Aylany, al cumplir quince años, comienza a descubrir su propio camino, enfrentando nuevos sueños, emociones y decisiones que marcarán el inicio de su propia historia.
NovelToon tiene autorización de Marion Cecilia Coloma Aguirre para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 10: El azul que mancharon y las bromas que duelen
Las semanas habían pasado, pero el rencor en el pecho de Tomás no había disminuido ni un solo día.
Para él, todo lo que le había ocurrido —la advertencia oficial, las restricciones en las actividades, la mirada de desaprobación de profesores y compañeros— tenía un solo nombre: Aylany.
En su mente terca y orgullosa, ella era la culpable: la niña que llegó con su apellido, su dinero y su vida perfecta, y que sin esfuerzo había cambiado todo su mundo.
El odio crecía en silencio, esperando el momento exacto para explotar.
Esa mañana, la indicación del colegio era clara: todos debían asistir con ropa de calle, pero obligatoriamente en tonos azules.
Aylany se preparó con calma en su habitación de la mansión: eligió una blusa de azul cielo suave, pantalones de tela azul rey y zapatos del mismo color, y colgó al cuello su dije en forma de rosa azul, el símbolo que siempre le recordaba su hogar y sus raíces.
—Te ves muy bien —le dijo Lois mientras le acomodaba un mechón de cabello—. Que tengas un buen día, hija.
—Cualquier cosa, llama de inmediato —agregó Cris, con esa mirada protectora que nunca abandonaba.
Bajó la escalinata y subió al coche negro que la esperaba en la puerta.
El chofer la llevó en silencio hasta el colegio, y en el trayecto ella solo pensaba en las clases y en mantener su ritmo de alumna ejemplar.
No imaginaba que ese día se convertiría en uno de los más difíciles que viviría allí.
Al cruzar la puerta principal, sintió de inmediato una atmósfera pesada.
Varias miradas se posaron sobre ella, pero ninguna era amistosa.
Y allí estaba él: Tomás, apoyado contra la pared del pasillo, con su metro ochenta de estatura, sus ojos verdes brillando de furia contenida y una sonrisa torcida que no presagiaba nada bueno.
Al verla llegar con su ropa impecable y su porte tranquilo, sintió que la rabia le subía por la garganta.
—Mira quién llega —dijo en voz alta, para que todos los que estaban cerca lo escucharan—.
Como siempre, impecable, limpia, como si nada en este mundo pudiera tocarla.
Hoy todos vamos de azul… pero ella parece que salió de una vitrina de lujo.
Aylany apretó los labios y siguió caminando, tratando de ignorarlo, pero él y sus amigos se movieron rápidamente para cerrarle el paso.
—¿Te crees muy superior, verdad? —le susurró Tomás acercándose demasiado, con un tono cortante y venenoso—.
Crees que con tener chofer, ropa nueva y dinero puedes librarte de todo.
Pues te equivocas. Hoy te voy a enseñar que aquí no eres intocable.
Valeria y Camila aparecieron enseguida para ponerse a su lado, pero Tomás solo las miró con desprecio y se alejó con sus compañeros, murmurando palabras que no alcanzaban a escuchar.
Las clases transcurrieron con una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
Aylany sentía la mirada de Tomás clavada en su espalda, siguiendo cada uno de sus movimientos, como si estuviera esperando el momento justo para atacar.
Cuando sonó la campana del recreo, salieron todos al patio.
Ella se alejó un poco hasta la fuente de agua para refrescarse el rostro, buscando un momento de calma, sin saber que ahí estaba la trampa preparada.
De repente, dos de los amigos de Tomás aparecieron a sus espaldas, y él mismo se acercó por el lado.
Antes de que pudiera reaccionar, recibió un empujón fuerte y calculado que la hizo perder el equilibrio.
Cayó de rodillas justo en un charco de agua sucia mezclada con lodo y restos de tierra que se había acumulado junto a la fuente.
El agua helada le empapó toda la ropa al instante, las manchas oscuras se extendieron por su blusa y pantalón, y el barro le salpicó el rostro, el cabello y hasta el dije de rosa azul que llevaba al cuello.
No fue solo eso.
Cuando intentó levantarse apoyando las manos en el suelo, sintió un dolor agudo y punzante que le hizo soltar un grito ahogado.
Entre la hierba y el lodo habían escondido pequeños clavos afilados, y se había clavado tres en la palma derecha.
La sangre empezó a brotar, tiñendo el agua azulada que le cubría la piel.
Tomás y sus compañeros se quedaron mirando, riéndose con una burla cruel y sin ningún remordimiento.
—¡Así se ve mejor! —gritó uno de ellos—.
Ya no parece una princesita de cuento.
—Te dije que aquí te ensuciarías —agregó Tomás, acercándose un poco más con esa mirada fría y llena de rencor—.
Esto es solo el comienzo. Mientras estés aquí, no vas a tener paz.
Valeria y Camila corrieron desesperadas hacia ella, la ayudaron a incorporarse y le limpiaron el rostro con pañuelos de papel.
Aylany temblaba de frío, de dolor y de humillación; tenía las rodillas raspadas, la mano sangrando, la ropa destrozada y el corazón apretado por la rabia y la tristeza.
No quería llorar frente a ellos, pero las lágrimas se le escapaban sin poder evitarlo.
—¡Esto es demasiado! —le gritó Valeria a Tomás con furia—.
¡Lo que haces es cobarde y cruel!
—No hice nada —respondió él encogiéndose de hombros, sin alterarse—.
Fue un accidente, o tal vez ella es muy torpe.
Cuando llegó la profesora de guardia, el daño ya estaba hecho.
Aylany fue llevada a la enfermería para curar sus heridas, pero lo que más le dolía no era el cuerpo, sino la certeza de que Tomás tenía un odio profundo contra ella, y que las bromas no terminarían ahí.
Ese día aprendió que, en ese colegio, su apellido y su dinero no le servían de nada contra la crueldad nacida del rencor.