Bajo el velo de una sumisa y angelical monja que sana a los heridos en una ciudad infestada de demonios y avaricia corporativa, Verónica oculta una fuerza colosal y destructiva que late en sus mechas carmesíes, esperando el momento exacto para desatar a la bestia sagrada que lleva dentro.
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Capítulo 16: Los Primeros Susurros del Abismo
Los primeros síntomas no llegaron con rugidos ni portales espectaculares. Llegaron como una enfermedad lenta y silenciosa que se filtraba en la realidad misma.
Cuatro días después de la llegada del contingente vaticano, la ciudad despertó con una sensación colectiva de malestar indefinible. No era solo cansancio postraumático por la invasión de zánganos. Era algo más profundo. En los refugios del Distrito Medio, la gente comenzó a reportar pesadillas idénticas: figuras altas con armaduras de obsidiana que los observaban desde rincones oscuros, susurrando nombres de seres queridos muertos. Los niños se despertaban llorando, diciendo que “las estrellas se habían vuelto rojas y las miraban”.
Mateo Ruiz caminaba por los pasillos del Centro Cívico Aurora junto a Elena Vargas cuando recibieron el primer reporte oficial del equipo vaticano.
—Hermano Mateo —dijo el Padre Luca Moretti, uno de los exorcistas llegados de Roma—, hemos detectado fluctuaciones en el velo. No son fisuras nuevas. Son… respiraciones. Como si algo al otro lado estuviera inhalando y exhalando lentamente.
Elena frunció el ceño, ajustando la correa de su rifle.
—¿Respiraciones? Eso suena demasiado poético para lo que estamos viviendo.
—Literalmente —respondió Moretti—. Los sensores dimensionales registran pulsos rítmicos de energía abisal. Cada seis horas y cuarenta y siete minutos. Se está sincronizando.
Mateo sintió un escalofrío. Miró hacia el exterior, donde el cielo tenía un tinte ligeramente más rojizo de lo normal, aunque los meteorólogos lo atribuían a contaminación residual.
En los Barrios Bajos, ahora parcialmente reocupados por los más tercos, los síntomas eran más físicos. Plantas que crecían en grietas del pavimento comenzaron a marchitarse y luego a retorcerse en formas que recordaban mandíbulas. El agua de algunos grifos salía con un leve sabor metálico y un olor a azufre que no desaparecía con filtros. Los animales callejeros —perros y gatos que habían sobrevivido— empezaron a mirar fijamente hacia un mismo punto en el horizonte durante horas, gruñendo sin motivo aparente.
El Cardenal Rossi había establecido un centro de comando conjunto en una sala reforzada del convento. Allí, Verónica presentaba sus observaciones actualizadas.
—Los informes de campo muestran un patrón —dijo ella con voz calmada, señalando un mapa holográfico—. Las pesadillas se concentran en un radio de tres kilómetros alrededor de las fisuras principales. Además, hay un aumento del 340% en casos de ira irracional entre supervivientes. No es trauma normal. Es influencia externa.
Rossi asintió con gravedad.
—Sus análisis siguen siendo impecables, Sor Verónica. El Vaticano ha autorizado rituales de contención de nivel alto. Pero me preocupa que esto sea solo el preludio.
Mientras tanto, en la Torre Hélix, Marcus Hale revisaba reportes internos con expresión tensa. Elena, su esposa, estaba sentada frente a él en la oficina privada, cruzando las piernas con elegancia mientras leía una Tablet.
—Los síntomas ya son visibles —dijo Marcus—. Nuestros laboratorios detectaron contaminación abisal en tres reservas de agua premium. Los clientes comienzan a quejarse. Eclipse y Kurogane están sufriendo lo mismo, pero intentan ocultarlo.
Elena levantó la mirada con indiferencia.
—¿Y qué piensas hacer?
—Reforzar la narrativa. Decir que esto es consecuencia de la inacción de la Iglesia. Aunque… —Marcus dudó por primera vez—. Los datos internos muestran que las fisuras se están expandiendo de forma orgánica. Como si algo las estuviera alimentando desde dentro.
Elena no respondió. Siguió bebiendo su café, observando la ciudad desde la ventana. Para ella, todo seguía siendo parte del mismo espectáculo distante.
Los síntomas empeoraron al segundo día.
En una patrulla mixta por el límite del Barrio Bajo 17, Mateo, Elena y un equipo vaticano encontraron el primer caso físico grave. Un hombre de mediana edad, antiguo residente que se había negado a evacuar completamente, estaba arrodillado en medio de la calle. Sus ojos estaban completamente negros, sin blanco visible, y hablaba en un idioma que ninguno reconocía, pero que los exorcistas identificaron como dialecto abisal antiguo.
—Está poseído —dijo el Padre Moretti—. Pero no por un demonio común. Es un susurro de masa. Está conectado a algo mayor.
Elena levantó su rifle, pero Mateo la detuvo.
—Espera. Intentemos el ritual primero.
Mientras realizaban el exorcismo, el hombre comenzó a reír. De su boca salieron pequeñas moscas negras que se disolvieron en humo al tocar el suelo bendito. El incidente fue contenido, pero dejó una sensación de que esto era solo el comienzo.
En los refugios, los casos de violencia doméstica aumentaron un 280%. La gente discutía por nada. Amigos de años se gritaban. Madres abrazaban a sus hijos con demasiada fuerza, como si temieran que algo se los fuera a llevar.
El Cardenal Rossi convocó una reunión de urgencia.
—Esto no es una segunda oleada de zánganos —declaró—. Es preparación. Están ablandando el terreno. Corrompiendo la mente colectiva antes de enviar fuerzas mayores.
