Ella renace en otra época, conoce su futuro y está decidida a cambiarlo.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Estudios
Los días que siguieron no fueron ruidosos.
No hubo grandes anuncios ni cambios visibles para el mundo exterior.
Pero dentro de Rebecca… todo era distinto.
Cada mañana comenzaba más temprano de lo habitual. Antes de que el sol terminara de asomarse por completo, ella ya estaba despierta, sentada junto a la ventana con un libro abierto entre las manos. La luz tenue del amanecer caía sobre las páginas mientras sus ojos recorrían líneas que, en otra vida, apenas había prestado atención.
Ahora… las devoraba.
La academia.
Ese lugar que antes había sido solo un escenario secundario en su vida, ahora se convertía en su objetivo principal.
En su primera vida, había entrado casi sin esfuerzo. Su madre había insistido, suplicado incluso, y Lord Sallow había movido los hilos necesarios. Rebecca simplemente… había ido.
Sin interés.
Sin compromiso.
Sin entender lo que realmente tenía frente a ella.
Y lo perdió.
Cerró el libro con suavidad, inhalando profundo.
—No esta vez…
Lo bueno.. si podía llamarlo así.. era que no estaba empezando desde cero.
Sabía.
Sabía exactamente cómo sería el proceso.
Las preguntas.
Las evaluaciones.
Los temas.
Incluso recordaba el tipo de mirada de los examinadores, la forma en que medían no solo el conocimiento, sino la actitud.
Eso le daba ventaja.
Una enorme.
Pero no se confió.
Porque también sabía algo más importante:
La ventaja no sirve de nada… si no se usa.
Así que estudió.
De verdad.
No como antes, cuando fingía interés mientras su mente estaba en otro lugar. No como cuando pasaba las páginas solo para cumplir.
Ahora se detenía.
Repetía.
Memorizaba.
Comprendía.
Se equivocaba… y volvía a empezar.
A veces fruncía el ceño, frustrada por no entender algo de inmediato. Otras veces sonreía levemente cuando una idea finalmente encajaba en su mente.
Era… un proceso real.
Y eso la hacía sentir viva de una forma que no esperaba.
Su madre, por supuesto, lo notó.
—Has cambiado —comentó una tarde, observándola mientras estudiaba en la mesa.
Rebecca no levantó la vista de su libro.
—¿Sí?
—Te esfuerzas más.. Eso es bueno… muy bueno.
Hubo una pequeña pausa.
—Tu padre estará orgulloso.
Rebecca pasó la página.
Sin reaccionar demasiado.
—No lo hago por eso.
Su madre guardó silencio unos segundos, como si no supiera cómo responder.
Pero luego, con una sonrisa suave, insistió..
—Aun así… es importante.
Rebecca no discutió.
No valía la pena.
Porque la diferencia era algo que su madre no entendería fácilmente.
Antes, Rebecca había vivido buscando agradar.
A su padre.
A su entorno.
A… él.
Esa necesidad de ser validada la había llevado a descuidarse, a olvidarse de sí misma, a aceptar cosas que jamás debió tolerar.
Pero ahora… cerró el libro y levantó la mirada, fija, tranquila.
—Quiero entrar a la academia —dijo, más para sí misma que para nadie más
—Porque quiero aprender.
Porque quería ser capaz.
Porque quería elegir su vida.
No porque alguien la mirara.
No porque alguien la alabara.
No porque alguien, finalmente, la considerara suficiente.
Su madre la observó en silencio, percibiendo que algo en su hija era distinto… más firme… más lejano incluso.
Pero también… más fuerte.
Y aunque no entendía completamente ese cambio, decidió no cuestionarlo.
—Entonces sigue así.. No te detengas.
Rebecca asintió levemente.
Y lo hizo.
Día tras día.
Hora tras hora.
Sin distracciones.
Sin desviarse.
El tiempo pasó rápido… pero de una forma distinta a antes.
No como algo que se desperdicia.
Sino como algo que se construye.
Y en ese esfuerzo constante, en ese deseo genuino de cambiar su destino…
Rebecca Sallow dejó de ser una espectadora de su propia vida.
Y comenzó, por fin… a tomar el control de ella.
Faltaban ocho semanas.
Ocho semanas que, para cualquiera, podían parecer mucho tiempo… pero para Rebecca se sentían como un reloj que no dejaba de avanzar.
Cada día contaba.
Cada hora importaba.
Y ella lo sabía.
Su rutina se había vuelto casi impecable. Se levantaba temprano, repasaba lo estudiado el día anterior y luego avanzaba con nuevos temas. No dejaba nada al azar. Incluso cuando comía o caminaba por la casa, su mente seguía trabajando, repasando posibles preguntas, estructurando respuestas, anticipando escenarios.
A veces se detenía frente a la ventana, con la mirada perdida en el horizonte… pero en realidad, no estaba mirando el paisaje.
Estaba respondiendo exámenes en su cabeza.
—Si preguntan esto… entonces debo responder así…
—No, mejor estructurarlo de esta forma…
—Primero el concepto, luego el ejemplo…
Sus labios se movían apenas, como si murmurara consigo misma.
