Rosalind Lancaster lleva diez años atormentada por una pesadilla que se repite una y otra vez.
Una boda.
Un hombre de ojos color malva.
Una noche de terror.
Y una muerte tan cruel que aún puede sentir el dolor al despertar.
Convencida de que aquellos sueños son recuerdos de una vida pasada, Rosalind ha jurado no volver a casarse jamás. Sin embargo, la presión de su familia aumenta cada día, y un matrimonio arreglado con un hombre mucho mayor parece inevitable.
Cuando su mejor amiga le propone un trato inesperado, Rosalind cree haber encontrado la solución perfecta: contraer un matrimonio temporal con Damien Blackwood, el frío y poderoso heredero de una de las familias más influyentes del país. Él necesita una esposa para reclamar un importante fideicomiso; ella necesita escapar de un destino que detesta.
Es un acuerdo simple.
Un año de matrimonio.
Sin amor.
Sin sentimientos.
Sin interferir en la vida del otro.
Pero convivir con Damien resulta mucho m
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 23.
Damien
Llegué al Club de Caballeros unos minutos antes de la hora acordada. Durante todo el trayecto pensé en las distintas maneras de rechazar cualquier propuesta que intentaran venderme sin revelar mis verdaderos planes.
Si algo había aprendido en los negocios era que la información valía más que el dinero.
Y mis proyectos eran un secreto.
Al entrar, varias conversaciones se detuvieron por un instante.
Algunos hombres levantaron discretamente sus copas en señal de saludo.
Otros simplemente inclinaron la cabeza.
No era extraño.
Después de mi matrimonio con Rosalind Lancaster mi nombre sonaba incluso más que antes entre la alta sociedad.
Mientras caminaba hacia el salón principal escuché una voz conocida.
—Señor Blackwood.
Me giré.
Era Viktor Wordwood.
Llevaba un traje gris impecable y, por primera vez desde que lo conocía, parecía sinceramente incómodo.
—¿Señor Wordwood?
Él respiró profundamente.
—Quiero disculparme.
Lo observé sin responder.
—¿Por qué motivo?
Bajó la mirada unos segundos.
—Por todas las cosas que dije sobre su esposa. Perdí la compostura, no acepté mi derrota como un caballero y terminé haciendo el ridículo delante de todos.
Guardé silencio.
Viktor continuó.
—Sin embargo...
Levantó la vista.
—Lo que dije sobre su hermano es verdad.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿A qué se refiere?
—A que su hermano tiene una obsesión con su mujer y a qué ese hombre con el que ahora se reúne Stefan... no inspira confianza.
Su expresión se endureció.
—Y no soy el único que piensa así.
Asentí con educación.
—Gracias por decírmelo.
Él sonrió levemente.
—Y gracias por permitir que volviera al club.
—Todos merecen una segunda oportunidad, señor Wordwood.
Nos despedimos con un apretón de manos y continué mi camino.
No había dado más de diez pasos cuando varios empresarios comenzaron a acercarse.
Unos querían felicitarme por la boda.
Otros pretendían ofrecerme sociedades o inversiones.
Escuché con atención únicamente a quienes despertaban mi interés.
Al resto les respondí con cortesía.
—Hablen con Marcelo. Si la propuesta es conveniente, él les programará una reunión.
Mi secretario era un excelente filtro.
Gracias a él evitaba perder horas escuchando proyectos sin futuro.
Cuando llegué a la pista de equitación vi a Héctor Sterling y a Stefan conversando.
Mi hermano fue el primero en verme.
Abrió los brazos exageradamente.
Pensé con ironía:
Cuánta falsedad.
Stefan me abrazó con demasiada efusividad.
—¡Hermano!
Lo aparté inmediatamente.
—Suéltame. Qué raro estás hoy.
Él soltó una carcajada.
—Nos haremos ricos con Lucien.
—¿Quién?
Héctor intervino entusiasmado.
—Nuestro nuevo socio.
—No sé quién es.
Entonces escuché una voz serena detrás de ellos.
—Así que usted es Damien Blackwood.
Me giré despacio.
Frente a mí estaba un hombre alto, de impecable traje oscuro.
Su postura era elegante.
Su sonrisa era amable.
Pero sus ojos...
Malva.
Exactamente como Victoria los había descrito.
Extendió la mano.
—Lucien Valmont.
La estreché sin perder la calma.
—Damien Blackwood.
—Es un placer conocerlo.
—El gusto es mío.
Aunque por dentro no compartía ese sentimiento.
Había algo en él que resultaba imposible de ignorar.
No era miedo.
Era intuición.
Y rara vez mi intuición se equivocaba.
Héctor sonrió ampliamente.
—Damien, Lucien tiene una propuesta extraordinaria.
—¿Ah, sí?
Lucien hizo un gesto hacia el salón privado.
—Preferiría explicarla con calma.
Entramos.
Apenas cruzamos la puerta, Héctor carraspeó con incomodidad.
—Damien... ¿podrías prestarme para pagar la reserva del salón?
Lo miré unos segundos.
—No.
El ambiente quedó en silencio.
