Lola vive bajo una regla de oro: su espacio personal es sagrado. Es inteligente, retraída y encuentra paz en el silencio. Su único error fue dejar entrar en ese refugio a Mateo, su mejor amigo, un torbellino de imprudencia que solo entiende de tácticas de fútbol y de cómo hacerla reír cuando más lo necesita.
Pero el equilibrio se rompe cuando el "Rey del Campo" se convierte en el objetivo de la chica más popular, y un rival inesperado decide que la brillante timidez de Lola es el trofeo que realmente quiere ganar
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Capítulo 10: La Trampa de Patricia
El vestíbulo del cine olía a mantequilla rancia, caramelo quemado y al humo frío del aire acondicionado. Las luces de neón en tonos violetas y amarillos se reflejaban en el suelo de mármol pulido, creando una atmósfera estridente que a Lola le generaba un ligero dolor detrás de las cuencas de los ojos. El lugar estaba abarrotado de adolescentes que hablaban por encima del volumen de la música ambiental, un zumbido constante que aumentaba su cansancio acumulado.
Patricia encabezaba el grupo con el paso firme de quien está acostumbrada a marcar el ritmo de los demás. Llevaba un abrigo de corte impecable, el cabello perfectamente peinado y una sonrisa ensayada que distribuía a su alrededor con una generosidad calculada. A su lado, Mateo caminaba en silencio, con las manos metidas en los bolsillos de su chaqueta de béisbol y los hombros encogidos. Seguía rondando en su cabeza la conversación del parque; intentaba estar más atento, ser menos brusco y cuidar el espacio de Lola, pero la sola presencia del grupo le generaba una inquietud soterrada.
Unas filas más atrás, Lola caminaba junto a Andrés. La invitación a esta salida "en grupo para celebrar el fin de la semana" había sido idea de Patricia, una de esas propuestas planteadas en público de las que era difícil zafarse sin parecer descortés. Andrés vestía con una sencillez pulcra y sostenía una bandeja con un vaso de agua con gas y una caja de palomitas sin mantequilla, una elección sobria que contrastaba con los refrescos gigantescos de los demás.
—Compré los boletos por la aplicación para que no tuviéramos que hacer la fila —anunció Patricia al llegar a la puerta de la sala 4, sacando de su bolso un puñado de pases impresos con la elegancia de un prestidigitador—. Para que sea más organizado, asigné los asientos. Las filas están un poco llenas, así que tuvimos que dividirme en dos bloques.
Patricia comenzó a repartir las entradas con ligereza matemática. Le entregó un boleto a Mateo y, de inmediato, conservó el que tenía al lado para ella misma, tomándolo suavemente del brazo para guiarlo hacia la entrada de la sala.
—Mateo, nosotros estamos en la fila F, en el centro —dijo en tono casual, casi maternal—. Y a ustedes dos... —añadió, girándose hacia Lola y Andrés con una sonrisa afilada que duró un segundo exacto— les tocan los asientos de la fila J, más arriba. Tienen una vista excelente para la proyección en pantalla grande.
Lola miró el billete impreso en sus dedos. Fila J, asiento 12. Echó una ojeada al boleto de Mateo: Fila F, asiento 8. Cuatro filas de separación. Mateo se detuvo de golpe en el umbral de la sala y miró a Patricia con el ceño fruncido.
—Oye, Patricia, podemos cambiar los lugares —dijo él, buscando a Lola con la mirada por encima del hombro de los demás—. Lola prefiere sentarse hacia atrás, pero podemos ir juntos.
—No se puede, Mateo, son asientos numerados y la sala está casi llena —intervino Patricia rápidamente, rozando la manga de su chaqueta con los dedos para llamar su atención—. Además, la película es un clásico del cine independiente europeo en versión original; tú querías ver algo con más acción, así que al menos la fila F tiene los altavoces mejor equilibrados. Vamos, antes de que apaguen las luces.