No era ansiedad vacía.
Era preparación.
Porque entendía perfectamente lo que estaba en juego.
Ese examen no solo definía si entraba o no.
Definía.. cómo.. entraba.
Una buena calificación le permitiría elegir mejores clases, acceder a becas, organizar su horario… incluso relacionarse con personas distintas.
Y Rebecca no pensaba conformarse con entrar.
Quería destacar.
Quería posicionarse.
Quería asegurarse de que, esta vez, nadie pudiera ignorarla.
Una tarde, mientras repasaba en la mesa del comedor, el sonido de pasos firmes anunció una presencia conocida.
No necesitó levantar la vista para saber quién era.
Lord Sallow.
Su madre fue la primera en reaccionar.
—Ha venido —susurró, con una emoción difícil de ocultar.
Se levantó rápidamente, acomodando su vestido, con una sonrisa que nacía más del anhelo que de la costumbre.
Rebecca cerró su cuaderno con calma.
No había nervios.
No había expectativa.
Solo… aceptación.
Cuando él entró en la habitación, su presencia volvió a imponer ese silencio característico. No era intimidante en el sentido tradicional… pero sí marcaba distancia.
Su madre habló primero, como siempre.
—Es un gusto verlo— comenzó, pero se detuvo al notar algo distinto.
Lord Sallow no la estaba mirando a ella.
Sus ojos estaban puestos en Rebecca.
Eso… era nuevo.
—Rebecca —dijo, acercándose unos pasos.
Su madre casi contuvo la respiración.
Había algo de orgullo anticipado en su mirada, como si ese simple gesto confirmara todo lo que siempre había esperado.
Pero Rebecca…
Rebecca no reaccionó demasiado.
Levantó la vista.
Lo miró.
Y esperó.
—¿Te estás preparando para el examen? —preguntó él, con tono neutro.
—Sí.
—Bien.
Hubo una breve pausa.
Luego, sin más preámbulo, comenzó..
—Si te preguntan sobre..
Y lanzó la primera pregunta.
Era directa.
Precisa.
Exactamente del tipo que aparecería en el examen.
Rebecca lo notó de inmediato.
Y por primera vez desde que él había llegado… le prestó verdadera atención.
No como hija.
Sino como estudiante.
—La respuesta correcta sería… —comenzó, y respondió sin titubeos.
Clara.
Ordenada.
Segura.
Lord Sallow no la interrumpió.
Solo escuchó.
Luego hizo otra pregunta.
Y otra.
Cada vez un poco más compleja.
Cada vez más específica.
Rebecca respondió todas.
Sin vacilar.
Sin errores.
No porque improvisara… sino porque ya había recorrido ese camino en su mente una y otra vez.
El silencio que siguió fue distinto.
Más denso.
Más… significativo.
Lord Sallow la observó unos segundos.
Había algo en su mirada.
No era orgullo.
No del todo.
Pero sí… reconocimiento.
Y quizás… una ligera sorpresa.
Aun así, no dijo nada.
No hubo felicitaciones.
No hubo palabras de aliento.
Nada.
Solo asintió levemente, como si confirmara algo para sí mismo.
Y entonces se giró.
—Enviaré el carruaje de la casa Sallow el día del examen.. vendrá por ti.
Eso fue todo.
Se fue.
Como siempre.
Sin quedarse.
Sin mirar atrás.
El silencio quedó en la habitación.
Y entonces… su madre casi rompió en llanto.
—¿Lo viste? ¿Viste cómo te habló? ¡Cómo te preguntó! Eso significa que..
Rebecca la interrumpió suavemente.
—Lo sé.
Su voz era tranquila.
Sin emoción desbordada.
—Es suficiente.
Se puso de pie, recogiendo su cuaderno.
Su madre la miró, confundida.
—¿Solo eso?
Rebecca asintió.
—Sí.
Porque para ella… lo era.
Ese hombre era su padre.
El mismo que la había dejado de lado durante dieciséis años.
El mismo que había estado ausente.
El mismo que había elegido otras vidas… otros hogares… otras prioridades.
Lo que estaba haciendo ahora… no era extraordinario.
Era lo mínimo.
Y aun así, Rebecca no era ingrata.
—Le agradezco —dijo, más para sí misma que para su madre.
Porque lo hacía.
Pero eso no borraba nada.
No cambiaba el pasado.
No reconstruía lo que nunca existió.
Y, curiosamente… no le dolía
Porque no esperaba más.
Porque no necesitaba más.
Apretó suavemente su cuaderno contra su pecho y respiró hondo.
—Tengo que seguir estudiando.
Y volvió a su lugar.
A sus libros.
A su objetivo.
Porque mientras otros celebraban pequeños gestos…
Rebecca estaba construyendo algo mucho más grande.
Su futuro.
Y esta vez… nadie iba a arrebatárselo.
Nada quiero mas que tu amor
Sabes que si
Todo lo que hago
Lo hago por ti🎶🎶🎶 lo que ella pida este duque se lo va a dar