Hace siete años, una noche de tormenta cambió su destino.
Isabella Rossi es una mujer brillante con múltiples identidades ocultas. Genio en tecnología, medicina y negocios, vive en las sombras protegiendo a sus dos gemelos prodigio… y ocultando un secreto que podría destruir su mundo.
Nunca creyó en el amor.
Nunca necesitó a un hombre.
Y mucho menos a un CEO arrogante.
Pero cuando Alexander De Luca —el empresario más poderoso y temido de la ciudad— reaparece en su vida, su pasado vuelve para reclamarla.
Él no sabe que es padre.
Ella no sabe si puede confiar.
Y los gemelos… ya empiezan a sospechar la verdad.
Entre secretos, traiciones, enemigos ocultos y una pasión imposible de ignorar, dos genios deberán decidir:
¿Proteger su corazón…
o rendirse al amor?
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Capítulo 13 — Sombras del pasado que regresan
La madrugada en la mansión De Luca ya no volvió a sentirse tranquila.
Aunque los intrusos habían sido neutralizados y el perímetro reforzado al máximo nivel, Isabella no lograba apagar esa alarma silenciosa que vibraba en lo más profundo de su instinto.
Algo más venía.
Y esta vez… no era Helix.
Estaba de pie junto al ventanal del segundo piso cuando la ciudad comenzó a teñirse con los primeros tonos grises del amanecer. Sus brazos estaban cruzados, su postura firme, pero sus ojos verdes estaban más pensativos de lo habitual.
Alexander la observaba desde el otro extremo del salón.
Sin interrumpir.
Sin presionar.
Pero tampoco apartando la mirada.
Desde la llamada que había recibido minutos antes, algo en él había cambiado.
Ahora la estudiaba con un interés más… estratégico.
Más profundo.
—No parece sorprendida —dijo finalmente.
Isabella no se giró.
—¿Debería estarlo?
Alexander dio un paso lento hacia ella.
—Dos de las personas más influyentes del mundo aterrizan en la ciudad… y preguntan por usted directamente.
Una pausa.
Cargada.
—La mayoría estaría nerviosa.
Ahora sí, Isabella giró la cabeza apenas.
Su expresión seguía siendo control absoluto.
—La mayoría no soy yo.
Respuesta limpia.
Fría.
Pero Alexander ya había empezado a notar los microsegundos.
Las microtensiones.
Y esta vez…
Sí hubo una.
Muy leve.
Pero estuvo ahí.
—¿Los conoce? —preguntó él con suavidad peligrosa.
Isabella sostuvo su mirada un segundo más de lo necesario.
Luego respondió:
—No.
Una sola palabra.
Perfectamente dicha.
Pero algo en el pecho de Alexander se tensó.
Porque su instinto —el mismo que había construido imperios— le susurraba que esa respuesta…
No era toda la verdad.
En la habitación segura…
Ethan ya no dormía.
Su tablet proyectaba múltiples ventanas de datos mientras analizaba en silencio.
Elena bostezó desde la cama.
—¿Otra vez investigando?
—Sí.
—¿Algo interesante?
Ethan inclinó ligeramente la cabeza.
—Tal vez.
La niña se sentó.
—Cuéntame.
El niño amplió una pantalla.
Un registro de vuelos privados de las últimas seis horas.
Dos nombres resaltaban en rojo.
Registro confidencial — acceso restringido
Pero Ethan había encontrado la forma de mirar.
—Llegaron en jet hipersónico —murmuró.
Elena parpadeó.
—¿Eso es importante?
Ethan la miró con calma.
—Ese tipo de transporte solo lo usan… personas extremadamente ricas.
Silencio.
Luego la niña sonrió con inocencia peligrosa.
—¿Más ricos que el señor CEO?
Ethan no respondió de inmediato.
Porque la respuesta…
Era sí.
Y eso lo tenía intrigado.
Muy cerca de la mansión…
La limusina negra se detuvo frente a un hotel de lujo completamente cerrado al público.
