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El Bully Que Se Enamoró

El Bully Que Se Enamoró

Status: En proceso
Genre:Amor-odio / Escuela / Romance
Popularitas:5.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Melisa Britos

La chica invisible del colegio soporta el bullying del más lindo hasta que él se enamora de ella por celos, que pasará con ellos???

NovelToon tiene autorización de Melisa Britos para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 5: El beso

Junio seguía frío y en el Colegio Nacional San Martín el radiador del aula de tercer año andaba a veces sí, a veces no. Cuando andaba, el aula olía a polvo caliente; cuando no, nos quedábamos con la campera puesta y la nariz colorada. Yo ya no contaba los días desde que Thiago me decía “Cuatro ojos”. Los contaba desde que había dejado de decirlo. Iban diecisiete.

No es que se hubiera vuelto bueno de golpe. Seguía siendo Thiago Benítez: llegaba tarde, se sentaba al fondo con Ramiro y Lautaro, hacía que la profesora de Historia le repitiera la pregunta dos veces porque no había escuchado. Pero a mí ya no me buscaba para cargarme delante de todos. Me buscaba con los ojos cuando Santiago se sentaba conmigo en Literatura. Me buscaba en el recreo cuando yo iba a la biblioteca —y ya no entraba, se quedaba en la puerta mirando para adentro como si no supiera si pasar—. Y me buscaba a la salida, sin decir nada, caminando tres pasos atrás mío hasta que yo doblaba en la esquina de mi casa y él seguía para el otro lado.

No hablábamos. Eso era lo raro. Después de lo del banco —“no te lo digo, te lo pido”— no me pidió nada más. Pero yo sentía que me pedía algo igual, todo el tiempo.

El jueves la profe de Educación Física nos hizo hacer grupos mixtos para vóley. Caí en el equipo de Thiago. Santiago quedó en el otro. Apenas Mariela dijo los nombres, Ramiro le dio un codazo a Thiago y murmuró algo. Thiago no se rio.

Jugamos. Yo seguía sacando para el orto, pero esta vez cuando la pelota venía para mí, Thiago no gritaba “¡cuidado que la tira a China!”. Me decía “arriba, Ríos” bajito, como si solo yo lo tuviera que escuchar. Dos veces la pude devolver bien. Una vez la tiré afuera. No se rio.

Cuando terminó la clase fui al baño a lavarme la cara. Estaba sola, secándome con papel, cuando entró él. Tenía la remera transpirada pegada al cuerpo y el pelo mojado en la frente.

—Jugaste mejor —dijo.

—Gracias —contesté sin mirarlo.

Se apoyó en el lavatorio de al lado. El mismo lugar que la otra vez. Pero no estábamos jugando al que carga y al que se achica.

—¿Santiago te espera a la salida?

—No.

—¿Entonces por qué salís con él?

—No salgo con él. Caminamos juntos porque vivimos para el mismo lado.

Se quedó callado. Se pasó la mano por la nuca. Vi la cicatriz arriba de la ceja otra vez.

—¿Te molesta? —pregunté, y me salió más fuerte de lo que quería.

Se me quedó mirando. No con la cara de canchero. Con la cara de no saber qué hacer con las manos.

—Sí —dijo.

No me lo esperaba. Esperaba que me dijera “no me importa” o que se riera. Pero dijo sí, así, seco.

—¿Por qué? —le pregunté.

—Porque sí.

—Esa no es respuesta.

—Porque me rompe las pelotas verte hablar con él y que te rías —dijo de golpe, y se le puso la cara colorada—. ¿Te gusta o no?

—No.

—¿Entonces por qué te reís con él?

—Porque me cae bien. No como vos, que me decías Cuatro ojos todos los días.

Se le borró lo colorado y se le puso seria la boca.

—Ya sé. Fui un pelotudo.

—Fuiste.

—Ya sé que fui. —Se acercó un paso. No mucho, pero lo suficiente para que yo tuviera que levantar la cabeza para mirarlo—. No sé cómo arreglarlo.

—Dejando de serlo.

—No sé si sé.

Me reí sin querer. Fue corta, pero fue risa. Thiago también se rio, con la boca cerrada, y por un segundo no parecía Thiago Benítez. Parecía un chico de diecisiete años que no sabía dónde poner los brazos.

