No sé en qué momento exacto mi vida dejó de ser “normal”. A veces pienso que fue un día cualquiera, uno de esos en los que el sol entra por la ventana como si nada pudiera romperse. Pero se rompió. Y no hizo ruido.
Me llamo Dara. Y antes de que todo cambiara, yo era solo una adolescente más con sueños demasiado grandes para mi realidad. Pero mi vida dio un giro de la noche a la mañana. Un giro que me hizo reinventarme, crecer de repente ... pero déjenme contarles algo: No hay dificultades grandes porque los sueños sí se cumplen
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Capítulo 19 El último adiós al pasado
A veces la vida no te pide que olvides.
Solo te pide que cierres una puerta.
Y para cerrarla, primero debes atreverte a mirar lo que hay detrás de ella.
Aquella mañana no sabía que estaba a punto de despedirme de dos fantasmas al mismo tiempo.
Uno pertenecía al pasado de Fabio.
El otro...
Al mío.
La cafetería Aurora estaba tranquila.
Era una de esas mañanas en las que el aroma del café parecía envolver cada rincón del local.
Fabio estaba detrás del mostrador.
Mateo, como siempre, ocupaba el centro de su universo.
Sentado sobre una de las mesas de trabajo, intentaba convencer a Fabio de que una cuchara era en realidad un avión.
—Está volando. —Decía Mateo con un habla aún torpe
—Claro que sí. — Respondía Fabio.— Solo cuida de que no se estrelle
La carcajada de Mateo llenó el local.
Y yo sonreí desde donde estaba.
Porque aquella escena seguía teniendo el poder de hacerme feliz.
Fue entonces cuando la puerta se abrió.
Y Valeria entró.
Por un instante sentí tensión.
Instintivamente.
Como siempre ocurría cuando ella aparecía.
Pero algo era diferente.
Su expresión.
La forma en que caminaba.
La tristeza tranquila en sus ojos.
Parecía una mujer cansada de luchar.
Fabio también lo notó.
—Valeria.
Ella sonrió suavemente.
—Hola.
Hubo un silencio breve.
Y entonces dijo algo que ninguno esperaba.
—No vine a causar problemas.
Fabio la observó con cautela.
—Entonces ¿para qué viniste?
Valeria tomó aire.
Y por primera vez desde que la conocía pareció completamente sincera.
—Para despedirme.
El silencio se extendió.
Yo me quedé inmóvil.
Fabio también.
—Me voy de la ciudad. —Continuó.—Creo que ya es hora.
Algo en su voz me hizo comprender que hablaba en serio.
Valeria bajó la mirada.
—Pasé demasiado tiempo intentando recuperar algo que ya había perdido.
Fabio no respondió.
Y ella sonrió con tristeza.
—Supongo que una parte de mí creyó que podía regresar y encontrar todo exactamente como lo dejé. — Su mirada fue hacia Fabio. —Pero la vida no funciona así.
Luego me miró a mí.
—Y tampoco el amor.
No supe qué decir.
Porque aquella mujer que estaba frente a mí parecía muy distinta de la que había intentado separarnos.
Más humana.
Más vulnerable.
Más triste.
—Lo siento.
Dijo finalmente.
La frase quedó suspendida entre nosotros.
—¿Qué?
Pregunté.
—Todo. —Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Las mentiras. Las fotos. Las manipulaciones. Las heridas que intenté provocar.
Miró a Fabio.
—No fui justa contigo. —Luego volvió a mirarme. —Ni contigo.
Nadie habló durante varios segundos.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Mateo extendió los brazos hacia Fabio.
—Papá.
Fabio lo levantó automáticamente.
Como siempre.
Y Valeria sonrió.
Una sonrisa auténtica.
Sin amargura.
Sin resentimiento.
Entonces se acercó al pequeño.
—Hola, campeón.
Mateo la observó curioso.
Ella acarició suavemente su cabello.
Y después dijo algo que me hizo contener la respiración.
—Pórtate bien con tu papá. —Valeria sonrió entre lágrimas. —Y cuídalo mucho.
Mateo asintió con total seriedad.
Como si hubiera entendido cada palabra.
— Es un gran hombre.
Fabio y yo nos miramos unos segundos
Fue una despedida sencilla.
Sin grandes discursos.
Sin dramatismo.
Solo el final de una historia que había terminado hacía mucho tiempo.
Y cuando se marchó...
Por primera vez sentí que realmente se había ido.
Para siempre.
Horas después estaba sentada en mi automóvil frente al edificio gris del reclusorio.
Las manos me temblaban.
No sabía cuántas veces había pensado en dar marcha atrás.
Decenas
Quizás cientos.
Pero al final entré.
Porque había llegado el momento de mirar a mi pasado a los ojos.
Y decirle adiós también a la incertidumbre
El funcionario me condujo hasta una sala de visitas.
El lugar era frío.
Impersonal.
Triste.
Y cuando finalmente lo vi entrar...
Sentí algo extraño.
No odio.
No miedo.
Ni siquiera rabia.
Solo vacío.
Porque aquel hombre no significaba nada para mí.
Absolutamente nada.
Se sentó frente a mí.