Mateo intentó objetar, pero el flujo de la gente que entraba a la sala los empujó hacia el pasillo alfombrado. Lola vio cómo la figura de Mateo era arrastrada hacia las filas medias por la insistencia táctica de Patricia, quien se movía con la precisión de un estratega en terreno conocido.
Andrés le indicó el camino a Lola con un gesto cortés de la mano.
—Fila J, por aquí —dijo con voz pausada—. La verdad es que la fila J tiene mejor ángulo para evitar la distorsión del lente.
Lola asintió en silencio, subiendo los escalones alfombrados. Se sentó en la butaca de cuero sintético y acomodó su bolso en el regazo. Cuatro filas más abajo y un poco a la izquierda, vio la nuca de Mateo. Estaba sentado al lado de Patricia, quien ya se había quitado el abrigo y se inclinaba ligeramente hacia él para susurrarle algo al oído antes de que las luces comenzaran a atenuarse.
Las luces de la sala se apagaron por completo y la pantalla gigantesca se encendió con los créditos iniciales de una cinta de autor francesa, acompañada por una melodía melancólica de piano.
Durante los primeros veinte minutos, el ambiente en la fila F fue un desastre de frustración contenida. Mateo no escuchó una sola línea del diálogo subtitulado. Sus ojos no estaban fijos en la pantalla de tela blanca, sino que se desviaban constantemente hacia arriba, girando el cuello por encima del respaldo de su butaca para tratar de distinguir las siluetas en la penumbra de la fila J.
A su lado, Patricia no cesaba en su intento de monopolizar su atención. Se inclinaba hacia su hombro, rozando "accidentalmente" la manga de su chaqueta cada vez que reacomodaba su posición.
—Esa toma en blanco y negro es una referencia directa al neorrealismo, ¿no crees? —le murmuró Patricia al oído, dejando que su aliento cálido le rozara la oreja—. Me alegra que hayamos quedado juntos, Mateo. A veces está bien variar de compañía y tener a alguien con quien comentar la película sin tanta rigidez.
Mateo no la miró. Se limitó a asentir con un gesto brusco de la mandíbula, manteniendo los labios apretados. Su cuerpo estaba completamente rígido; la espalda pegada al respaldo, las manos cerradas en puños dentro de los bolsillos de la sudadera. En lugar de mirar la pantalla donde un actor caminaba bajo la lluvia, Mateo tenía la vista clavada en la sombra de la fila J, donde la cabeza de Lola se inclinaba suavemente hacia la derecha para escuchar lo que Andrés le susurraba.
En la fila J, la experiencia era completamente distinta. Andrés no buscaba el contacto físico ni intentaba invadir el espacio con perfumes intensos. Hablaba en un murmullo bajo, casi imperceptible para los espectadores vecinos, ofreciendo comentarios puntuales sobre el montaje, el uso de la luz natural y la profundidad de la narrativa.
—El director rodó esta escena con una cámara de mano para generar una sensación de claustrofobia —comentó Andrés, manteniendo una distancia respetuosa de diez centímetros entre sus codos en el apoyabrazos compartido—. Es fascinante cómo logra que el espacio parezca más pequeño de lo que es.
Lola se descubrió respondiendo. Para ella, hablar de la estructura de una historia, de los encuadres y de la psicología de los personajes era un terreno cómodo. Su mente, habitualmente a la defensiva ante el ruido social, encontró en el análisis cinematográfico un refugio tranquilo.
—Es por el uso de los lentes focales fijos —respondió Lola en un susurro, acomodándose las gafas sobre el puente de la nariz—. Hace que el fondo se vuelva borroso y obliga al espectador a concentrarse en el rostro del personaje. Sin escapatoria.
—Exacto —asintió Andrés, mirándola con una chispa de auténtica admiración intelectual—. Tienes un ojo clínico para estas cosas, Lola. Es raro encontrar a alguien que entienda el lenguaje visual sin necesidad de que se lo expliquen todo con explosiones o diálogos masticados.
