Adrián y Valentina son una pareja perfecta ante los demás. Él es un abogado exitoso; ella, una restauradora de arte. Pero todo se quiebra cuando Valentina descubre que su mejor amiga, Daniela, y su propio esposo la engañan desde hace años. Lo que Valentina no sabe es que Adrián planeó todo para quedarse con su herencia. El tercero en discordia es Leonardo, un socio de Adrián que guarda un secreto: está enamorado de Valentina desde la universidad y ha esperado una década para destruir a Adrián desde dentro
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Capítulo 9 – La trampa del jueves
El jueves llegó como un verdugo silencioso. Valentina se despertó a las seis de la mañana con una certeza helada en el pecho: ese día, Adrián iba a intentar matarla. No lo sabía con pruebas. Lo sabía con el instinto de una mujer que había pasado semanas desmontando la vida de un psicópata.
Los planes que había visto en la caja negra marcaban esa fecha. El "accidente" estaba programado para la noche. Ella no sabía exactamente cómo lo haría, pero sabía que debía estar preparada.
Se levantó antes de que Adrián abriera los ojos. Preparó el desayuno como todas las mañanas. Café, tostadas, mermelada de naranja. La rutina era su mejor escudo. Si él notaba algo diferente en ella, todo se vendría abajo.
Adrián bajó las escaleras a las ocho y media, como siempre. La besó en la mejilla. Cogió la taza de café. Bebió un sorbo.
—Esta noche voy a llegar tarde —dijo, sin mirarla a los ojos—. Reunión con un cliente importante.
—¿Otra vez? —preguntó ella, fingiendo un tono de queja ligera—. Llevas tres jueves seguidos con reuniones.
—Es la temporada alta de juicios, amor. Ya sabes cómo es.
Lo sabía, en efecto. Sabía que la "reunión" era en realidad una cita con Daniela en el hotel de siempre, y que después de la cita, él vendría a casa con las manos manchadas de algo peor que perfume ajeno.
—Está bien —dijo Valentina, sonriendo—. Te guardaré la cena.
—Eres un amor.
Salió por la puerta. Valentina esperó diez minutos, cogió su mochila y salió también. Pero no fue al taller de restauración. Fue al almacén donde la esperaba Leonardo.
—¿Todo listo? —preguntó él.
—Todo listo.
Sobre la mesa había dos dispositivos: una cámara espía del tamaño de un botón y una grabadora de audio con batería para doce horas. Valentina los guardó en los bolsillos interiores de su chaqueta.
—Voy a la casa de la playa —dijo—. Adrián cree que yo estaré en el taller hasta las ocho. A las ocho, él vendrá a la casa a "sorprenderme" con una cena romántica. Pero yo no estaré allí.
—¿Y dónde estarás?
—En la habitación contigua a la suya en el hotel.
Leonardo frunció el ceño.
—Eso es peligroso. Si te ve…
—No me verá. Reservé la habitación contigua con tu tarjeta, no con la mía. Llevaré peluca y gafas de sol. Entraré por la puerta de servicio.
—¿Y qué esperas conseguir?
—La confesión. Necesito oírlo decir lo que planea. No bastan los documentos. Un buen abogado puede impugnar documentos. Lo que no puede impugnar es una grabación de su propia voz planeando un asesinato.
Leonardo suspiró. Tenía los ojos cansados, rojos de no dormir.
—Eres valiente. O estás loca.
—Quizá las dos cosas.
Se despidieron con un abrazo breve. Valentina sintió las manos de Leonardo temblar contra su espalda. Él quería decirle algo más, pero no lo dijo. Y ella se alegró. No podía cargar con más emociones. Ya tenía suficiente con la suya propia.
Llegó al hotel a las siete de la tarde. Se registró como "Sara López" con una identificación falsa que Leonardo le había conseguido. La recepcionista ni siquiera levantó la vista. Subió a la habitación 412. La 411, la de Adrián, estaba justo al lado.
La cámara espía la colocó en el hueco de la cerradura de la puerta que comunicaba ambas habitaciones. La grabadora la escondió detrás de la mesilla. Luego se sentó en el borde de la cama y esperó.
Las horas pasaron como cuchillos.
A las nueve, escuchó la puerta de la habitación contigua abrirse. Voces. La de Adrián. La de Daniela.
—Pensé que no vendrías —dijo Daniela, con un tono entre enfadado y aliviado.