La mujer de ojos verdes descendió con elegancia impecable.
Su presencia por sí sola hacía que el aire pareciera ordenarse a su alrededor.
El hombre mayor salió tras ella.
Su porte era el de alguien acostumbrado a que el mundo obedeciera.
—La seguridad local ya fue comprada —informó uno de sus asistentes.
La mujer asintió suavemente.
—¿Y ella?
—Confirmado. Está bajo protección de Alexander De Luca.
Por primera vez…
Una emoción real cruzó su mirada.
Interés.
Profundo.
—Así que él llegó primero… —murmuró.
El hombre mayor sonrió apenas.
—Nuestro yerno potencial parece eficiente.
La mujer no respondió.
Pero sus ojos verdes brillaron con algo complejo.
Algo que mezclaba cálculo… y una emoción que llevaba años contenida.
—Aún no —dijo suavemente—.
Todavía no.
De regreso en la mansión…
El desayuno se servía en un ambiente engañosamente tranquilo.
Elena estaba feliz con sus panqueques.
Ethan comía distraído mientras su mente seguía claramente en otro lugar.
Alexander observaba la dinámica familiar con una atención que ya no intentaba ocultar.
Isabella lo notó.
Por supuesto que lo notó.
—¿Tiene algo que decir, señor De Luca?
Alexander apoyó el codo en la mesa.
—Estoy pensando.
—Eso suena peligroso.
Una leve sonrisa cruzó su rostro.
—Siempre lo es.
Silencio breve.
Luego sus ojos se movieron hacia Ethan.
Demasiado directos.
—Tienes mente analítica avanzada —dijo el CEO.
Ethan lo miró sin incomodarse.
—Es útil.
Alexander inclinó apenas la cabeza.
—Sí… lo es.
Pero por dentro…
Algo no dejaba de incomodarlo.
Había visto genios.
Había financiado prodigios.
Pero estos niños…
Tenían algo inquietantemente familiar.
Y ese pensamiento empezaba a molestarle más de lo que le gustaba admitir.
El teléfono de Isabella vibró sobre la mesa.
Número desconocido.
Pero esta vez…
No era Helix.
Su cuerpo lo supo antes que su mente.
Dudó un segundo.
Luego abrió el mensaje.
“Isabella.
Es hora de que hablemos.”
Sin firma.
Sin número.
Pero su pulso…
Se desestabilizó por primera vez en toda la mañana.
Alexander lo vio.
Esa micro reacción.
Y sus ojos se afilaron.
—¿Malas noticias?
Isabella bloqueó la pantalla con calma perfecta.
—Nada que no pueda manejar.
Pero por dentro…
Algo que llevaba años enterrado…
Acababa de moverse.
Y no le gustaba nada.
En el hotel privado…
La mujer de ojos verdes observaba su propio teléfono.
Mensaje enviado.
Sin respuesta.
Una sonrisa suave —pero peligrosa— curvó sus labios.
—Sigue siendo igual de cautelosa.
El hombre mayor la miró con paciencia.
—Es tu hija.
La mujer cerró los ojos un segundo.
Cuando los abrió…
Había orgullo puro en ellos.
—Sí.
Una pausa.
Su voz bajó apenas.
—Pero ya es hora de que deje de pelear sola.
De vuelta en la mansión…
Alexander se levantó de la mesa lentamente.
Pero su atención seguía fija en Isabella.
Cada vez más convencido.
Cada vez más intrigado.
Cada vez más… involucrado.
—Señora Rossi —dijo con suavidad peligrosa.
Ella levantó la mirada.
—¿Sí?
Los ojos azules del CEO brillaron con intensidad calculada.
—Sea quien sea que acaba de escribirle…
Una pausa.
Cargada.
Inevitable.
—Creo que su pasado acaba de alcanzarla.
El corazón de Isabella golpeó fuerte.
Pero su rostro…
Seguía siendo una máscara perfecta.
Aunque en el fondo…
El tablero estaba a punto de cambiar para siempre.
y más