Verónica escuchaba en silencio. En su interior, la otra faceta se agitaba con más fuerza. Sentía el aliento del Abismo. Sabía que el Caballero del que había tenido visiones fugaces en sus meditaciones se estaba preparando.
Al tercer día, los síntomas se volvieron imposibles de ignorar.
En el Distrito Financiero, varios ejecutivos de nivel medio comenzaron a tener alucinaciones colectivas durante una junta: vieron sus propias sombras separarse de sus cuerpos y susurrarles secretos corporativos. Tres de ellos intentaron suicidarse. En los Barrios Bajos, un grupo de niños dibujaba las mismas figuras altas y cornudas en todas las paredes disponibles.
Mateo y Elena, ahora prácticamente inseparables en las operaciones, lideraron una purificación masiva en uno de los refugios más afectados. Trabajaron durante seis horas seguidas, combinando bendiciones vaticanas con la ferocidad callejera de los Vigilantes del Umbral.
—Esto es peor que pelear contra zánganos —dijo Elena mientras limpiaba sudor e icor de su rostro—. Es como si nos estuvieran atacando desde dentro.
Mateo asintió, exhausto.
—Están probando nuestras divisiones. Quieren que nos volvamos contra nosotros mismos antes de atacar directamente.
Esa noche, después de un día agotador de contención y reuniones estratégicas, Verónica regresó a su celda en el convento.
Cerró la puerta con llave, algo poco común en ella. Se quitó el hábito lentamente, doblándolo con cuidado sobre una silla. Debajo, llevaba un top deportivo negro ajustado y unos jeans oscuros desgastados que había conseguido en una donación años atrás y que solo usaba en la privacidad absoluta de su habitación.
Por primera vez en mucho tiempo, se permitió verse a sí misma sin el velo de la monja.
Verónica se paró frente al pequeño espejo de cuerpo entero que tenía oculto detrás de un armario. Su cuerpo era una contradicción hermosa y letal. Medía un metro ochenta de estatura, con proporciones que habrían hecho palidecer a cualquier modelo profesional: busto de 80 cm, cintura estrecha de 60 cm y caderas de 90 cm que creaban una silueta de reloj de arena poderosa. Sus músculos, forjados por años de disciplina inhumana, no eran voluminosos, sino densos y definidos: abdominales marcados que se movían como placas de acero bajo la piel, brazos tonificados con venas sutiles, piernas largas y poderosas capaces de generar la fuerza sísmica que había usado en secreto.
Las mechas carmesíes en su cabello rubio dorado caían libres sobre sus hombros, que Caían libremente por los lados de su cuello, brillando con vida propia bajo la luz tenue de la vela.
Verónica comenzó su rutina de ejercicios en silencio. Primero, flexiones diamante perfectas, bajando hasta casi tocar el suelo con el pecho y subiendo con control absoluto. Cien repeticiones sin pausa. Su respiración permanecía calmada, casi imperceptible. Luego pasó a dominadas en una barra improvisada que había instalado discretamente en el techo de la celda. Cada repetición era fluida, explosiva. Sus músculos se tensaban como cables de acero, revelando la fuerza contenida que podía generar terremotos localizados con un solo golpe.
Hizo sentadillas con peso corporal, luego planchas de varios minutos, y finalmente una serie de golpes y patadas en el aire que cortaban el viento con un sonido sordo. Cada movimiento era preciso, letal. Su cuerpo se movía con la gracia de una bailarina y la potencia de una máquina de guerra.
Mientras entrenaba, sus pensamientos fluían con claridad.
«El Abismo respira. Siento su Caballero. Siento al Príncipe detrás de él. Pronto tendré que dejar de contenerme.»
El sudor brillaba en su piel palida, resaltando cada curva y cada músculo definido. No era vanidad lo que la movía. Era preparación. Mantenía ese cuerpo como un arma, igual que mantenía su mente como un templo y su otra faceta como una bestia encadenada.
Después de casi noventa minutos de entrenamiento intenso, Verónica se detuvo frente al espejo. Respiraba con normalidad. Su cuerpo, brillante por el esfuerzo, mostraba la perfección atlética y femenina que ocultaba bajo el hábito holgado: senos firmes y elevados, cintura imposiblemente estrecha, caderas anchas y glúteos redondeados y poderosos, piernas largas con músculos definidos que podrían patear a través de acero demoníaco.
Se pasó una mano por el abdomen marcado y luego por las mechas carmesí.
—Todavía no —susurró—. Pero pronto.
Se duchó rápidamente con agua fría en el pequeño baño adjunto, se puso un camisón blanco sencillo y se arrodilló frente al crucifijo, como siempre. La bestia sagrada en su interior se calmó ligeramente después del ejercicio.
Afuera, los primeros síntomas de la verdadera invasión continuaban extendiéndose. Pesadillas. Susurros. Corrupción lenta. El Abismo estaba preparando el terreno.
Y Verónica, en la intimidad de su celda, se preparaba para enfrentarlo.
**Escenas extendidas de los síntomas**
En los días siguientes, los síntomas se multiplicaron. Un sacerdote joven del contingente vaticano comenzó a hablar dormido en abisal. Varias novicias reportaron haber visto sombras con forma de caballeros observándolas desde los techos. En la Torre Helix, tres empleados se volvieron violentos sin motivo, atacando a compañeros.
Mateo y Elena reforzaron su alianza, creando equipos de respuesta rápida que combinaban fe y acción callejera. El Cardenal Rossi coordinaba con Verónica, quien seguía entregando informes precisos que guiaban las estrategias.
La ciudad contenía la respiración. Todos sentían que algo mucho peor se acercaba.
Y en su celda, Verónica continuaba su entrenamiento secreto cada noche, manteniendo ese cuerpo formidable listo para el momento en que ya no pudiera seguir escondiéndose.