A los 16 años, con 100,000 personas mirándome, sé que aquella niña de 9 años que quería ser youtuber no estaba loca, solo estaba adelantada . Y la persona que menos esperaba cambio mi destino
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El silencio de las 4:17 AM
Sabía quién era. O al menos, creía saberlo.
Ese roce de papel contra el suelo, ese susurro casi imperceptible que se colaba por debajo de la puerta... tenía que ser el vagabundo. La señora Marta lo había dicho: siempre rondaba en la madrugada, tocando puertas, dejando su rastro de confusión y alcohol. Era la explicación más lógica, la que me permitía dormir tranquila.
Pero cuando el sonido llegó, mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Estaba despierta, los ojos abiertos en la oscuridad, el corazón latiendo con una fuerza que no quería reconocer.
"No te levantes", me ordené. "Déjalo pasar. Mañana no habrá nada, como siempre."
Pero la duda era más fuerte. Necesitaba saber. Necesitaba confirmar que era él, que todo tenía una explicación mundana, que no había nada más allá de un hombre perdido y sus travesuras nocturnas.
Me levanté con cuidado, sintiendo el frío del piso bajo mis pies descalzos. Caminé en silencio hasta la puerta, conteniendo la respiración, y me asomé por la mirilla.
No había nadie.
El pasillo estaba vacío, iluminado por esa luz amarillenta y tenue que parpadeaba en las noches. No había sombras, no había figuras encorvadas, no había nada. Miré hacia abajo, buscando el sobre que había escuchado deslizarse, pero el suelo estaba limpio. Ni un papel, ni un sobre, ni una migaja.
Me quedé un momento confundida, apoyada contra la puerta, sintiendo la madera fría contra mi frente. "Lo escuché", me repetí. "No pudo ser mi imaginación. Lo escuché."
Pero no había pruebas. Solo el silencio del pasillo y mi propia respiración agitada.
Me alejé de la puerta con pasos lentos, sintiendo que algo no cuadraba. Caminé hacia la ventana de atrás, la que daba a la parte trasera del edificio, y descorrí la cortina. La ciudad se extendía frente a mí como un tapiz de luces titilantes, pequeños puntos brillantes que parpadeaban en la oscuridad. Era hermoso, ese silencio cómodo, esa tranquilidad que en mis antiguos tiempos era tan normal. El tipo de vista que solía contemplar cuando no podía dormir, cuando el insomnio era solo insomnio y no miedo.
El reloj de la pared marcaba las 4:17 AM.
"Iré a dormir", repetí en mi mente como un mantra. "Todo está bien. Solo fue un ruido. Mañana será otro día."
Me dirigí a la cama con total normalidad, o al menos, con la apariencia de normalidad. Me acosté, ajusté las sábanas, y cerré los ojos. El sueño tardó en llegar, pero llegó, y cuando lo hizo, no hubo sueños. Solo un negro profundo y vacío.
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Cuando abrí los ojos, la luz del sol entraba a raudales por la ventana. Parpadeé varias veces, desorientada, y busqué el reloj con la mirada.
11:00 AM.
"¿Once?" Me incorporé de golpe, sintiendo que mi cuerpo estaba más descansado de lo que recordaba.No había dormido tanto desde la universidad. Me quedé un momento sentada en la cama, procesando la idea, y finalmente encogí los hombros.
"Era falta de sueño", razoné. "Todas esas noches en vela, el estrés, la paranoia... mi cuerpo pidió su cuota."
Me levanté con una ligereza que no sentía desde hacía semanas. No había pesadillas, no había insomnio, no había sobres misteriosos esperándome bajo la puerta. Todo estaba en calma.
Me preparé un desayuno completo: huevos revueltos, tocino crujiente, pan tostado con mermelada, y un café con leche que humeaba en mi taza favorita. Comí despacio, mirando por la ventana, disfrutando del sol y del ruido lejano de la ciudad despierta.
Después de lavar los platos, hice una lista mental de lo que necesitaba. La despensa estaba casi vacía, y el refrigerador solo tenía una botella de agua y un limón que ya empezaba a arrugarse. Era hora de salir.
Me vestí con ropa cómoda: jeans, una camiseta holgada, una chaqueta ligera porque el día estaba fresco. Agarré mi bolso, mi teléfono, y las llaves. Al salir, eché un vistazo al pasillo. Vacío. Tranquilo. No había sobres, ni papeles, ni rastros de visitas nocturnas.
Cerré la puerta con llave y bajé las escaleras. Al pasar por el segundo piso, la tiendita de la señora Marta estaba cerrada. Una pequeña nota en la puerta decía: "Volvemos en una hora". Sonreí y seguí bajando.
La calle estaba llena de vida. Gente caminando, niños corriendo, perros paseando. El supermercado estaba a tres cuadras, y el trayecto fue agradable. El sol calentaba mi rostro, y por un momento, todo se sintió tan normal que casi podía olvidar los eventos de la semana.
Compré lo básico: verduras, frutas, pan, huevos, leche, algunos snacks. Mientras pagaba en la caja, mi mirada se desvió hacia el tablón de anuncios cerca de la salida. Había volantes de todo tipo: clases de yoga, un gato perdido, una lavadora en venta.
Y entonces lo vi.
Un cartel. El mismo diseño que el del parque. La misma foto de la chica morena. El mismo texto: "DESAPARECIDA".
Pero esta vez, debajo de la foto, había un detalle que no recordaba haber visto antes:
"Última vez vista en el edificio de la calle Las Heras, número 42."
Mi edificio.
El escalofrío recorrió mi espalda antes de que mi cerebro pudiera procesar la información. Mi edificio. El número 42. El mismo donde yo vivía. Donde el vagabundo rondaba. Donde mi vecino misterioso tenía una foto de ella en su mesa.
Mis manos apretaron la bolsa de compras con tanta fuerza que el plástico crujió. La cajera me miró con extrañeza.
—¿Señorita? ¿Está bien?
Parpadeé, forzando una sonrisa.
—Sí, sí —mentí—. Solo... pensaba en algo. Gracias.
Salí del supermercado con el corazón latiendo rápido. Caminé de regreso a casa con pasos acelerados, la cabeza dando vueltas. El cartel, la chica, el edificio. Todo comenzaba a encajar de una manera que no me gustaba.
"Laura", pensé. "Ella es Laura. Y algo le pasó aquí, en mi edificio."
Llegué a la entrada y subí las escaleras como si alguien me persiguiera. Al llegar a mi piso, me detuve frente a la puerta y busqué las llaves con manos temblorosas. Fue entonces cuando noté algo.
El suelo, justo frente a mi puerta, estaba húmedo. Como si alguien hubiera derramado agua recientemente.
Y en el centro, una pequeña huella. No era de un zapato, era de un pie descalzo, demasiado pequeño para ser el de un hombre adulto.
No era el vagabundo. Nunca lo había sido.
Entré a mi departamento, cerré la puerta y me apoyé contra ella, sintiendo que el mundo se tambaleaba a mi alrededor. El cartel, el vecino, la foto, las huellas. Todo era parte de lo mismo.
Y yo estaba en el centro.