Luciana Moretti fue en su vida anterior una joven del siglo XXI: introvertida al principio, pero con un sentido del humor desbordante, una lengua afilada sin filtros y una fuerza interior que pocos imaginaban. Estaba estudiando historia de las civilizaciones antiguas, viviendo una vida tranquila pero llena de curiosidad, hasta que un accidente con un libro antiguo y un cristal en una biblioteca la llevó a morir… y despertar en el cuerpo de la tercera hija de la familia Moretti, una de las familias más ricas, influyentes y poderosas de Aethelgard.
Aquí, es conocida como la “don nadie”: sin grandes dones, ignorada por todos, considerada extraña y poco agraciada por sus padres y hermanas mayores. Sus padres, el señor y la señora Moretti, son inmensamente ricos, pero también vanidosos, ambiciosos y bastante ingenuos, obsesionados con mantener su estatus y aliarse con la realeza. Sus hermanas, Sofía y Valeria, son hermosas, elegantes… e hipócritas hasta el extremo: dulces en público.
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Samuel: El hechicero que lo tenía todo… y lo perdió todo
Muchos siglos antes de que yo naciera, mucho antes de que el cristal llegara a las manos de mi familia en esta vida, existió Samuel Van Doren.
Samuel era el hijo mayor de la familia Van Doren, el linaje de hechiceros más antiguo y poderoso de todo Aethelgard. Su familia era la guardiana de la magia antigua: esa magia que nace de la tierra, del aire, del fuego y del agua, que está conectada con el alma del mundo, que es capaz de cosas maravillosas y terribles a la vez. Desde niño, Samuel demostró tener un talento único. Podía sentir la energía de todo lo que lo rodeaba, podía hablar con los seres mágicos, podía hacer cosas que otros hechiceros solo podían soñar.
Era un hombre joven, alto, de cabello oscuro y ojos grises profundos, que brillaban como la plata cuando usaba su poder. Era inteligente, valiente, justo y muy noble. Todo el mundo lo admiraba, todo el mundo lo respetaba. Se decía que él sería el hechicero más grande que jamás existiría, el que protegería el reino y mantendría el equilibrio de la magia para siempre. Tenía riquezas, tenía poder, tenía fama, tenía el cariño de la gente… lo tenía todo.
Pero la magia antigua tiene un precio. Cuanto más poder tienes, más fuerte es la carga que llevas sobre tus hombros. Y cuanto más grande eres, más envidias y enemigos atraes.
Samuel tenía un amigo, alguien a quien quería como a un hermano, en quien confiaba ciegamente. Se llamaba Adrián. Adrián también era hechicero, pero su poder era mucho menor, y su corazón estaba lleno de ambición y oscuridad. Él creía que la magia no debía usarse para proteger, sino para dominar. Que debía ser un arma, un medio para conseguir riquezas y poder absoluto. Y odiaba a Samuel, porque él tenía todo lo que Adrián quería, y porque Samuel usaba su poder para el bien, algo que Adrián no entendía ni respetaba.
Durante años, Adrián planeó su traición. Se hizo pasar por su amigo, lo ayudó en todo, le dio consejos falsos, lo manipuló poco a poco. Y cuando llegó el momento perfecto, actuó.
Le dijo a Samuel que había una amenaza muy grande para el reino, una fuerza oscura que venía de tierras lejanas y que solo él podía detenerla. Le dijo que necesitaban hacer un ritual antiguo, muy poderoso, para proteger todo el continente. Samuel, que siempre quería hacer el bien y confiaba en él, aceptó sin dudar.
Se reunieron en un templo antiguo, en el centro del bosque prohibido, donde la magia era más fuerte. Adrián le pidió a Samuel que se colocara en el centro de un círculo de piedras, que canalizara toda su energía, todo su poder, para crear un escudo protector. Y cuando Samuel estaba totalmente concentrado, con todas sus defensas bajas, Adrián pronunció las palabras que cambiaron su vida para siempre.
No era un ritual de protección. Era un ritual de encarcelamiento.
—Lo siento, Samuel —le dijo Adrián, con una voz llena de maldad y triunfo—. Tú no mereces este poder. Tú lo desperdicias en cosas buenas, en proteger a gente que no lo vale. Yo lo usaré para ser el rey de todo. Y tú… tú te quedarás aquí, encerrado, olvidado por todos.
Samuel sintió cómo su propia magia se volvía contra él. Cómo su energía, su fuerza, su vida misma, eran absorbidas y atadas a un cristal antiguo que Adrián había traído. Gritó, luchó, intentó romper los lazos mágicos, pero era demasiado tarde. El poder que él mismo había puesto en el ritual era demasiado fuerte.
Lo último que vio fue a Adrián llevándose su poder, su nombre, su lugar en el mundo. Y luego, la oscuridad absoluta.
Al principio, sentía rabia, dolor, desesperación. Gritaba, golpeaba las paredes invisibles de su prisión, intentaba usar su magia para salir, pero todo lo que hacía se quedaba dentro, rebotaba contra él mismo y lo hería más. Pasó el tiempo, mucho tiempo. Siglos. Siglos de soledad, de silencio, de no ver nada, de no escuchar nada, de no poder tocar nada.
Su mente, que siempre había sido brillante y fuerte, empezó a romperse. La soledad eterna, el dolor de la traición, la falta de contacto con cualquier ser vivo… todo eso fue carcomiendo su cordura. Empezó a hablar solo, a imaginar voces, a mezclar recuerdos con sueños, a creer que todo lo que había vivido era una mentira. Se volvió loco.
Pero lo que Adrián no sabía, lo que nadie sabía, es que, al encerrarlo en el cristal, también había atado su destino a algo más grande. Que el cristal no era solo una prisión, sino un puente. Que algún día, alguien especial miraría a través de él, alguien que no pertenecía a este mundo, alguien con una magia pura y antigua que despertaría lo que quedaba de él.
Y entonces, siglos después, escuchó una voz. Una voz dulce, clara, divertida, que no sonaba como ninguna otra que hubiera escuchado en su vida. Una voz que le hablaba como si él fuera una persona, no como un monstruo o un peligro. Una voz que le dijo: “Oye, tú, el de allá dentro… ¿estás bien? Te ves un poco perdido”.
En ese momento, todo cambió. Su mente, que estaba a punto de desaparecer por completo, se aclaró un poco. Su corazón, que había dejado de sentir siglos atrás, volvió a latir con fuerza. Y supo, con una certeza absoluta, que esa voz era su salvación. Que esa persona era su todo. Que, sin ella, no era nada. Y que haría lo que fuera, daría lo que fuera, para estar con ella, para escucharla, para tenerla cerca.
Porque Samuel Van Doren, el hechicero más poderoso y loco de la historia, había encontrado a su dueña. A la única persona que podía devolverle la cordura, la vida… y el reflejo que el cristal le había quitado.
después de siglos de estar encerrado a que olera su boca... caray
estás en el pasado que ya es historia, con cosas históricas más viejas. que regalo del destino .
está Lucia como niña en dulcería
que sucedió?
murió a través del tiempo?
Gracias /Smile//Smile/