de inmediato. En el espejo, Ren vio cómo la chica apretaba los labios con fuerza, como quien está haciendo un esfuerzo activo por no dejar que algo demasiado grande le salga por la cara.

Cuando habló, su voz era apenas más baja que lo normal.

—Sí, señorita Adalyn. —Una pausa—. Quiero ayudarla en lo que pueda.

Ren asintió y volvió a mirar su propio reflejo.

Sophia retomó el trenzado. Ninguna de las dos dijo nada más.

Pero en el silencio había algo nuevo que no había estado antes. Algo que no necesitaba palabras.

Primera aliada, pensó Ren. Bien.

Salieron juntas veinte minutos después.

Ren caminaba con la espalda recta y los hombros hacia atrás, con ese paso que el kendo te graba en el cuerpo sin pedirte permiso. El vestido blanco se movía con ella. Su cabello rojo captaba la luz del pasillo como una llama.

Tres sirvientes que caminaban en dirección contraria se detuvieron.

La miraron.

Ella no los miró a ellos.

Primera lección que Adalyn nunca aprendió. Cuando entras a una habitación, tú decides si eres invisible o no.

Llevaban apenas dos minutos en el pasillo cuando Ren escuchó el sonido.

Un golpe seco. Carne contra carne.

Y después un pequeño sonido de dolor, ahogado y rápido, el tipo de sonido que hace alguien que ha aprendido que protestar solo empeora las cosas.

Se detuvo.

Se giró.

A unos metros atrás, dos doncellas habían interceptado a Sophia. Una de ellas tenía la mano todavía levantada. Sophia se tocaba la mejilla con los dedos, con la cabeza ligeramente inclinada, y Ren vio en su postura todo lo que había visto antes en los recuerdos de Adalyn. Toda esa resignación aprendida. Ese silencio que no era paz sino rendición.

Algo en el pecho de Ren se tensó.

Caminó de regreso. Despacio. Sin apresurarse, porque apresurarse habría sugerido pánico.

—¿Qué está pasando aquí?

Su voz salió baja y muy quieta. Ese tipo de quietud que es más incómoda que los gritos.

Las dos doncellas se giraron. La que había golpeado a Sophia abrió la boca con la seguridad de quien no está acostumbrado a que lo contradigan.

—Señora, esta mucama dejó todo su trabajo sin hacer y—

—Yo le pedí que lo dejara.

Silencio.

—A partir de hoy Sophia es mi asistente personal. Nadie puede darle órdenes excepto yo. Nadie puede tocarla. —Una pausa deliberada—. Y si vuelvo a ver algo así, les mandaré a cortar las muñecas.

Lo dijo con la misma entonación tranquila con la que podría haber comentado el clima. Sin dramatismo. Sin necesidad de convencer a nadie. Solo el peso frío de alguien que dice exactamente lo que piensa.

Las dos doncellas palidecieron.

Ninguna habló.

Ren les sostuvo la mirada un instante más, solo para que quedara claro que no era una advertencia sino una promesa, y se giró hacia Sophia.

—Vamos.

Caminaron en silencio hasta doblar la esquina. Fue entonces cuando Sophia habló, en voz muy baja.

—Gracias, señorita.

Ren no la miró.

—No me des las gracias. Nadie debería necesitar que le agradezcan no ser maltratada.

Sophia no respondió. Pero Ren escuchó cómo tomaba aire despacio, con esa forma particular de respirar de alguien que está tratando de no llorar en un lugar donde no puede permitírselo.

El comedor era enorme y silencioso.

El duque ya estaba sentado cuando llegaron. Cabello azul oscuro perfectamente ordenado, uniforme impecable, expresión de piedra frente a un plato que no había tocado. Documentos abiertos junto al desayuno.

Los sirvientes se quedaron quietos cuando Ren entró.

El duque levantó la vista.

Algo cambió en su expresión. Solo un instante, tan breve que quien no estuviera mirando directamente se lo habría perdido. No era admiración. Era la perplejidad genuina de quien esperaba encontrar una cosa y encontró otra completamente diferente.

—¿Por qué llevas eso puesto? —Su voz era controlada, distante, con el filo de quien da órdenes sin esperar que las cuestionen.

Ren se sentó. Tomó la servilleta. La colocó sobre su regazo. Solo entonces lo miró.

—Me siento más cómoda con esto.

El duque la observó con esa mirada evaluadora que debía funcionarle perfectamente en sus negociaciones políticas y que Ren encontraba, honestamente, bastante transparente. La estaba catalogando. Buscando la explicación de por qué la mujer silenciosa que había ignorado durante semanas de repente se sentaba a su mesa con la espalda recta y un vestido blanco.

