En las calles de Maipú, una promesa sellada con el corazón se convierte en un vínculo que ni siquiera la muerte puede vencer
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PRÓLOGO
Dicen que el tiempo cura las heridas, pero yo sé que no es verdad.
Hay errores, palabras y actos que se graban en el alma para siempre, como una marca que nunca se borra, por mucho que pasen los años.
Esta es nuestra historia, tal como sucedió: sin adornos, sin excusas, solo con la verdad de lo que sentimos, de lo que nos hicieron creer y de lo que yo fui capaz de hacer cegado por el dolor.
Todo ocurrió aquí, en Maipú, el barrio donde nacimos, donde crecimos y donde aprendimos que el amor también puede romperse por mentiras, y que el remordimiento puede durar toda una vida.
Yo tenía 13 años cuando empecé a verla con otros ojos, y ella tenía la misma edad.
Vivíamos a solo tres casas de distancia, íbamos al mismo colegio, compartíamos las tardes en la plaza y crecimos respirando el mismo aire, con la cordillera de fondo y el olor a pan de la esquina que nos acompañaba siempre.
Nicole era inconfundible: rubia, con el cabello que brillaba como luz de sol y unos ojos verdes claros que parecían ver más allá de todo lo que nos rodeaba.
Su color favorito era el rosa; siempre llevaba algo de ese tono, como si quisiera llevar la dulzura en cada paso.
Yo, en cambio, soy de pelo castaño claro y ojos grises, más callado, más reservado, y me gustaba el negro: un color que me hacía sentir seguro, aunque por dentro a veces me sentía más frágil de lo que parecía.
Nos hicimos novios con la inocencia de nuestra edad, pero con un sentimiento que parecía más grande que nosotros mismos.
Nos prometimos que nada nos separaría, que confiaríamos el uno en el otro por encima de todo.
Pero en los barrios también crece la maldad, y hubo quienes no soportaban vernos tan unidos.
Cuando teníamos poco más de 14 años, empezaron a llegar noticias que no eran ciertas, pero que nos llegaron como puñaladas.
A mí me contaron algo que me destrozó por completo: me dijeron que ella se había acostado con otro hombre, que ya no me quería, que había entregado su confianza a otra persona.
Y a ella, por su parte, le hicieron creer que yo la engañaba con otras chicas, que mis palabras eran vacías y que ya no le guardaba ningún respeto.
No fueron nuestros padres quienes nos alejaron —fueron esas mentiras, sembradas con mala intención, que entraron en nuestra mente y en nuestro corazón sin darnos tiempo de comprobar nada.
La confianza, que habíamos construido poco a poco, se rompió en cuestión de días.
Y llegó el momento más oscuro de todos: ya vivíamos juntos, compartíamos el mismo techo, pero yo llegué una tarde completamente destrozado, furioso, cegado por lo que me habían contado y sin poder pensar con claridad.
Enloquecido por el dolor y la rabia, sin detenerme a preguntar, sin escucharla siquiera, actué sin pensarlo dos veces: abusé de ella, le causé daño físico y emocional, rompiendo todo lo que habíamos construido, sin medir el daño que le hacía ni el error que estaba cometiendo.
Ese acto nos separó de golpe, más fuerte que cualquier prohibición o cualquier mentira.
Ella se alejó, dolida y confundida, y yo me quedé con la culpa y la duda, sin saber bien qué había pasado realmente, pero sabiendo que había hecho algo imperdonable.
Pasaron meses de silencio, de preguntas sin respuesta, hasta que cumplimos los 15 años. Con el tiempo, las mentiras se fueron deshaciendo: empecé a hablar con vecinos, a juntar datos, hasta que por fin descubrí toda la verdad: nada de lo que nos habían dicho era real.
No hubo otro hombre, ni otras chicas, solo palabras inventadas para destruirnos.
Con el corazón en la mano y cargado de remordimiento, fui a buscarla.
El reencuentro fue difícil, lleno de lágrimas y de explicaciones, pero el amor que nos unía desde los 13 años seguía ahí, aunque herido.
Poco a poco logramos volver a estar juntos, intentando sanar lo que se había roto, sabiendo que nada sería igual, pero con la esperanza de empezar de nuevo.
Fue entonces, en esos días de calma recuperada, cuando alguien le hizo la pregunta que marcaría para siempre nuestras vidas.
—Nicole, dicen que a pesar de todo sigues queriéndolo con toda tu alma…
¿Qué harías tú por amor?
¿Hasta dónde llegarías?
Ella me miró fijamente, a mis ojos grises que tanto le gustaban, y respondió sin dudar ni un segundo, con voz suave, pero llena de convicción.
—Yo daría mi vida por él.
No hay nada que no haría para que él siga bien.
Esas palabras no fueron un juego.
Nicole amaba con la verdad, y por amor estaba dispuesta a lo más grande, incluso después de todo el daño que yo le había causado.
Esta es nuestra historia: la de dos jóvenes que crecieron en Maipú, que se amaron desde los 13 años, que fueron engañados, que cometimos errores terribles, que nos separamos por mentiras y por mi propia locura, que volvimos a encontrarnos a los 15 años y que al final ella cumplió su promesa al pie de la letra.
Hoy yo cuento esto para que se sepa: hubo una chica rubia de ojos verdes, que amaba el rosa, que sufrió daño por culpa de mentiras y de mi ceguera, y que aun así entregó su vida por el muchacho de pelo castaño claro y ojos grises que amaba el negro.
Y que ese amor, aunque lleno de errores y dolor, sigue vivo en cada rincón de este barrio.