Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 4: El hombre del jardín
Hay personas que encuentran consuelo caminando.
Yo encuentro preguntas.
Llevo tres días en el Purgatorio y todavía no entiendo cómo funciona este lugar. Las almas estudian, trabajan, cultivan jardines, se enamoran, discuten e incluso hacen fila para comprar pan.
No sé qué esperaba encontrar después de morir, pero definitivamente no era una ciudad que funciona mejor que la mayoría de las que, supongo, existen entre los vivos.
Empiezo a sospechar que la muerte tiene un sentido del humor bastante cuestionable.
—No te alejes demasiado.
La voz de Seraphine llega desde detrás de mí.
Levanto una mano, sin volverme.
—Solo voy a mirar.
—Eso dijiste hace una hora.
Sonrío para mí misma.
—Y mírame... sigo viva.
La frase escapa de mis labios antes de que pueda detenerla. Hago una mueca y niego con la cabeza.
—Bueno... ya me entendiste.
Escucho un suspiro resignado a mi espalda. Creo que Seraphine empieza a conocerme. O quizá solo está perdiendo la paciencia; cualquiera de las dos opciones me parece igual de probable.
Doblo por un sendero estrecho que no había visto antes. Los árboles forman un arco sobre mi cabeza y, conforme avanzo, la luz cambia poco a poco. El murmullo de las almas queda atrás hasta desaparecer por completo, de modo que el único sonido que me acompaña termina siendo el de mis propios pasos.
Qué raro.
Es la primera vez que este lugar se siente vacío.
Sigo caminando, no porque sea valiente, sino porque la curiosidad siempre ha podido más que el sentido común. Sospecho que esa cualidad fue responsable de al menos la mitad de mis problemas cuando estaba viva... si es que alguna vez lo estuve de verdad.
Una brisa suave agita las ramas y entonces lo veo.
Es un jardín distinto a todos los demás. Las flores blancas crecen sin ningún orden, como si jamás hubieran conocido una mano que las guiara. Hay algo hermoso en ese desorden. Algo salvaje. Algo tan melancólico que me obliga a acercarme.
Me agacho junto a una de ellas. Es idéntica a la que apareció en mi habitación.
Paso la yema de los dedos sobre uno de sus pétalos y un escalofrío me recorre la piel.
Está tibio.
Frunzo el ceño. ¿Por qué una flor estaría tibia?
—No deberías tocarlas.
La voz surge a mi espalda. No es fuerte ni amenazante, pero tiene algo que hace que me incorpore de inmediato, como si mi cuerpo hubiera reaccionado antes que mi cabeza.
Me giro despacio.
Hay un hombre a unos metros de distancia. Viste una túnica negra impecable, con las mangas recogidas hasta los antebrazos, mientras una brisa ligera desordena apenas algunos mechones de su cabello oscuro.
Intento descubrir qué es lo primero que llama mi atención.
No es, precisamente, que sea atractivo.
Es la calma.
Permanece completamente inmóvil, con una serenidad tan absoluta que da la impresión de que el mundo aprendió a girar a su alrededor, y no al revés.
Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada. Él me observa con la misma tranquilidad con la que podría contemplarse un paisaje. Yo le sostengo la mirada, intentando descifrarlo.
Qué persona tan seria.
Carraspeo con suavidad y rompo el silencio.
—Perdón. No vi ningún letrero.
Sus ojos se desvían hacia mi derecha.
Sigo la dirección de su mirada.
Hay una enorme piedra grabada con letras doradas.
JARDÍN SAGRADO. PROHIBIDO EL PASO.
Bueno. Eso explica muchas cosas.
Vuelvo a mirarlo. La verdad es que el cartel era bastante grande, así que resulta difícil defenderme, pero decido intentarlo de todas formas.
—En mi defensa... estaba mirando las flores, no el cartel.
Él no responde.
Empiezo a sentirme ligeramente juzgada. Cruzo los brazos y sostengo su mirada unos segundos antes de rendirme.