Búscala, pensó Ren, sirviéndose del plato más cercano. No la vas a encontrar todavía.

—Dígame, querido esposo. ¿Por qué quería verme?

El músculo de la mandíbula del duque se tensó levemente.

Ren archivó ese dato.

El baile se mencionó entre el segundo y el tercer bocado. El príncipe heredero Julius cumplía la mayoría de edad. El emperador quería conocer a la duquesa.

Por supuesto, pensó Ren.

—Asistiré —dijo—. Pero necesito un favor a cambio.

El duque entrelazó los dedos sobre la mesa. Sus ojos azules tenían esa claridad antinatural que en persona era, tuvo que admitirlo internamente, considerablemente más difícil de ignorar que en el retrato de boda de los recuerdos de Adalyn.

—Qué curioso —dijo—. Últimamente tienes muchos favores que pedir.

—Y usted siempre los concede. —Una pausa—. Lo cual me hace pensar que también los encuentra convenientes.

Algo cruzó el rostro del duque. Demasiado rápido para identificarlo.

—¿Qué quieres?

—Un caballero personal. Alguien que me proteja y responda solo ante mí.

El duque guardó silencio. Luego, con una sonrisa que no llegó a los ojos:

—Por supuesto. Si encuentras a alguien dispuesto a serlo.

Uno de los sirvientes susurró algo al oído del otro. Ren no necesitaba escuchar las palabras.

¿Quién en su sano juicio querría servir a la mujer de la mala suerte?

Se limpió los labios, se puso de pie, y recogió el manto que Sophia sostenía a su espalda.

—Me retiro. Estoy satisfecha y bastante cansada.

Y se fue antes de que el duque pudiera responder.

Detrás de ella, en el comedor silencioso, el duque se quedó mirando el lugar donde había estado sentada.

Su secretario esperaba instrucciones.

El duque no dijo nada por un momento.

Luego, casi para sí mismo:

—Esto se está volviendo interesante.

A tres corredores de distancia, Ren soltó un suspiro largo que había estado conteniendo desde que se sentó a la mesa.

—Eso estuvo bien —murmuró—. Creo que cada vez lo hago mejor.

Sophia caminaba a su lado con una expresión que intentaba ser neutral y no lo conseguía.

—Señorita —dijo finalmente, en voz muy baja—. ¿De verdad les habría cortado las muñecas a esas doncellas?

Ren la miró de reojo.

—No.

Sophia parpadeó.

—Entonces... ¿por qué lo dijo?

—Porque lo importante no es lo que harías. —Ren volvió a mirar al frente—. Lo importante es lo que creen que harías.

Silencio.

Y luego, detrás de ella, el sonido pequeño e incontrolable de Sophia intentando no reírse.

1
Fabiruchisss
core p coreeeeeeee
AVE FÉNIX
espero no tarden en actualizar x k novelas como esta hay muchas y son excelentes pero es una lástima k jamás las vuelvan a actualizar y solo nos dejen con la intriga
Guillermo Mora
Excelente
Geraldine Diaz Torres
tu novela es excelente 👌, continualo vas a tener muchos seguidores /Drool//Drool//Drool//Drool/
Estrella Olguin Estrada
más capitulos para leer
Geraldine Diaz Torres
más capitulos
Sol Garcia
me encanta
buenisima historia
me encanta la protagonista..

más capítulos xfavor
Lourdes Chirinos Manrriques
lastima, tan buena novela y no la terminaron y la otra tambien uno se quedó picado con la lectura. felicidades escritora ojalá y las termines para disfrutar tus 2 historias
Marimar Ponce Ramos
Me fascina
Lesli Alonzo
más capítulos
Marimar Ponce Ramos
Me encanta espero que sigas está increíble
Yamilcadbr
Me da algo de risa Adalyn con la montaña de papeles a leer, me hace recordar a mi cuando estaba en la universidad.
Nely Andrade
más capitulo porfavor 🙏🙏🙏 más capitulo porfavor 🙏🙏🙏 más capitulo porfavor 🙏🙏🙏🙏 más capitulo porfavor
Yamilcadbr
súper enamorada de la novela 💗😍
Yamilcadbr
Me encanta Adalyn
Esther Rojas
para cuando hay otro capitulo?
Esther Rojas
me encanta, primera historia que encarna en una embarazada y e gusto es algo único hasta ahora
Nely Andrade
más capitulo porfavor 🙏🙏🙏 más capitulo porfavor 🙏🙏 más capitulo porfavor 🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏🙏
Monse Moreno
mas porfavor
Eymi
xfa más capa plis 🙏🙏🙏🙏
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