Y durante varios segundos simplemente nos observamos.
—Así que eres tú.
Dijo finalmente.
Su voz sonaba nerviosa.
Yo asentí.
—Sí.
Él sonrió con amargura.
—Pensé en este momento muchas veces.
—Yo no, de hecho ni sabía que existías
Mi sinceridad lo hizo bajar la mirada.
—Lo imaginé.
Silencio.
Incómodo.
Pesado.
Hasta que reuní valor.
—¿Por qué? — le pregunté solamente
Levantó la vista.
—¿Qué?
—¿Por qué yo? — Mi voz tembló.—¿Por qué me escogiste a mí?
El hombre cerró los ojos unos segundos. Y cuando volvió a abrirlos parecía derrotado.
—Porque era un idiota.
Aquella respuesta no era suficiente.
Y ambos lo sabíamos.
—Explícate.
Tomó aire.
—Llevaba meses observándote.
Sentí escalofríos.
—¿Qué? — no podía creerlo
—Estaba enamorado de ti.
La confesión me produjo rechazo inmediato.
— ¿Como me conocías?
Su sonrisa fue amarga.
Bajó la mirada.
—Te veía llegar a la escuela.
Te veía con tus amigas.
Te veía escribir en tus cuadernos a la hora del descanso
Mi piel se erizó.
—¿Y eso te llevó a hacerme daño? Eso no es amor
—Lo sé ahora. —Guardó silencio. —Pero entonces estaba convencido de que sí. — Negó con la cabeza.—Y también sabía que jamás me mirarías.
—¿Por qué?
—Porque pertenecíamos a mundos diferentes.
Su mirada encontró la mía.
—Tus padres jamás habrían aceptado a alguien como yo.
Sentí una mezcla de rabia y tristeza.
Porque nada justificaba lo que había hecho.
Nada.
—¿Y por eso destruiste mis sueños, mi vida?
Su rostro se quebró.
—Lo siento.
—No, no tienes el derecho de pedir perdón —Negué lentamente.—Lo sientes porque te atraparon.
No respondió.
Y aquel silencio fue suficiente.
Entonces cambió de tema.
—Me dijeron que tengo un hijo.
Mi cuerpo se tensó inmediatamente.
—Sí, es cierto
—¿Puedo conocerlo?
La respuesta salió antes de que terminara la pregunta.
—No.
El hombre me miró como si suplicara
—Solo una vez.
—No — dije firme
—Tengo derecho.
Aquellas palabras despertaron algo feroz dentro de mí.
Algo profundamente maternal.
—No hables de derechos —Mi voz sonó fría.—Porque renunciaste a cualquier derecho el día que me hiciste daño.
El silencio fue absoluto.
—Saldré en un par de años. —Dijo finalmente.—Y me gustaría tener una oportunidad.
Lo observé sin comprender.
—¿Una oportunidad?
— De enmendar mis errores. Contigo.
Sentí incredulidad.
Y después rabia.
—¿Qué?
—Y con mi hijo.
Me puse de pie inmediatamente.
—¡Eso jamás va a ocurrir!
Su expresión cambió.
—¿Por qué?
—Porque estoy comprometida.
Mis ojos se llenaron de determinación.
—Y porque mi hijo ya tiene un padre.
El hombre apretó los puños.
—Sigue siendo mi hijo.
—No.
Mi voz fue firme.
—Es el hijo del hombre que lo ama. Que lo cuida. Que está presente. Que se despierta cuando tiene fiebre. Que juega con él. Que lo abraza cuando tiene miedo. — Tomé mi bolso. — Tú solo compartes su sangre.
Aquellas palabras parecieron golpearlo.
Pero eran verdad.
La más absoluta verdad.
—Lamento que nuestras vidas comenzaran así. — Le dije —Pero tampoco te quiero cerca ahora. Ni de mí.
Ni de Mateo.
Mi voz se quebró apenas.
—Porque haría cualquier cosa para proteger a mi hijo. Cualquier cosa.
Me giré.
Y caminé hacia la puerta.
— Espera Dara — Me detuve.—¿Volverás?
Cerré los ojos.
Y pensé en Fabio.
En Mateo.
En la vida que estaba construyendo.
En el futuro que deseaba.
Luego abrí los ojos.
—No. — Rotundamente. Definitiva. —Espero no volver a verte nunca más.
El hombre bajó la cabeza.
Y por primera vez sentí lástima por él.
No por lo que había perdido.
Sino porque nunca entendería lo que significaba realmente amar.
Antes de salir, pronuncié las últimas palabras que tendría para él.
—Aun así...Gracias.
Levantó la vista confundido.
—¿Gracias?
Las lágrimas llenaron mis ojos.
Y una sonrisa pequeña apareció en mis labios.
—Por Mateo.
Porque él era lo mejor que había nacido de la peor noche de mi vida.
Y nada ni nadie podría cambiar eso.
Entonces me marché.
Y mientras caminaba hacia la salida, sentí algo que no había sentido en años.
Libertad.
Porque finalmente había dejado el pasado donde pertenecía.
Detrás de mí.
Más valiente 👏👏👏👏👏