Continué hablando con absoluta tranquilidad.
—Solo vine a escuchar.
Me acomodé en la cabecera de la mesa mientras un mesero servía agua y tomaba mi pedido para el almuerzo.
—No sé si la propuesta vaya a interesarme.
Miré directamente a Héctor.
—Además, ya me ha quedado mal con varios pagos.
Él bajó la cabeza.
—Y, hasta donde sé, es su esposa quien está respondiendo por sus deudas.
Vi cómo apretaba la mandíbula.
No dije nada más.
Minutos después comenzaron a servir el almuerzo.
Lucien tomó la palabra.
Durante casi media hora explicó un proyecto de urbanización en la ciudad costera.
Habló de terrenos privilegiados, futuros hoteles, zonas comerciales y contratos de compra que, según él, estaban prácticamente asegurados.
Escuché cada detalle sin interrumpirlo.
Era un excelente negocio.
El único problema...
Era que ese negocio ya era mío.
Solo que ninguno de ellos lo sabía.
Ni pensaba decírselo.
Stefan rompió el silencio.
—Damien, tú estuviste dos semanas en esa ciudad.
—Así es.
Lucien me observó con aparente curiosidad.
—¿Qué le pareció?
Tomé un sorbo de vino antes de responder.
—Próspera.
Héctor sonrió.
—¿Y qué fue a hacer allá?
—Me ofrecieron una casa de verano.
Stefan soltó una risa.
—¿Tú para qué quieres una casa de verano?
Lo miré con tranquilidad.
—Para mí no.
Hice una breve pausa.
—Para Rosalind.
Fue apenas un segundo.
Pero vi claramente cómo Lucien modificó ligeramente su postura.
Como si aquel nombre hubiera despertado su interés.
Stefan sonrió con cierta amargura.
—Rosalind Lancaster... la mujer con el estatus social más alto terminó casándose con mi hermano.
Seguí cortando la carne como si el comentario no tuviera importancia.
Aunque por dentro analizaba cada reacción.
Héctor rió.
—Lo más gracioso es que Damien juraba que jamás se casaría.
Todos voltearon hacia mí.
—Decía que sería un alma libre.
Stefan añadió entre risas:
—Que nunca llevaría el collar de un perro ni se arrastraría por una mujer.
Héctor levantó su copa.
—Y mírenlo ahora.
—Hasta piensa comprar una residencia de verano para su esposa.
Lucien sonrió con aparente indiferencia.
—El amor del principio siempre es hermoso.
Bebió un poco de vino antes de continuar.
—Cuando desaparece, llegan los divorcios...
Sus ojos malva se clavaron en los míos.
—Y las mujeres vuelven a quedar libres. A disposición de cualquier hombre.
La frase quedó suspendida en el aire.
Lo miré directamente.
Sin pestañear.
Sin sonreír.
—Mi esposa no es un objeto que quede a disposición de nadie.
El silencio fue absoluto.
Lucien mantuvo la sonrisa.
—Solo hablaba en términos generales.
—Entonces procure seguir haciéndolo.
Volví a concentrarme en mi plato.
No tenía intención de darle el gusto de discutir.
Después de casi una hora de números, mapas y proyecciones financieras, Lucien terminó su exposición.
Todos esperaron mi respuesta.
Limpié tranquilamente mis manos con la servilleta.
—Es un proyecto interesante.
Héctor sonrió emocionado.
—Sabía que aceptarías.
Negué con calma.
—Pero debo rechazar la oferta.
Las sonrisas desaparecieron.
Lucien inclinó apenas la cabeza.
—¿Puedo preguntar el motivo?
—Claro.
Me puse de pie.
—En este momento estoy evaluando oportunidades de inversión en otra ciudad. Prefiero concentrar mi capital en un solo proyecto antes que dispersarlo.
Era una mentira perfectamente creíble.
Y suficiente para mantener mi verdadero negocio lejos de sus ojos.
Lucien asintió con elegancia.
—Una lástima.
—Quizá podamos hacer negocios en otra ocasión.
—Tal vez.
Héctor rompió el silencio.
—Damien, antes de que te vayas.
Me detuve.
—¿Sí?
—Dentro de dos semanas Victoria y yo ofreceremos un gran baile en nuestra residencia.
Sonrió.
—Nos gustaría que tú y Rosalind asistieran.
Pensé unos segundos.
—Lo hablaré con Rosalind.
Él frunció el ceño.
—¿Necesitas consultarlo?
—Sí.
Tomé mi sombrero.
—No recuerdo si ese mismo día los Lancaster ofrecerán una cena familiar.
Héctor asintió comprendiendo.
—Entiendo.
—Si no tenemos otro compromiso, con gusto iremos.
Nos despedimos con cordialidad.
Mientras caminaba hacia la salida sentía una única certeza.
Lucien Valmont no había aparecido por casualidad.
Y, por alguna razón que aún desconocía, el interés que mostraba por Rosalind era demasiado evidente para ser ignorado.
en su propia casa, con su familia...
aquí hay un gatote bien encerrado... 😰😱😭
esto está de Lokos 😰😱
hay no que 💩😰😱