Ethan es un joven que vive la vida a través de un cristal hasta que el destino le enseña que no todo lo que brilla es oro.
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Asegurando un viaje.
Anelly sabía que no podía quedarse de brazos cruzados en la propiedad de Passy. La perspectiva de que su protector cruzara la frontera dejándola a merced de París, y de la sombra acechante de Ethan Dragomir; era un lujo que su instinto de supervivencia no se podía permitir. Por la tarde, envolviéndose en la estola de visón que Leandro le había regalado esa misma madrugada, abordó un coche de punto con rumbo directo a la mansión principal de los Leroux.
Esta vez, el ambiente en las grandes rejas de hierro era distinto. El guardia de la garita, tras consultar una lista de control en la entrada, asintió con gravedad y le franqueó el paso.
Al cruzar el opulento vestíbulo de mármol, Anelly fue conducida hacia el salón de la biblioteca, donde el tintineo de las tazas de porcelana y un silencio espeso delataban una reunión familiar de alta tensión. Allí, junto a una imponente chimenea de piedra, se encontraba Elean acompañado por sus padres: Don Augusto Leroux, el patriarca de la dinastía industrial, un hombre de mirada severa y sienes plateadas, y Doña Martha Leroux, una matrona de la alta aristocracia cuya elegancia natural siempre resultaba intimidante.
En cuanto sus ojos azules se cruzaron con los de Elean, Anelly no esperó a que nadie hablara. Rompió en un llanto amargo, desgarrador, cubriéndose el rostro con las manos enguantadas mientras sus hombros se sacudían por el dolor fingido.
—¡Elean... oh, Dios mío, perdóname por irrumpir así! —exclamó con la voz quebrada, dejándose caer en uno de los sillones de terciopelo.
Con una maestría digna de los mejores teatros de Europa, Anelly desplegó una nueva farsa trágica, conectando de forma brillante la mentira que le había dicho a Leandro unas horas antes. Les contó que sus padres habían sufrido un terrible accidente automovilístico en el sur. Entre sollozos, aseguró que sus abogados apenas le habían notificado que ambos estaban fuera de peligro, pero que al intentar viajar para estar con ellos, le habían negado la dirección exacta del hospital por orden expresa de su propio padre, quien insistía en que su presencia no era necesaria ni requerida.
—Es lo mismo de siempre... —sollozó Anelly, secándose una lágrima invisible con un pañuelo de encaje—. Solo me quieren para firmar las acciones de las franquicias, pero cuando pasa algo así, me desprecian. Me siento tan sola, Elean... Mi propia familia no me quiere.
Don Augusto, un hombre de negocios implacable en los despachos pero propenso a mantener las apariencias de la caballerosidad cristiana, se conmovió profundamente al ver el desamparo de la joven. No sospechaba en absoluto que la comedia de las franquicias era un invento para justificar su falta de pasado.
—Es una crueldad inaceptable.—declaró Don Augusto, carraspeando con severidad—. Ninguna hija debería recibir ese trato en un momento tan delicado.
Lo que Anelly ignoraba en ese instante era que la mansión Leroux venía de vivir su propia noche de pesadilla, la verdadera razón por la que el acceso le había sido restringido el día anterior. El mundo perfecto de la dinastía se había puesto de cabeza: Elean acababa de descubrir que su madre biológica, una mujer del pasado que Elean había intentado sepultar había reaparecido para desenterrar los secretos de cuna de la familia, dejando a Elean sumido en una crisis de identidad mucho más profunda que el primer abandono.
Doña Martha Leroux, sentada al otro lado de la mesa, observaba el llanto de Anelly con una rigidez de piedra. A Martha nunca le había agradado esa amistad. Para sus ojos educados en la vieja aristocracia, Anelly Rosseau siempre se le había hecho una mujer vulgar, una trepadora de modales demasiado ensayados y perfumes excesivamente densos que orbitaba a su hijo por puro interés.
—Quizá lo mejor sea que regreses a descansar a tu residencia, Anelly —sugirió Doña Martha con una voz gélida que cortaba el aire—. Nuestra familia está pasando por un momento... estrictamente privado.
Sin embargo, Don Augusto, buscando desesperadamente una forma de distraer a Elean de la tormenta de su origen biológico, interrumpió a su esposa.
—Deberiamos cancelar el viaje. No dejaremos a la señorita sola en un hotel en su estado —decretó el patriarca, mirando a su hijo
—No por favor. —Interrumpió Anelly. —No tiene por qué cancelar sus planes.
—En ese caso, haremos ese viaje de cinco días a las propiedades de la montaña que planeamos para despejar la mente. Anelly vendrá con nosotros. Te vendrá bien la compañía de tu amiga, y a ella le sentará bien salir de París.
La propuesta cayó como un balde de agua fría en el salón. Ni Elean, consumido por el dolor, ni su madre Martha estaban de acuerdo con la invitación. Elean la quería como a una hermana, pero en ese momento de quiebre espiritual, la presencia de la rubia le resultaba un ruido innecesario; Martha, por su parte, sentía una repulsión instintiva ante la idea de compartir cinco días de intimidad familiar con alguien que consideraba una amenaza.
Sin embargo, bajo la estricta autoridad de Don Augusto y la necesidad de mantener la fachada de unidad, ninguno de los dos pudo decir nada. Elean se limitó a asentir con la mirada perdida en el fuego, y Martha apretó los labios, desviando la vista hacia el ventanal.
Esa noche, el plan de Ethan Dragomir volvió a retrasarse por los caprichos del destino. Anelly se quedó a dormir en una de las habitaciones de huéspedes de la mansión principal, protegida y cobijada por el apellido más poderoso de la región. Mientras se deslizaba entre las sábanas finas de los Leroux, la rubia sonrió en la oscuridad. Había conseguido un escudo de cinco días lejos de las calles de París, un boleto de escape gratuito y la seguridad de que, por ahora, el monstruo de Transilvania tendría que esperar en las sombras para cobrar su deuda.