Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 20
Los primeros días en el palacio real no fueron fáciles para Seraphina.
Los guardias le negaban el paso. Las sirvientas "olvidaban" llevarle comida. Algunos susurraban "fugitiva" a su paso. Otros, más crueles, "puta del príncipe" en voz lo suficientemente alta para que ella escuchara.
Pero Seraphina aprendió a caminar con la cabeza en alto.
Hasta que una tarde, después de que una sirvienta le derramara té hirviendo "sin querer" en las manos, Cyran explotó.
—¡Voy a despedir a todos! ¡A TODOS! —gritaba mientras le curaba las quemaduras—. ¡No puedo creer que se atrevan a hacerte esto estando tú conmigo!
Seraphina lo miró con calma. A pesar del dolor, sonreía.
—Amor —dijo con suavidad—. Cálmate.
—¿Cómo quieres que me calme? ¡Mira tus manos!
—Por eso —respondió ella, acariciando su mejilla con los dedos vendados—. Porque necesito que estés tranquilo para lo que voy a pedirte.
Cyran la miró, confundido.
—¿Qué vas a pedirme?
Seraphina enderezó la espalda. En sus ojos, esa luz feroz que él tanto amaba.
—Enséñame a usar la espada. Enséñame a pelear.
Cyran parpadeó.
—¿Qué?
—No quiero que tengas que defenderme siempre —dijo ella con determinación—. Quiero poder defenderme sola. Quiero que si alguien viene por mí, yo pueda responder. Quiero estar a tu altura, Cyran. En todo.
El silencio se hizo pesado.
Cyran la miró largamente. A sus manos vendadas. A sus ojos brillantes. A esa mujer que, después de todo lo que había pasado, después de los golpes, después del encierro, después del maltrato, aún tenía fuerzas para pedir más. Para querer más. Para crecer.
—Eres increíble —susurró.
—Ya lo sé —respondió ella con una sonrisa coqueta—. ¿Me enseñarás?
Él rió. Una risa baja, cálida, llena de orgullo.
—Sí. Te enseñaré.
Al día siguiente, en el patio de entrenamiento privado del príncipe, comenzó la primera lección.
Seraphina llegó vestida con ropa prestada, más cómoda que sus vestidos. Pantalones ajustados, camisa suelta, el cabello recogido en una coleta alta.

Cyran casi se atraganta con su propio aliento cuando la vio.
—¿Qué? —preguntó ella, sonriendo con picardía—. ¿No te gusta?
—Me gusta demasiado —murmuró él—. Esto va a ser difícil.
—¿El qué?
—Concentrarme.
Ella rió y tomó la espada que él le ofrecía. Era más liviana que las de entrenamiento normales, especialmente elegida para ella.
—Lo primero —dijo Cyran, poniéndose detrás de ella— es la postura.
Sus manos se posaron en sus caderas, ajustando la posición.
—Separa un poco más las piernas.
Ella obedeció.
—Baja el centro de gravedad. Como si fueras a saltar.
Ella lo intentó.
—No, así no, amor —corrigió él, deslizando una mano por su muslo para bajar su cadera—. Más firme.
Seraphina contuvo el aliento.
—¿Cyran?
—¿Mmm?
—¿Estás enseñándome o me estás tocando?
Él sonrió contra su oído.
—Las dos cosas.
Ella giró la cabeza y lo besó. Rápido, breve, robado.
—Concéntrate, príncipe.
—Tú empezaste.
Berta apareció en la puerta del patio con una bandeja de té y fruta. Observó la escena: Cyran detrás de Seraphina, sus manos en sus caderas, susurrándole algo al oído. Ella riendo. Él sonriendo. Ambos claramente no prestando atención a la espada.
Suspiró.
Dejó la bandeja en una mesa cercana y se fue sin hacer ruido.
—Ya volveré —murmuró—. Cuando terminen... lo que sea que estén haciendo.
—Intenta atacarme —dijo Cyran después de un rato, separándose de ella con una sonrisa ladina—. Quiero ver lo que tienes.
Seraphina levantó la espada. Lo miró fijamente.
—¿Seguro?
—Seguro.
Ella atacó.
Fue torpe, lenta, descoordinada. Cyran esquivó con facilidad, riendo.
—Así no, amor. Tienes que anticipar mis movimientos.
—Muéstrame —respondió ella, desafiante.
Él se colocó detrás de ella de nuevo. Tomó su mano que sostenía la espada.
—Cuando ataques, hazlo con decisión. Sin miedo. Como si tu vida dependiera de ello.
—Porque depende —respondió ella seria.
Cyran sintió un escalofrío.
—Enséñame bien —pidió ella—. Quiero ser fuerte. Quiero que nadie pueda hacerme daño nunca más.
Él apretó la mandíbula. Pensó en los moretones. En el labio partido. En las manos quemadas.
—Te enseñaré —prometió—. Y cuando termines, serás la mujer más letal del reino.
Ella sonrió.
—Eso quiero.
Siguieron entrenando. Poco a poco, ella mejoraba. Cyran corregía su postura, su agarre, su mirada. Y entre lección y lección, había roces. Miradas. Sonrisas.
—¿Otra vez? —preguntó ella después de una hora, agitada pero feliz.
—Descansa —dijo él, secándole el sudor de la frente con su propia manga—. No quiero que te lastimes.
—Ya estoy lastimada —respondió ella, mostrando sus manos vendadas—. Pero eso no me detiene.
Él la miró con admiración.
—Eres la mujer más fuerte que conozco.
—No —respondió ella, acariciando su mandíbula—. Somos fuertes juntos.
Él cerró los ojos un momento, apoyándose en su mano.
—Te amo —susurró.
—Lo sé —respondió ella—. Y yo a ti.
Esa noche, Berta entró a la habitación de Seraphina para ayudarla a cambiarse.
Encontró la ropa de entrenamiento en el suelo, la espada apoyada en la pared, y a su señora dormida profundamente en la cama, con una sonrisa en los labios y los moretones un poco más pálidos.
Al lado de la cama, una nota:
"Berta: dile a Cyran que mañana quiero practicar más. Y que gracias por hoy. —S"
Berta sonrió. Dobló la nota y la guardó en su bolsillo.
—Duerma bien, señorita —susurró—. Mañana tiene mucho que aprender.
Apagó las velas y salió.
En el pasillo, se encontró a Cyran, apoyado contra la pared, con una sonrisa tonta en la cara.
—¿Duerme? —preguntó él en voz baja.
—Como un bebé —respondió Berta—. Y dejó esto para usted.
Le entregó la nota. Cyran la leyó y su sonrisa se hizo más grande.
—Dile que mañana estaré esperando.
—Dígaselo usted mismo —respondió Berta con una sonrisa—. Yo ya cumplí mi cuota de mensajera por hoy.
Y se fue, dejando al príncipe mirando la puerta de la habitación de Seraphina con una ternura infinita.