—He tenido que solucionar unos problemas —respondió Adrián. Su voz sonaba tensa, distinta a la de siempre. Sin la máscara de esposo perfecto, se oía frío, calculador—. Valentina está empezando a hacer preguntas incómodas.
—¿Qué tipo de preguntas?
—Sobre su herencia. Sobre su madre. No sé quién le ha metido ideas en la cabeza, pero alguien la está avisando.
Silencio. Valentina contuvo la respiración y pegó la oreja a la pared.
—¿Crees que sabe algo? —preguntó Daniela.
—No lo sé. Pero no puedo arriesgarme. Esta noche tengo que hacerlo.
—¿Hacer qué?
—Terminarlo. El accidente. Ya no puedo esperar al plan original. Si ella descubre demasiado antes de tiempo, todo se va al carajo. El dinero, las propiedades, todo.
—Adrián… —La voz de Daniela temblaba—. Dijiste que aún quedaban semanas. Dijiste que íbamos a esperar a que firmara los papeles del seguro.
—Los papeles ya están firmados. Hace meses. Ella no lo sabe, pero yo tengo su firma en todo. Lo único que falta es que ella… deje de estar.
Las palabras cayeron como piedras en el pecho de Valentina. Las escuchó una vez, dos veces, tres. Las grabó. La grabadora seguía funcionando, capturando cada sílaba.
—No puedo hacerlo —dijo Daniela, y su voz se rompió—. Pensé que podría, pero no. Ella es mi amiga. Fue mi amiga. Aunque al principio solo fuera un trabajo, luego…
—¿Luego qué? ¿Luego te encariñaste? —La risa de Adrián fue corta y cruel—. No me jodas, Daniela. No eres una niña. Sabías desde el principio lo que era esto. Tú elegiste a las víctimas. Tú las trajiste a mí. Tú limpiaste la sangre de la casa de Rocío. No tienes derecho a tener remordimientos ahora.
—Rocío no murió —susurró Daniela.
—Rocío está enterrada en el sótano de esa maldita casa de la playa. Y tú lo sabes.
Valentina se tapó la boca con ambas manos. No por el miedo. Por el asco. El cuaderno de Rocío. Los arañazos en las paredes. La colchoneta sucia. Todo encajaba. Rocío no había desaparecido. Rocío estaba debajo de sus pies cuando ella estuvo allí.
Quiso salir corriendo. Quiso llamar a la policía. Quiso vomitar. Pero se obligó a quedarse. Necesitaba más. Necesitaba oírlo decir cómo, cuándo, por qué.
—Esta noche —dijo Adrián—, cuando vuelva a casa, voy a abrir la llave del gas. Dejaré que se llene la cocina. Luego encenderé la chimenea eléctrica. Tardará unos minutos en saltar. Yo estaré fuera para entonces. Diré que fui a comprar el pan. La policía dirá que fue un accidente.
—¿Y si ella está despierta?
—No lo estará. Le puse somníferos en la cena. Lo tiene todo planeado.
—Dios mío, Adrián…
—No soy Dios. Soy tu única salida. Así que cállate y haz lo que te digo.
Valentina apagó la grabadora. Tenía suficiente. Más que suficiente.
Salió del hotel por la puerta de servicio, como había entrado. En la calle, el aire frío de la noche le pegó en la cara. Se quitó la peluca y las gafas. Caminó hasta la esquina y llamó a Leonardo.
—Lo tengo —dijo, y su voz sonó mucho más calmada de lo que se sentía—. Todo. El hotel. Las fechas. Rocío. El gas. Todo.
—¿Estás bien?
—No. Pero voy a estarlo.
—¿Qué hacemos ahora?
—Llamar a la policía. Pero no a cualquier policía. A los de la fiscalía especializada. Los que no pueden ser comprados. ¿Tienes algún contacto?
—Tengo a la fiscal Valdés. Es amiga de mi madre. Es incorruptible.
—Entonces llama. Diles que tengo una grabación de un hombre planeando un asesinato. Y que tengo pruebas de otro ya cometido.
—¿Vas a estar en tu casa esta noche?
—Sí. Voy a estar esperando a Adrián con la cena servida. Y con las esposas puestas.
—Valentina…
—No te preocupes por mí. Preocúpate por él.
Colgó. Tomó un taxi de vuelta a casa. En el trayecto, miró por la ventana y vio las luces de la ciudad. Parecían más brillantes que nunca. Como si supieran que esa noche algo iba a terminar.
Y algo iba a empezar.