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La Sangre Que Doblegó Al Rey

La Sangre Que Doblegó Al Rey

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Hombre lobo / Mujer poderosa
Popularitas:3.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Caami Puig

Sophia Clarkson, 17, heredera de Luna Plateada.
Kael Drevon, 24, rey de reyes de Colmillo Negro.

No se conocen. Pero el hilo los encontró.

A 600 kilómetros, ella se quema las manos para no correr hacia él.
Él apoya la frente en vidrio frío para no decir su nombre.

NovelToon tiene autorización de Caami Puig para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

*Parte 2: Mira y la Lanza*

La puerta del salón rechinó.

No era una puerta cualquiera. Era roble de montaña, curtido por cien inviernos, reforzado con hierro negro clavado a mano. Pesaba más que tres hombres juntos. Pero se abrió sin ruido de cadenas. Se abrió como si la montaña misma la empujara desde adentro.

Entró Mira.

Tenía 32 años pero el pelo ya se le estaba poniendo gris en las sienes. Gris como el pelo de Hark cuando volvía de patrullar tres días seguidos. El mismo que ella le cortaba cada luna nueva con un cuchillo sin filo porque Hark odiaba las tijeras. La cara marcada por el frío y por tres partos. Arrugas chiquitas al costado de los ojos. No de risa. De no dormir.

No lloraba. Las esposas de Colmillo Negro no lloran delante del rey. Lloran después, cuando los hijos duermen y la casa queda en silencio. Lloran contra la pared para que la piedra guarde el sonido y no los hijos.

Atrás de ella, tres sombras.

El mayor: 8 años. Hombros flacos pero espalda recta como una lanza clavada. Cargaba la lanza de Hark. Madera de fresno, pulida por las manos de su padre durante 15 inviernos. La resina de la madera todavía olía a Hark: a humo, a cuero, a sudor de patrulla. La punta de hierro le llegaba al pecho. Pesa más que el pibe. Pero él no la arrastraba por el suelo. La llevaba vertical. Pegada al cuerpo. Como juramento. Como si soltarla fuera traicionar a su padre dos veces.

La del medio: 5 años. Nena. Misma nariz ancha que Hark. Misma terquedad en el mentón que salía adelante aunque ella no quisiera. No soltaba la mano de su madre ni cuando el sótano tembló por el choque de los lobos contra la tapa de piedra. No la soltó cuando el polvo cayó del techo. No la soltó cuando escuchó el grito de Hark desde afuera y supo que era el último.

El más chico: 2 años. Dormido en el hombro de Mira. Boca abierta, babita en la mejilla. No entendía por qué papá no volvió a alzarlo al llegar. Solo entendía que mamá estaba tensa, con dolor y olía a humo y a hierro. Y que el mundo estaba muy quieto.

El salón calló.

Los 77 guerreros vivos dejaron de venderse entre ellos. Dejaron las tiras de lino a medio atar. Las mujeres dejaron de repartir sopa. El cucharón quedó quieto en el caldero. Los 83 cachorros escondieron las espadas de madera detrás de la espalda.

Porque cuando entra la esposa de un caído, toda la montaña se para. Porque Colmillo Negro no olvida a los suyos. Porque el silencio es la primera reverencia.

Mira caminó. Cada paso sonaba en la piedra. Tac. Tac. Tac. No miraba el suelo. Miraba a Kael. Directo. Sin odio. Sin miedo. Con algo peor: con verdad. Con los ojos de una mujer que sostuvo piedra con las costillas para que sus hijos no lo vieran morir.

Se detuvo a tres pasos exactos del trono de piedra. Hizo una reverencia. Las esposas de guerreros caídos no se arrodillan. La rodilla en tierra es para el rey vivo. La espalda recta es para el muerto.

"Rey" dijo. Voz firme. Voz que no tembló. Voz que había gritado "Eso es por mi hombre" mientras le atravesaba el ojo a un lobo con la lanza de Hark. La misma voz que después susurró "shhh, shhh" a sus hijos en el sótano oscuro.

Kael se puso de pie. No como rey. Como hombre. Se bajó del trono de piedra sin tocar los apoyabrazos. Caminó hasta quedar a un paso de ella. La manta de oso blanco de Bran le colgaba de los hombros como culpa. Como peso. Como lápida que todavía no tenía nombre.

Mira no bajó la vista. Vio las garras marcadas en su pecho. Vio los tres tatuajes de colmillos bajando como deuda. Vio que sus ojos verdes habían sido dorados hace una hora cuando Amarok partió al alfa marrón. Vio que Kael no dormía desde el ataque.

"Te vi transformarte" dijo Mira. Bajito. Para que solo Kael oiga. Para que los 77 guerreros no oigan lo que solo un rey y una viuda pueden entender. "Desde la muralla norte. Vi cuando Amarok salió de vos y el aire se puso frío. Vi cuando partiste al alfa marrón en dos y la nieve se tiñó. Vi cuando volviste a ser hombre y te quebraste de rodillas en la nieve. Vi cuando lloraste por Dren. Rey que llora no es rey débil. Rey que llora es rey que cuenta".

