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Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Hilos Rotos, Segundas Vueltas

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Suspenso
Popularitas:59
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

Tres mujeres saltan por el tiempo transformando su dolor en poder. Sus vidas se cruzan sin saberlo. El pasado nunca fue tan presente.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21: La carta que atravesó el tiempo

Era un martes gris cuando Valentina encontró el sobre debajo de la puerta de su departamento. No tenía remitente, ni sello, ni fecha. Sólo su nombre escrito con una caligrafía temblorosa que le resultó vagamente familiar. Al abrirlo, no encontró papel. Encontró una fotografía antigua, amarillenta por los bordes, con una nota al dorso que decía: "Nos vemos pronto. Traé mate."

La foto mostraba a siete mujeres sentadas en una plaza que Valentina no reconocía. Sus rostros eran jóvenes, radiantes, vestidas con ropa de distintas épocas mezcladas sin orden. En el centro, Lucía sostenía la bombilla de alpaca como si fuera un cetro. Al lado, Elena reía con la cabeza echada hacia atrás. Marta tenía una flor en el pelo. Clara enfermera y la piloto estaban abrazadas. Nora señalaba algo fuera del encuadre.

Y Valentina estaba ahí también. Más joven, tal vez de veinte años, con el pelo suelto y una sonrisa que no recordaba haber sonreído nunca.

—Esto no puede ser —murmuró, dando vuelta la foto otra vez.

La caligrafía del dorso era de Lucía. Lo reconoció al instante: esa mezcla de mayúsculas y minúsculas, las erres redondas, las eles con rulo. Su abuela había escrito eso. Pero su abuela estaba muerta. Había vuelto a su muerte hacía tres meses, en el quirófano. ¿Cómo podía haberle escrito una nota?

El teléfono sonó. Otra vez código de España.

—¿Viste la foto? —preguntó la voz de la piloto, sin siquiera saludar.

—¿Me la mandaste vos? —preguntó Valentina.

—No. Llegó sola. A mí también me llegó una. Y a Clara. Y a Nora. Y a Marta. Y a Elena. Todas recibimos la misma foto, pero cada una la vio distinta. En la mía, yo aparezco con el uniforme de la guerra, pero sin las manchas de sangre.

—En la mía —dijo Valentina, aún mirando la imagen— estoy con mi abuela. Viva. Joven. Sonriendo.

—Eso no es una foto del pasado —dijo la piloto con voz grave—. Es una foto del futuro. De un futuro que todavía no pasó.

—¿Cómo es posible?

—Nora cree que el quirófano sigue activo. Aunque las grietas están cerradas, el lugar sigue siendo un punto de encuentro. Un lugar donde las épocas se tocan. Alguien sacó esa foto ahí. Alguien que no somos nosotras.

—¿Quién?

—No lo sabemos. Pero hay una carta más. Una que llegó a Madrid, al buzón de Clara, sin matasellos. No es para nosotras. Es para vos.

—¿Qué dice?

—No la abrimos. Es tuya.

Valentina sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. No era miedo. Era anticipación.

—¿Dónde está la carta?

—En el quirófano. Vamos a reunirnos todas esta noche. ¿Podés venir?

—No tengo el espejo roto. No puedo viajar.

—Ya no necesitás espejo. El tiempo te conoce. Cerrá los ojos y pensá en nosotras. El resto va a pasar solo.

Valentina colgó. Miró la foto un momento más. Las siete mujeres en la plaza desconocida. La bombilla de alpaca. La sonrisa de Lucía.

Cerró los ojos.

No sintió vértigo. No sintió caída. Sintió un tirón suave, como si alguien la tomara de la mano y la guiara.

Cuando abrió los ojos, estaba en el quirófano.

No estaba solo. Las otras seis ya estaban ahí, sentadas en el círculo de siempre. Sobre la mesa de operaciones oxidada, en el centro, había un sobre de papel amarillento. Era más viejo que cualquier otra cosa en la habitación. Parecía haber sobrevivido a siglos.

—¿Lo abrís vos? —preguntó Marta, con los ojos brillantes.

Valentina asintió. Se acercó a la mesa. Tomó el sobre con manos temblorosas. No estaba cerrado. Sólo doblado, como si alguien hubiera planeado que fuera abierto fácilmente.

Dentro había una hoja de papel, escrita del mismo puño y letra que la nota de la foto. Pero esta vez las palabras eran más antiguas. Más cansadas.

Valentina leyó en voz alta:

"Queridas mías:

Si están leyendo esto, significa que el tiempo sigue su curso. Significa que no me olvidaron. Significa que el quirófano aún late.

Yo no voy a estar cuando esta carta llegue. Ya estoy en mi muerte, y desde ahí no se vuelve. Pero antes de irme, quise dejarles algo. Una verdad que ninguna de nosotras supo ver.

El tiempo no se cura con perdón. El tiempo se cura con acción. Perdonarse es el primer paso, no el último. El último paso es vivir. Vivir de verdad. Con todo el dolor y toda la alegría. Sin esconderse. Sin viajar al pasado para cambiar lo que no se puede cambiar. Sin viajar al futuro para evitar lo que no se puede evitar.

Ustedes me salvaron de estar desplazada. Me devolvieron a mi muerte. Y eso, aunque suene triste, es el regalo más grande que alguien pudo hacerme. Porque pude morir sabiendo quién era. Sabiendo que fui amada.

La foto que les llegó no es del pasado ni del futuro. Es de un presente alternativo. De una versión del tiempo donde todas estuvieron juntas, no sólo en espíritu, sino en cuerpo. Ese lugar existe. La plaza de la foto es real. Está en ningún lado y en todos. Para llegar, sólo tienen que desearlo con el corazón.

Yo ya no voy a estar. Pero ustedes sí. Y mientras haya una sola de ustedes recordándome, yo voy a seguir existiendo.

Gracias por todo, nenas.

Las quiere,

Lucía"

Cuando terminó de leer, Valentina estaba llorando. No lloraba de tristeza. Lloraba de algo más grande, algo que no tenía nombre.

—¿Vamos a la plaza? —preguntó Nora, rompiendo el silencio.

—Vamos —dijo la piloto.

—¿Todas? —preguntó Clara.

—Todas —dijo Elena.

Cerraron los ojos. No necesitaron espejo, ni bombilla, ni reloj. Sólo el deseo. Sólo la memoria. Sólo el amor que habían aprendido a sentirse la una por la otra.

Cuando abrieron los ojos, estaban en la plaza de la foto.

El sol brillaba suave. Había árboles, bancos, una fuente en el centro. Y sentada en uno de los bancos, con la bombilla de alpaca en la mano, las esperaba Lucía.

No era un fantasma. No era un recuerdo. Era ella, con su vestido de flores, su pelo canoso recogido, su sonrisa arrugada.

—¿Abuela? —susurró Valentina.

—Hola, nena —dijo Lucía—. ¿Te dije que las despedidas nunca son para siempre?

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