—Te queda mejor el pelo así —dijo después, mirándome la trenza floja.

—Ya me lo dijiste.

—Lo digo de vuelta.

Me quedé mirándolo. Tenía los ojos verdes con un poco de miedo adentro, y eso me descolocó más que todos los “Cuatro ojos” juntos.

—No quiero que me cargues más —le dije.

—No te voy a cargar más.

—Ni a mí ni a nadie.

—No puedo prometer por nadie. Por vos sí.

No supe qué contestar. Se hizo silencio y se escuchaba el agua goteando de una canilla mal cerrada.

—Ríos —dijo, y era la cuarta vez en dos semanas que me decía el apellido sin el apodo y eso me hacía ruido en el estómago.

—¿Qué?

Dio otro paso. Quedó cerca. No me tocó. Se inclinó un poco, como si me fuera a decir un secreto, y me dijo:

—¿Puedo?

No entendí al principio. Después sí. Me quedé dura, con la mochila colgando de un hombro y las manos mojadas.

No dije que sí. No dije que no. Lo miré.

Me besó.

Fue mal. Apurado. Con bronca y con miedo. Me chocó un poco los dientes con los míos por los frenillos y los dos nos echamos para atrás al mismo tiempo. Tenía gusto a sal y a desodorante y a chico de diecisiete años que no sabe besar pero igual lo intenta.

Me quedé mirándolo con la boca abierta.

—Perdón —dijo él, al toque—. Perdón, no sé por qué hice eso.

Yo no sabía qué hacer con las manos. Me las sequé en la pollera.

—Sos un idiota, Benítez —le dije, y me salió con la voz chiquita.

—Ya sé.

—Andate.

Se fue. No corriendo. Caminando rápido, con la cabeza gacha.

Me quedé en el baño cinco minutos más, mirándome en el espejo. Tenía los labios colorados y los anteojos un poco torcidos. Me los acomodé. Me pasé la lengua por los frenillos. No lloré.

Cuando salí ya no estaba en el pasillo.

Esa noche no hice la tarea. Me acosté con la luz apagada y me quedé mirando el techo. En la cabeza me rebotaba el “¿puedo?” y el choque de los dientes y el “perdón, no sé por qué hice eso”. Me tocaba la boca sin querer y después sacaba la mano rápido como si quemara.

Mamá me tocó la puerta. —¿Estás bien, Emi?

—Sí.

—¿Segura?

—Sí, ma.

Se fue. Yo me di vuelta en la cama y me tapé hasta la nariz.

Al otro día, cuando entré al aula, Thiago ya estaba sentado. Levantó la vista medio segundo, me miró la boca y después bajó los ojos al cuaderno. No me dijo nada.

Santiago me pasó los apuntes de Historia y me preguntó si había entendido lo de la Revolución Industrial. Le dije que sí. Thiago arrancó una hoja del cuaderno y no escribió nada.

En el recreo no fui a la biblioteca. Me quedé en el banco de cemento del patio. Thiago salió con Ramiro y Lautaro pero a mitad del recreo se separó y se vino a sentar en la otra punta del banco. No me habló. No me miró. Se quedó mirando a los de primero jugar al fútbol.

—Perdón por ayer —dijo al rato, sin mirarme.

—No me pidas perdón —le contesté—. No lo hagas más si no sabés por qué lo hacés.

—No sé por qué lo hago. Sé que te quiero besar desde que me contestaste lo de la librería.

Me quedé helada. Lo de la librería había sido en marzo. El primer día que me dijo Cuatro ojos.

—No me cargues —le dije.

—No te estoy cargando, Ríos. —Se dio vuelta y por primera vez me miró sin cancherear y sin rabia—. Te juro que no.

No le contesté. No sabía qué decir. Me paré, agarré la mochila y me fui para adentro.

No me siguió.

En el cuaderno de Literatura, en la última hoja, escribí “me besó mal y me pidió perdón” y abajo “y yo no

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Veronica Asuncion Caglia Mongelos
me encanto la historia de los dos.
me gustaría una segunda parte
si quisiera saber de Lautaro pero que no intervenga en la vida de ellos el ya fue historia
Melu♡: muy buena sugerencia 🥰 la voy a tener en cuenta. besos
total 2 replies
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