—¿Siempre recibes así a los turistas?
Silencio.
Qué hombre tan desesperantemente callado.
—Tengo otra duda.
Levanta apenas una ceja, suficiente para hacerme entender que me escucha.
—¿Tú también estás muerto o aquí contratan personal?
El silencio que sigue se alarga tanto que empiezo a preguntarme si acabo de insultarlo sin querer. Estoy a punto de disculparme cuando exhala muy despacio y, durante una fracción de segundo, sus labios parecen curvarse.
No llega a ser una sonrisa.
Es apenas un gesto, tan pequeño y extraño que pasa desapercibido si parpadeo.
Como si hubiera olvidado cómo hacerlo.
—No.
Su voz conserva la misma calma de siempre.
—No estoy muerto.
Frunzo el ceño.
—Eso complica bastante las cosas.
—¿Por qué?
—Porque me habían dicho que este era el Purgatorio.
Su mirada se desliza hasta las flores antes de volver a mí.
—Lo es.
—Entonces eres una excepción.
Como de costumbre, no añade nada más. Empiezo a sospechar que, en este lugar, responder solo la mitad de las preguntas debe de ser una norma no escrita.
Doy un paso hacia él.
—¿Cómo te llamas?
Permanece en silencio durante unos segundos que se sienten mucho más largos de lo que deberían.
—No es importante.
No puedo evitar soltar una risa.
—Si no querías decirme tu nombre, bastaba con decirlo. No hacía falta convertirlo en un misterio.
Esta vez no aparta la vista. Por primera vez me sostiene la mirada el tiempo suficiente para que pueda observarlo de verdad. No es el color de sus ojos ni lo atractivo que pueda ser. Es otra cosa. Hay en ellos un cansancio tan profundo que resulta imposible ignorarlo. La clase de cansancio que no deja una mala noche, sino demasiados años. Demasiados recuerdos.
Un escalofrío me recorre el pecho.
Lo conozco.
No. Eso es imposible. Estoy segura de que jamás lo había visto y, aun así, una parte de mí insiste en lo contrario. Como si, en algún momento que ya no puedo recordar, me hubiera despedido de él.
El dolor llega sin avisar.
Una punzada me atraviesa la cabeza y, durante un instante, una imagen irrumpe entre mis pensamientos: una mano cubierta de sangre, una voz quebrada...
—Mírame.
Todo desaparece antes de que consiga aferrarme al recuerdo.
Llevo una mano a la sien e intento recuperar el aliento.
—¿Te encuentras bien?
Levanto la vista.
Él ha acortado la distancia entre nosotros. Apenas un paso.
Y, sin embargo, es suficiente para que la frialdad con la que me observaba hasta hace unos segundos ya no parezca la misma.
—Sí —miento—. Solo me duele un poco la cabeza.
Él no parece creerme. Sus ojos recorren mi rostro con una intensidad que consigue ponerme nerviosa. No es la forma en que alguien mira a un desconocido; es la de quien busca desesperadamente confirmar que aquello que tiene delante existe de verdad.
—Deberías volver.
Parpadeo, desconcertada.
—¿Así de rápido me estás echando?
—Seraphine te está buscando.
Lo observo unos segundos antes de fruncir el ceño.
—¿Cómo sabes que estoy con Seraphine?
No responde.
Claro.
Empiezo a sospechar que el silencio no es una costumbre suya, sino una forma de mantener a todo el mundo a distancia.
Sonrío de lado.
—Ajá... Ahora sí me dio curiosidad.
Por primera vez parece perder el control de la conversación. Desvía la mirada hacia las flores con una naturalidad demasiado estudiada, como si acabara de darse cuenta de que ha dicho más de lo que pretendía.
No puedo evitar sonreír.
Hay algo extrañamente satisfactorio en verlo incómodo. Apenas un instante, apenas un gesto, pero suficiente para romper la serenidad casi sobrenatural que lo envuelve.
Y descubro, para mi propia sorpresa, que molestarlo resulta muchísimo más divertido de lo que debería.