Segunda parte: Derritiendo el Ducado
El príncipe heredero Christopher tiene veintiséis años, un carisma inigualable, intensos ojos azules y al Imperio entero presionándolo para que elija esposa y tome el trono. Para la alta sociedad, él es solo el carismático, bromista y despreocupado heredero a la corona.
Sin embargo, detrás de esa fachada perfecta y de sus constantes chistes, él guarda un gran y oscuro secreto: es el líder de las Black Shadows, un asesino despiadado y el espadachín más letal del Imperio, un hombre que ama el olor a sangre y que planea llevarse su verdadera identidad a la tumba.
Su plan de mantenerse soltero se desmorona cuando se cruza con una duquesa fuera de lo común. Ella no es una sumisa dama noble y, tras haber reencarnado en ese mundo, guarda el arma más peligrosa de todas: sabe perfectamente quién es el monstruo detrás de la corona. El juego del gato y el ratón ha comenzado, y el "principito" está a punto de descubrir que su prometida tiene las llaves de su
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Capítulo 17: El guardián del Norte y los celos de Theo
Preocupados por los alarmantes fallos de seguridad que el reciente ataque en el palacio había dejado al descubierto, Cédric y Alissa tomaron una decisión drástica. En lugar de emprender el inmediato y largo viaje de regreso a sus heladas tierras, decidieron trasladarse junto a los niños a la residencia del Condado de Kalen por unos días más. La propiedad del anciano conde, ubicada a las afueras de la capital, ofrecía un refugio lo suficientemente discreto y seguro mientras las aguas políticas se calmaban y la guardia imperial terminaba de limpiar los restos de la facción rebelde.
Christopher, buscando un respiro del agobiante ambiente del palacio y con el pretexto de verificar el estado de sus allegados, cabalgó hasta la residencia sureña a media tarde.
Al adentrarse en los frondosos jardines de la propiedad, lo primero que divisó fue una pequeña cabellera castaña que correteaba cerca de los rosales. Era la pequeña Lucero, quien ajena a las tensiones de los adultos, reía mientras intentaba atrapar los copos de nieve tardíos que caían perezosamente del cielo. El príncipe suavizó la mirada, dispuesto a acercarse para cargar a su adorada ahijada en brazos y dejarse contagiar por su energía.
Sin embargo, sus pasos se vieron interrumpidos por una figura pequeña pero imponente que emergió de entre los arbustos, cortándole el paso de forma tajante.
Theo, de apenas doce años, se plantó firmemente en mitad del sendero de piedra. El muchacho traía los brazos rígidamente cruzados sobre el pecho, sostenía una espada de entrenamiento tallada en madera de roble bajo el brazo y clavaba en su tío una mirada ultra celosa, posesiva y desconfiada que pretendía ser letal. El heredero de los Valerius se tomaba su papel de hermano mayor de una forma peligrosamente seria.
Christopher se detuvo en seco, arqueando una ceja con una mezcla de sorpresa y profunda diversión al ver el tamaño de su nuevo oponente.
—Vaya, pero si tenemos al mismísimo general de juguete custodiando las flores —lo provocó el príncipe, cruzándose de brazos a su vez y mirándolo desde su imponente altura—. ¿Se puede saber qué hace el joven heredero del norte bloqueando el paso de su futuro Emperador?
Theo no se inmutó ante el rango de su tío. Dio un paso al frente, entornando los ojos con una severidad que ponía en evidencia la sangre Valerius que corría por sus venas, e inició un auténtico interrogatorio.
—La capital es un lugar terriblemente peligroso para Lucero, tío Christopher —sentenció el niño con voz firme, sin bajar los brazos—. Ayer casi la alcanza el ataque de esos mercenarios extranjeros en mitad del baile, y todo porque estaba cerca de ti. No voy a dejar que nadie, ni siquiera un príncipe o el heredero al trono, la exponga al peligro de esa manera. Mi deber es protegerla de las víboras de esta ciudad, incluyéndote si es necesario.
Christopher contuvo una carcajada genuina, deleitándose enormemente con los celos desmedidos de su sobrino. Al mirar la postura rígida del niño, la mandíbula tensa y esa obstinación absurda por no ceder ni un milímetro de terreno, el príncipe vio el vivo y exacto retrato de la terquedad de Cédric cuando eran jóvenes. El bruto del norte se había reproducido a la perfección.
—Eres un guardián muy estricto, Theo —respondió Christopher, dando un paso corto hacia adelante con una sonrisa de absoluta astucia—. Pero te recuerdo que estás hablando con el hombre que limpia las sombras de este Imperio. Si alguien puede mantener a salvo a tu hermanita en esta ciudad, soy yo.
Theo apretó el agarre en su espada de madera, entornando aún más los ojos con puros celos infantiles.
—No me importa. Los hombres del norte cuidamos a nuestras mujeres, no necesitamos la ayuda de un principito de la capital.
—¿Qué es todo este alboroto en mis jardines? —la voz serena e inteligente de Alissa interrumpió la disputa masculina.
La duquesa apareció caminando por el sendero, vistiendo un sencillo abrigo y observando la ridícula escena con una sonrisa contenida. Se acercó a su hijo mayor y le colocó una mano afectuosa en el hombro, intentando calmar su desbordante instinto protector.
—Theo, por favor, baja esa espada de madera —le pidió su madre con suavidad—. Debes recordar que tu tío Christopher, a pesar de sus insoportables bromas, es el mejor espadachín de todo el reino. Si él está cerca, tu hermana no corre ningún peligro real. Estás exagerando los celos.
Theo desvió la mirada hacia Lucero, que seguía jugando a unos metros de distancia, y aunque relajó ligeramente los brazos por respeto a las palabras de su madre, no bajó la guardia en absoluto. Le dedicó a Christopher una última mirada cargada de advertencia norteña, dejando en claro que, aunque el príncipe fuera el hombre más letal del Imperio, para él no era más que un rival peligroso que no debía acercarse demasiado a su pequeña y adorada hermana. El heredero de las sombras se dio la vuelta para entrar a la casa, sabiendo que la residencia de los Kalen se había convertido en un auténtico fuerte militar custodiado por la terquedad más pura del norte.