Sebastián lo tenía todo: un reino próspero, un cabello pelirrojo que era la envidia de la nobleza y una lengua tan afilada que podía humillar a un mago en tres segundos. Pero el exceso de sarcasmo tiene un precio. Tras insultar al hechicero equivocado, Sebastián despierta convertido en un cangrejo y es arrojado a las profundidades del océano.
Su suerte no mejora cuando es capturado por Rubí, la princesa del Reino Marino. Llamada así por sus hipnotizantes ojos rojos, Rubí es una sirena de una belleza letal y una personalidad... impredecible. Un momento es un ángel dulce que acaricia tus pinzas, y al siguiente está picando perejil mientras decide si te prefiere hervido o a la plancha.
Atrapado en una jaula de cristal y bajo la vigilancia de una "loca" con cambios de humor extremos, Sebastián deberá encontrar la forma de romper su hechizo antes de convertirse en el almuerzo real.
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capítulo 8
La llegada de un nuevo visitante al Reino de Helios nunca pasaba desapercibida, pero lo que emergió de las aguas del puerto esa tarde no fue un diplomático, sino una pesadilla envuelta en elegancia. Baltazar caminó sobre la arena con sus piernas recién creadas por la magia abisal, moviéndose con una soltura que daba náuseas a quien lo observaba. Su torso oscuro y musculoso estaba cubierto por una túnica de escamas de seda que brillaban con un azul eléctrico, y sus ojos celestes devoraban el horizonte terrestre con una ambición desmedida.
—Así que este es el aire seco que tanto fascina a Rubí —susurró Baltazar, con una sonrisa que mostraba dientes demasiado afilados—. Huele a debilidad y a carne quemada por el sol. Perfecto para mis planes.
Mientras la bestia del abismo se dirigía al palacio con una carta de recomendación falsa del Rey Tritón, dentro de los muros de mármol, la situación de Sebastián había pasado de "complicada" a "extrema".
En el salón privado, la paz era un concepto inexistente. Sombra, la gata negra de Sebastián, había logrado burlar la seguridad de los guardias por tercera vez esa mañana. No era solo hambre; era una obsesión. El aroma que emanaba de la pecera de Sebastián era tan exquisito, tan concentrado en ese pequeño cuerpo de crustáceo, que la gata había perdido cualquier rastro de lealtad anterior.
—¡Miau! (¡Ríndete, pequeño snack con corona!)*—bufó Sombra, saltando sobre la mesa con las garras extendidas.
Sebastián, desde el interior de su pecera, no retrocedió. Su nueva personalidad, forjada en la adversidad y la arrogancia, lo mantenía firme. Observaba a la gata con un desprecio absoluto, sus pinzas listas para defender su territorio de cristal.
—Inténtalo, bola de pelos traidora —desafió Sebastián, su voz resonando con una calma dominante—. En cuanto recupere mis manos, te convertiré en un tapete para mis pies. Soy tu príncipe, no tu cena. Aprende a distinguir la jerarquía antes de que te corte los bigotes con mis propias pinzas.
Sombra lanzó un zarpazo que golpeó el cristal de Bohemia, haciendo que la pecera se tambaleara peligrosamente. Sebastián, calculador, se movió hacia el lado opuesto para equilibrar el peso, manteniendo el control de la situación con una sangre fría que habría impresionado a su padre.
—¡Rubí! —llamó Sebastián, sin perder la compostura—. Tu "compañera de juegos" está intentando romper el mobiliario real. Ven y demuestra que sirves para algo más que para llorar por frutas exóticas.
Rubí entró en la habitación con un salto alegre, pero al ver a Sombra atacando la pecera, su expresión cambió. No se asustó; se divirtió.
—¡Oh, qué energía! —exclamó Rubí, aplaudiendo—. Sombra realmente tiene buen gusto. Mira cómo brilla su pelaje cuando está decidida a comerse a un heredero al trono. ¡Es tan emocionante! ¡Buaaaaaa! ¡Me recuerda a cuando mi tía Úrsula intentó cocinar a mi primo en su cumpleaños!
Rubí agarró a Sombra por el pescuezo, levantándola en el aire. La gata pataleaba furiosa, sus ojos amarillos fijos en el cangrejo.
—Tranquila, pequeña bestia —susurró Rubí al oído de la gata, con una mirada de maldad pura—. Si te lo comes ahora, la diversión se acaba. Tenemos invitados... y necesito que el Cangrejito esté entero para lo que viene.
