Aurora, una joven de campo marcada por el miedo, huye hacia Londres junto a su pequeño hermano Charles, escapando de un pasado oscuro y de un padrastro que amenaza con destruirlo todo. En medio de una ciudad desconocida y desafiante, su dulzura e inocencia se convierten en su única fortaleza.
Su vida cambia cuando conoce a Christian Potter, un hombre que ella cree un simple chofer, sin imaginar que en realidad es un poderoso y frío CEO multimillonario. Acostumbrado al éxito, pero atrapado en una vida de soledad y amargura, Christian encuentra en Aurora una luz inesperada.
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Capítulo 15
Aurora se separó bruscamente del beso, con el corazón latiéndole a mil por hora. Miró hacia la puerta de la habitación de Charles, preocupada.
—Espera… —susurró, respirando agitada—. Tengo miedo de que Charlie no esté dormido de verdad. Si nos ve otra vez…
Christian sonrió con esa mezcla de dolor y deseo, todavía sentado en el sofá con la camisa abierta.
—Tranquila —dijo en voz baja—. No quiero que te sientas incómoda.
Se levantó con esfuerzo, haciendo una mueca cuando el dolor de las costillas le atravesó el cuerpo. Se abotonó la camisa lo mejor que pudo y se acercó a ella. Le dio un beso suave en la frente.
—Descansa, Aurora. Mañana te veo.
—Cuídate, por favor —respondió ella, todavía sonrojada y preocupada.
Christian salió del apartamento cojeando ligeramente. Aurora cerró la puerta y se apoyó contra ella, suspirando.
A la mañana siguiente, en la mansión Potter, Elizabeth bajó a desayunar y se quedó helada al ver el rostro de su hijo mayor.
—¡Christian! ¡Por Dios santo! ¿Qué te pasó en la cara? ¿Y ese moretón en el pómulo?
Christian se sentó a la mesa como si nada, sirviéndose café con calma.
—No es nada, madre. Un pequeño incidente anoche.
Elizabeth se acercó y le tomó la cara con las manos, examinándolo.
—¿Incidente? ¡Tienes la ceja hinchada y moretones por todas partes! ¿Te peleaste con alguien?
Joseph, que ya estaba desayunando, levantó la vista y sonrió de medio lado, pero no dijo nada.
Christian evadió la mirada de su madre.
—En mi juventud me gustaban las peleas clandestinas, ¿recuerdas? No es la primera vez que llego así a casa. No te preocupes.
Elizabeth suspiró, claramente preocupada.
—Christian, ya no eres un muchacho de veinte años. Eres el CEO de una de las empresas más importantes de Europa. No puedes andar metiéndote en peleas.
—Lo sé. No volverá a pasar —respondió él, terminando el café de un trago—. Esta mañana voy a suspender las reuniones. Me duele bastante la costilla.
Se levantó y besó a su madre en la mejilla.
—No te preocupes. Estaré bien.
Antes de ir al hospital, Christian pasó por el edificio viejo. Llevaba dos bolsas con comida decente: pollo asado, arroz, verduras, pan fresco y algunas frutas.
Tocó la puerta del 302. Peluche abrió, sorprendido.
—¿Otra vez tú? —gruñó, pero sus ojos se suavizaron al ver las bolsas—. ¿Qué es esto?
—Comida. Y necesito tu ayuda —dijo Christian entrando sin esperar invitación—. Anoche me atacaron los mismos tipos de la otra vez. Ahora tenían un arma. Me quitaron el reloj de mi padre. Quiero que me ayudes a encontrarlos.
Peluche suspiró y aceptó una de las bolsas.
—Está bien. Cuéntame cómo eran.
Christian le describió a los tres jóvenes con detalle. Peluche asintió enseguida.
—Sé quiénes son. Un grupo de adolescentes del barrio que se hacen llamar “Los Lobos”. Son problemáticos, pero no son asesinos. Ven, vamos.
Los dos salieron juntos. Peluche lo llevó a un terreno baldío donde los chicos solían reunirse. Allí estaban los tres, sentados en cajas jugando cartas.
Christian se acercó con paso firme, a pesar del dolor. Su voz salió calmada pero autoritaria.
—Quiero negociar el reloj que me quitaron anoche.
Los chicos se pusieron de pie, nerviosos al reconocerlo.
—¿Qué quieres? —preguntó el líder, un muchacho de unos diecinueve años.
—Les doy tres veces más de lo que vale el reloj en el mercado. Y hay más. No le hagan nada a la chica que vive en el edificio, que estaba conmigo anoche. Al contrario, cuídenla. Si ven que alguien la molesta, intervengan. Yo les pagaré por eso. Además… sé que juegan muy bien al fútbol. Puedo patrocinar su equipo: uniformes, balones, incluso un entrenador.
Los chicos se miraron entre sí, incrédulos.
Peluche dio un paso adelante y se dirigió directamente al líder.
—Escucha, Kevin. Este hombre es Christian Potter. Es dueño de un hospital privado muy importante. Si aceptan el trato, puede ofrecer tratamiento gratuito para tu madre. Ella tiene cáncer, ¿verdad? Él puede ayudar.
Los tres adolescentes abrieron los ojos como platos. Kevin tragó saliva.
—¿De verdad? ¿Podría tratar a mi mamá?
Christian asintió.
—Sí. Trato hecho si me devuelven el reloj y cumplen con lo de que les pedí.
Los chicos se miraron emocionados. De pronto Kevin se acercó y abrazó a Christian con fuerza.
—¡Gracias, señor! ¡No se arrepentirá!
Los otros dos también lo abrazaron, contentos y aliviados.
—Le devolvemos el reloj ahora mismo —dijo uno de ellos.
Más tarde esa misma mañana, Christian fue al hospital privado de la familia. Su gran amigo, el doctor Thomas Reed, lo atendió personalmente.
—Vaya… otra vez metido en problemas —dijo Thomas mientras le hacía las radiografías—. Costilla fisurada. No está rota, pero sí vencida. Tendrás que reposar unos días y tomar antiinflamatorios. Nada de esfuerzos.
Christian hizo una mueca cuando Thomas le palpó la zona.
—¿Cuánto tiempo?
—Al menos una semana sin pelear ni cargar peso. Y nada de conducir si te duele mucho.
Christian suspiró.
—Está bien. Gracias, Thomas.
Thomas lo miró con curiosidad mientras le vendaba el torso.
—¿Vas a contarme qué pasó esta vez o sigues con tu costumbre de no explicar nada?
Christian sonrió levemente.
—Digamos que… estoy protegiendo a alguien importante.
Thomas soltó una risa baja.
—Nunca pensé que vería el día en que Christian Potter se metiera en problemas por alguien que no llevé tu apellido. Debe ser especial.
—Lo es —respondió Christian en voz baja—. Más de lo que imaginas.