En un mundo donde lobos y vampiros se odian desde generaciones, Aiden descubre que no es solo un joven universitario ordinario, sino el heredero de una de las más poderosas líneas Alfa. Criado en el mundo humano, sin saber quién es, su vida cambia cuando empieza a tener visiones, sueños extraños y un poder que no puede controlar. Junto a Lyra, una guardiana de la que se enamora, Aiden se enfrenta a un enemigo ancestral: la sombra, nacida del miedo de la creación. En su búsqueda de identidad, Aiden deberá descubrir quién es realmente, equilibrar las fuerzas que lo han perseguido y, solo a través del amor y la elección, cambiar el destino de su mundo, donde la verdad es la única fuerza capaz de unir aquello que el odio dividió.
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Capítulo 7: El regreso al mundo oculto
El amanecer llegó envuelto en una neblina espesa.
Aiden permanecía de pie frente a la pequeña casa donde había vivido toda su vida. Llevaba una mochila con apenas algunas mudas de ropa, un cuaderno de la universidad, varias fotografías con Noah y Rowan, y el reloj que este último le había regalado en su decimoctavo cumpleaños.
Nunca imaginó que despedirse de una casa pudiera doler tanto.
Rowan cerró la puerta con llave y guardó la llave en un bolsillo.
—Supongo que ya no volveremos aquí —dijo con tristeza.
—¿La venderás?
El anciano negó con la cabeza.
—No. Siempre será tu hogar, por si algún día necesitas recordar quién fuiste.
Aiden recorrió con la mirada el jardín donde había jugado de niño.
Por un instante deseó que todo hubiera sido una pesadilla.
Pero el olor del bosque, que llegaba incluso hasta allí, le recordaba que nada volvería a ser igual.
Antes de partir, sacó su teléfono.
Había decenas de mensajes de Noah.
¿Dónde estás?
El entrenador está furioso.
¿Sigues vivo?
Respóndeme, idiota.
Aiden sonrió con nostalgia.
Escribió una sola respuesta:
"Necesito irme por un tiempo. Perdón por no poder explicarlo. Gracias por ser mi hermano todos estos años."
Miró la pantalla durante varios segundos antes de enviarlo.
Sintió que estaba dejando atrás una vida entera.
El viaje comenzó por carretera.
Durante horas atravesaron montañas, bosques y pueblos cada vez más pequeños.
Conforme avanzaban, el paisaje se volvía más salvaje.
Las señales de teléfono desaparecieron.
Las carreteras asfaltadas dieron paso a caminos de tierra.
Finalmente, Boreas detuvo el vehículo frente a un enorme acantilado.
—Hemos llegado.
Aiden bajó del automóvil y miró a su alrededor.
No había nada.
Solo árboles, rocas y el sonido de una cascada cercana.
—¿Aquí?
—Mira con atención.
Boreas apoyó una mano sobre una roca cubierta de musgo.
Un antiguo símbolo comenzó a brillar con un resplandor plateado.
El aire vibró.
Frente a ellos, el paisaje empezó a distorsionarse como si fuera el reflejo de un lago.
Poco a poco apareció un inmenso valle oculto.
Montañas gigantescas rodeaban una ciudad construida con piedra gris y madera oscura.
En lo alto de una colina se alzaba un enorme castillo parcialmente reconstruido.
Banderas con el emblema de un lobo plateado ondeaban al viento.
Aiden quedó sin palabras.
—Es... imposible.
—Bienvenido al Reino Oculto —dijo Boreas.
—Tu verdadero hogar.
Mientras descendían por el sendero, decenas de personas comenzaron a detenerse para observarlos.
Algunos vestían ropas modernas.
Otros llevaban armaduras de cuero.
Todos tenían algo en común.
Sus ojos.
Dorados.
Plateados.
Azules.
Ninguno era completamente humano.
Los murmullos crecían a su paso.
—¿Es él?
—No puede ser...
—Dicen que murió hace diecinueve años.
—Se parece muchísimo al antiguo Alfa Kael.
Aiden comenzó a sentirse incómodo.
Nunca le había gustado ser el centro de atención.
Al llegar a la plaza principal, un grupo de guerreros les cerró el paso.
El líder era un hombre corpulento de barba oscura y mirada severa.
Llevaba una gran espada a la espalda.
—Alfa Boreas.
Boreas inclinó la cabeza.
—General Darius.
El hombre desvió la mirada hacia Aiden.
Lo observó de arriba abajo.
Sin ocultar su desconfianza.
—¿Este muchacho es el supuesto heredero?
—Lo es.
Darius soltó una risa seca.
—Lo único que veo es un humano asustado.
Aiden sintió que aquellas palabras le dolían más de lo que esperaba.
Boreas permaneció en silencio.
Quería ver cómo reaccionaba.
El joven respiró hondo.
—No he venido a demostrarle nada a usted.
He venido porque necesito respuestas.
Darius arqueó una ceja.
—Tiene valor.
Pero el valor no convierte a nadie en Alfa.
Muchos hombres murieron defendiendo este reino.
No aceptaré como líder a alguien solo porque lleve la sangre adecuada.
Aiden sostuvo su mirada.
—Entonces me ganaré ese derecho.
No con mi apellido.
Con mis acciones.
Por primera vez, una leve sonrisa apareció en el rostro del viejo general.
—Eso... ya suena un poco mejor.
Pero el camino será mucho más difícil de lo que imaginas.
Desde una de las ventanas del castillo, una joven de ojos ámbar observaba la escena en silencio.
Era la misma chica del parque.
Al verla, el corazón de Aiden volvió a acelerarse.
Ella también lo reconoció.
Y, por primera vez desde que llegaron, sonrió.
Sin embargo, detrás de la joven, una anciana de cabello plateado habló con preocupación:
—Princesa... si él descubre quién eres tan pronto... la paz que tanto hemos protegido podría desaparecer para siempre.
La sonrisa de la muchacha se desvaneció.
Porque el mayor de sus secretos aún estaba a salvo.
Y revelarlo... podía desencadenar una nueva guerra.