Kael tragó saliva. La culpa le quemaba más que el agua hirviendo del baño. Más que las garras en el pecho. Porque Mira no lo acusaba. Lo entendía. Y eso dolía más.

El pibe de 8 años dio un paso al frente. La madera de fresno crujió bajo sus dedos. La lanza de Hark tembló un poco por el peso. Pero no la bajó. No la arrastró. No la soltó.

"Mi padre dijo" el pibe habló. Voz de niño, pero palabras de hombre ensayadas toda la noche en el sótano mientras su madre sostenía piedra. "Que si él caía defendiendo el círculo, yo tenía que llevar su lanza hasta que el rey me diera una nueva. O hasta que yo fuera digno de empuñarla sin que me pese".

Silencio.

Kael miró la lanza. Vio las marcas de las manos de Hark en el mango. Vio el nudo en la madera donde Hark apoyaba el pulgar. Vio quince inviernos de patrulla tallados en fresno. Después miró al pibe. Hombros flacos. Espalda recta. Miedo en los ojos pero no en las manos. Después miró a Mira. La esposa que se quebró tres costillas sosteniendo el sótano. El hijo que no lloró. La nena que no soltó la mano. El bebé que no entendía.

Kael se arrodilló.

Rey de reyes de Colmillo Negro. Protector de 272 almas. Deudor de 3 lápidas nuevas. Se arrodilló frente a un pibe de 8 años y la piedra del suelo le dolió en las rodillas. Dolor bueno. Dolor de deuda.

Tomó la lanza de Hark con las dos manos. Pesaba. Pesaba como quince inviernos. Pesaba como deuda. Pesaba como promesa que no se rompe.

"Tu padre" dijo Kael. Voz ronca, sin trono, sin corona, sin distancia de rey. Solo voz de hombre a hombre. "Tu padre murió cerrando el boquete norte con su cuerpo para que vos no tuvieras que cargar esa lanza hoy. Murió para que vos pudieras odiarme a mí por llegar tarde, en vez de odiar a los lobos por llegar temprano".

Le devolvió la lanza al pibe. Pero no la soltó del todo. La sostuvo con él. Mano de rey sobre mano de hijo. Hierro sobre madera. Deuda sobre juramento.

"Yo no te doy una lanza nueva" susurró Kael. Solo para el pibe. "Todavía no. Primero te enseño a no necesitarla. Te enseño a leer los mapas, a contar las provisiones, a curar una herida. Te enseño a ser más que lanza. Porque Hark murió para que vos vivieras. No para que vos murieras por mí mañana".

Mira parpadeó. Una sola vez. Lento. Después asintió. No con alivio. Con respeto. Con el respeto que se le da a un hombre que se arrodilla sin que se lo pidan.

Afuera el viento aulló contra la piedra de la montaña. Un aullido largo, sin lobos. Solo piedra y nieve recordando.

Adentro, Kael se puso de pie y le puso la mano en el hombro al hijo de Hark. Mano pesada. Mano de rey. Mano deudor.

"De hoy en más" dijo para que los 77 guerreros oigan, y la montaña entera lo escuchara hasta en los sótanos. "Los hijos de los caídos comen. Tienen mi protección hasta que cumplan la mayoría de edad. Hasta que sean hombres y mujeres que decidan por sí mismos sin que nadie les ate la lanza a la mano".

Hizo una pausa. Miró al pibe de 8 años a los ojos. Después miró a Mira.

"Si quieren seguir los pasos de sus padres, empuñar acero y morir cerrando boquetes... yo les enseño a hacerlo bien. Si eligen ser piedra como sus madres, leer, contar, curar, sembrar... yo les pongo maestros. Porque Hark, Vell y Dren no murieron para que sus hijos fueran solo lanza. Murieron para que sus hijos eligieran".

Mira tomó la mano del bebé dormido. Besó la frente de la nena de 5 años. Y por primera vez desde que entró, sus hombros bajaron un poco. No mucho. Un poco. Lo suficiente para que Colmillo Negro respire.

El pibe apretó la lanza de su padre. No tembló. No lloró. Solo asintió. Como Hark.

El círculo aguantó. Y ahora el rey también.

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Tamara Cruz
👏
Caami Puig
Hola buenas noches!
voy a estar subiendo capitulos día por medio. así tengo tiempo de planificar y crear. espero que le guste. estaba haciendo otra novela. pero no me convencio, asiq espero que está si puedan disfrutar. muchas gracias y cualquier cosa que quieran decirme bienvenido sea❤️❤️❤️❤️🥰🥰🥰🥰
ximijass: cuando esté completa, avisa!!!!🥰🥰🥰👏☺️
total 1 replies
Claudia Correa
es entretenida, y me gusta q la trama se desarrolle en Argentina
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