Para intentar calmar las tensiones entre las dos princesas, el Rey de Helios sugirió una tarde en la piscina privada del palacio, un recinto de mármol blanco y aguas termales donde se guardaba a la "mascota" favorita del monarca: Barnaby, un pulpo gigante traído de las fosas meridionales hace décadas. Lo que nadie sabía, excepto Rubí, era que Barnaby no era solo un pulpo; era un viejo "amigo" del Reino Marino con una reputación bastante cuestionable entre las sirenas.
Aurelia, buscando recuperar su dignidad y relajarse de la presencia de Rubí, se sumergió en las aguas cristalinas con un bañador de seda púrpura que resaltaba su figura aristocrática. Se apoyó en el borde de mármol, cerrando los ojos para disfrutar del calor.
Desde una esquina de la piscina, Rubí observaba con una sonrisa perversa, sosteniendo la pecera de Sebastián para que él también fuera testigo.
—Mira, Sebastián —susurró Rubí—. Aurelia parece estar muy cómoda. Sería una lástima que algo perturbara su paz... algo con muchos tentáculos y muy poca vergüenza.
—¿De qué hablas, loca? —preguntó Sebastián, observando cómo Barnaby se deslizaba silenciosamente por el fondo de la piscina.
De repente, Aurelia soltó un grito ahogado. Sintió algo suave, frío y succionador envolverse alrededor de su tobillo izquierdo. Luego, otro tentáculo rodeó su cintura, y un tercero comenzó a deslizarse por su espalda con una familiaridad inquietante.
—¡Ah! ¡Algo me está tocando! —gritó Aurelia, tratando de zafarse—. ¡Rey! ¡Guardias! ¡El pulpo se ha vuelto loco!
Barnaby, el viejo pervertido de las profundidades, no tenía intenciones agresivas, pero sus tentáculos se movían con una curiosidad "exploratoria" que hacía que Aurelia se retorciera de indignación y vergüenza. El pulpo colocaba sus ventosas sobre los hombros de la princesa, masajeando su piel con una técnica que Rubí conocía muy bien.
—¡Jajajaja! —Rubí estalló en una risa cargada de maldad, apoyándose en la pared mientras señalaba la escena—. ¡Parece que Barnaby te ha encontrado "apetecible", Aurelia! ¡Dicen que los pulpos tienen tres corazones, y parece que todos laten por ti en este momento! ¡Qué romántico!
—¡Rubí, haz algo! —chilló Aurelia, roja de la ira mientras un tentáculo intentaba jugar con su cabello morado—. ¡Quítame a este monstruo de encima!
Sebastián, desde su pecera, observaba la escena con una mezcla de egocentrismo y cálculo. Aunque Aurelia era su prometida, verla perder la compostura de esa manera le resultaba extrañamente satisfactorio. Su parte posesiva se activó brevemente, pero su lado dominante disfrutaba del caos que Rubí había provocado.
—Debo admitir, Rubí —dijo Sebastián, su voz sonando por encima del chapoteo—, que tu sentido del humor es tan retorcido como las patas de ese pulpo. Aurelia, deja de gritar; solo te está midiendo para ver si encajas en su colección de tesoros hundidos. Eres demasiado dramática.
Rubí se acercó al borde de la piscina, riendo con tanta fuerza que las lágrimas (esta vez reales) rodaban por sus mejillas.
—¡Es el mejor día de mi vida en la superficie! —exclamó la sirena—. Entre la gata que quiere almorzarse al príncipe y el pulpo que quiere casarse con la prometida, ¡este palacio es mucho más divertido que el fondo del mar!
La risa de Rubí fue interrumpida por la apertura brusca de las puertas del recinto de la piscina. Un guardia entró, temblando visiblemente.
—¡Majestad! ¡Princesa! —anunció el hombre—. Un emisario del Reino Marino ha llegado. Dice llamarse Baltazar... y exige ver a la Princesa Rubí de inmediato.
El ambiente festivo y caótico se congeló. Rubí dejó de reír, su mirada tornándose seria y sombría por primera vez. Barnaby, sintiendo el cambio de energía, soltó a Aurelia y se hundió en las profundidades de la piscina.
Sebastián, el cangrejo calculador, sintió un escalofrío recorrer su caparazón. No conocía a Baltazar, pero el nombre vibraba con una amenaza que sus instintos reales no podían ignorar.
—Baltazar... —susurró Rubí, y por un momento, Sebastián vio miedo real en los ojos de la sirena—. El Engaño ha llegado a la tierra.
La tarde de juegos había terminado. La sombra del abismo acababa de entrar en el palacio, y Sebastián sabía que, a partir de ese momento, su vida no solo dependería de evitar a una gata o a una olla, sino de sobrevivir a una bestia que no aceptaba un "no" por respuesta.