Elena San Román es la esposa abnegada de Julián Ferrara, el heredero de un imperio hotelero. Ella lo dio todo: dejó su carrera como arquitecta para apoyarlo y cuidó de su madre enferma. Sin embargo, el día de su tercer aniversario, Elena descubre que Julián nunca la amó. Él solo se casó con ella para cumplir una cláusula del testamento de su abuelo y así obtener la presidencia.
NovelToon tiene autorización de Crisbella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
En busca del perdón
Punto de vista de Alix
Sofía salió de la oficina de Adrián hecha un manojo de nervios. La muy ingenua pensó que podía simplemente llegar, mostrar unas tontas fotos y desestabilizar mi matrimonio con un escándalo de celos. Lo que ella no sabe es que nuestro vínculo no se basa en las reglas comunes del amor; lo que nos une es un pacto de sangre y sombras donde no hay espacio para discusiones mundanas por terceras personas. O eso era lo que yo creía.
—Espero que tengas una muy buena explicación para estas fotos —dijo Adrián, rompiendo el silencio una vez que la puerta se cerró.
Me quedé helada. Su voz no tenía el tono estratégico de antes; tenía un filo de sospecha real que me tomó totalmente por sorpresa.
—No hay nada que explicar, Adrián —respondí, tratando de mantener la indiferencia mientras me acomodaba el saco—. Julián apareció en el club y, fiel a su estilo narcisista, quiso coquetear conmigo. Lo manejé y me vine a trabajar. Fin de la historia.
—¿Qué sentiste al tenerlo tan cerca? —su pregunta fue un golpe seco, totalmente fuera de lugar.
—No entiendo tu pregunta —sentí cómo la temperatura de la habitación bajaba varios grados.
—Ese hombre fue... el amor de tu vida. Y por ahí dicen que donde hubo fuego, cenizas quedan —soltó, cruzándose de brazos y clavando sus ojos oscuros en los míos, buscando un rastro de duda que no existía.
Miré a Adrián confundida, incapaz de creer Lo que estaba escuchando. ¿De verdad estaba sugiriendo que yo seguía sintiendo algo por el bastardo que quiso desaparecerme? ¿Por el mismo monstruo que le arrebató la vida a mi hijo no nacido y me dejó morir en el fondo de un lago?
—Esto no te lo voy a permitir, Adrián —mi voz salió como un susurro cargado de veneno—. Tú, mejor que nadie, sabes lo que esa rata de alcantarilla me hizo. Sabes que lo único que busco es justicia. La misma que se me negó hace dos años. ¿De verdad te atreves a cuestionar mi lealtad basándote en el veneno de una mujer como Sofía?
Pude ver en la mirada de Adrián un rastro instantáneo de arrepentimiento, una sombra de culpa que cruzó sus facciones de piedra, pero ya era demasiado tarde. Su duda hacia mí me había lastimado de una forma que no esperaba. No era solo una cuestión de negocios; era que él era el único que conocía mi verdad, y aun así, había dejado que el fantasma de Julián entrara en esta habitación.
Se acercó lentamente, extendiendo una mano hacia mí, pero yo retrocedí con violencia. En ese momento no lo quería cerca; que hubiese dudado de mi sed de venganza fue un golpe bajo que me recordó que, al final del día, seguía estando sola en mi lucha.
—Alix, no quise decir... —empezó a decir con la voz ronca.
—No me llames Alix ahora —lo interrumpí—. Alix Thorne es la mujer que creaste para los negocios. Pero la mujer que estuvo en ese estacionamiento frente a Julián fue la que sobrevivió a sus golpes. Y te aseguro, Adrián, que lo único que sentí cuando lo tuve cerca fue el deseo de apretar el gatillo yo misma.
Caminé hacia la salida, necesitando aire, necesitando alejarme de la opulencia de esa oficina que de pronto se sentía tan asfixiante como el auto hundiéndose en el agua.
—Tengo una auditoría que terminar —dije sin mirarlo—. Si vas a dejar que Julián Ferrara gane esta guerra sembrando desconfianza entre nosotros, avísame de una vez. Así sabré que no solo tengo que cuidarme de mis enemigos, sino también de mi esposo.
Salí de la oficina dejando a Adrián sumergido en un silencio gélido. Mientras caminaba hacia el ascensor, una idea empezó a tomar forma en mi mente. Si Julián quería jugar a la obsesión y Adrián quería jugar a la duda, yo les daría a ambos lo que querían.
Me refugié en el estudio de nuestro Penthouse, rodeada de carpetas fiscales y estados financieros. Era el único lugar donde me sentía segura; los números no mentían, no dudaban y, sobre todo, no te herían con suposiciones crueles. Sin embargo, por más que intentaba concentrarme en las cifras de la constructora Ferrara, las palabras de Adrián seguían dándome vueltas como un eco amargo: "¿Qué sentiste al tenerlo cerca?".
La desconfianza era un lujo que no podíamos permitirnos. Si nuestra alianza se quebraba por los celos, Julián ganaría sin siquiera disparar una bala.
Escuché el sonido sordo de la puerta principal abriéndose, pero no me levanté. Sabía que era él. Esperaba que pasara de largo hacia su habitación o que, en el mejor de los casos, entrara para seguir discutiendo. Pero el silencio que siguió fue diferente, casi pesado.
De repente, la puerta del estudio se abrió lentamente. Me mantuve de espaldas, fingiendo que la pantalla de mi computadora era lo más importante del mundo.
—Alix —su voz sonó más suave de lo habitual, despojada de ese tono de mando que solía usar con todo el mundo.
—Si vienes a preguntar si ya se me pasó el enojo, la respuesta es no —respondí sin girarme—. El trabajo de auditoría está avanzando. Es lo único que debería importarte.
Escuché sus pasos acercándose por la alfombra persa hasta que se detuvieron justo detrás de mi silla. Un aroma intenso y fresco inundó el aire, rompiendo el olor a café y papel viejo. Giré la silla con un suspiro de impaciencia, pero las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.
Adrián estaba allí, de pie, luciendo extrañamente fuera de lugar. Su rostro, siempre una máscara de hierro, mostraba una tensión casi vulnerable. En sus manos sostenía un enorme ramo de peonías blancas y orquídeas salvajes, las mismas que alguna vez mencioné que me gustaban en una conversación trivial que creí que él había ignorado.