Mientras tanto, en la fila F, la tortura de Mateo alcanzaba su punto crítico. Cada vez que veía desde la distancia que la silueta de Lola se inclinaba para responder a Andrés, un calambre amargo le recorría el estómago. No podía oír lo que decían, pero la fluidez del intercambio, la falta de discusiones y la calma evidente de Lola eran para él una condena peor que cualquier grito.
Patricia volvió a intentar atraerlo. Estiró la mano para tomar una palomita de maíz de la caja que Mateo ni siquiera había abierto y dejó que sus dedos tocaran la muñeca del chico con una lentitud calculada.
—Mateo, estás helado —dijo ella en voz muy baja, rozando su piel con la punta de los dedos—. Si tienes frío podemos pedir que bajen el aire, o simplemente puedes acercarte un poco más...
Mateo reaccionó como si lo hubiera picado un insecto. Retiró el brazo de golpe, apartando la mano de Patricia con un movimiento seco pero contenido, evitando hacer ruido para no llamar la atención del resto de la sala.
—Estoy bien, Patricia —respondió él en un susurro áspero, con la voz cargada de un tono tan tajante que la chica se congeló en su sitio—. Deja de hacer eso.
Patricia lo miró en la penumbra, y por primera vez en la noche, la máscara de diplomacia perfecta que llevaba puesta se agrietó. Sus ojos se entrecerraron con rabia, pero Mateo no se quedó a ver su reacción. Giró de nuevo la cabeza hacia la fila J.
Allí arriba, la luz proyectada desde la cabina iluminaba levemente el rostro de Lola. Ella estaba concentrada en la película, sonriendo apenas ante un matiz sutil del guion que Andrés acababa de señalarle. Para Mateo, esa sonrisa pequeña y tranquila era un puñal. Era la misma expresión de paz que él había visto en su habitación el lunes, pero esta vez provocada por el lenguaje intelectual de Andrés, el terreno al que él nunca tendría acceso.
Durante la hora y media restante de la proyección, Mateo no vio ni un solo minuto del largometraje. Su cuerpo permaneció en la fila F, aguantando el perfume pesado de Patricia y el peso muerto de una trampa evidente, pero su mente y sus ojos estuvieron fijos en la fila J.
Cuando las luces de la sala finalmente se encendieron, anunciando el final de la función, la multitud comenzó a ponerse de pie y a recoger sus pertenencias. Patricia se levantó con elegancia afectada, ajustándose el abrigo sin dirigirle la palabra a Mateo, masticando en silencio la humillación de haber sido ignorada por completo durante dos horas.
Mateo no esperó a nadie. Se puso de pie de un salto, abriéndose paso entre los espectadores que abarrotaban el pasillo central, y subió los escalones de tres en tres hasta llegar a la fila J.
Lola estaba terminando de guardar sus gafas en el estuche cuando sintió la presencia física de Mateo a su lado. Él estaba respirando un poco agitado, con la mandíbula apretada y los ojos fijos en ella, completamente ajeno a Andrés, a Patricia o al resto del grupo que bajaba las escaleras.
—¿Nos vamos? —preguntó Mateo, extendiéndole la mano con una urgencia que no buscaba disimular nada.
Lola lo miró. Vio la tensión en su cuello, la sombra de frustración en sus ojos y la forma en que su cuerpo intentaba recuperar el tiempo perdido en esas dos horas de separación forzada. Tomó su estuche de gafas, miró a Andrés para despedirse con un gesto educado y luego aceptó la mano de Mateo.
El agarre de Mateo fue firme, cálido y casi desesperado. Mientras caminaban hacia la salida bajo las luces fluorescentes del vestíbulo, Mateo no dijo una sola palabra sobre la película, pero no soltó la mano de Lola ni un solo segundo, consciente de que, aunque había caído en la trampa de Patricia, no estaba dispuesto a ceder un solo centímetro más de su territorio.