Perdí cinco años de mi vida en una prisión de máxima seguridad, acusada de un crimen que jamás cometí. Me arrebataron mi libertad, mi nombre y mi futuro... pero no pudieron romperme. Hoy he vuelto. Aquellos que conspiraron para hundirme, que sonrieron mientras me juzgaban, pagarán cada día de mi encierro. No vengo a pedir justicia; vengo a cobrar la deuda. Me llamo Esther Vane, y su pesadilla acaba de comenzar.
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Capítulo XIII La cúpula de la corrupción
Punto de vista de Gabriel
El humo del habano de mi padre llenaba la biblioteca privada de la residencia Linares, un espacio de madera oscura y retratos al óleo donde se habían decidido los destinos políticos y financieros de la familia durante tres generaciones. Eran las siete de la mañana. Victoria Herrera caminaba de un lado a otro sobre la alfombra persa, destruyéndose las uñas a mordiscos y con unas ojeras profundas que el maquillaje caro no lograba ocultar.
Yo apuraba mi segundo vaso de whisky sin hielo. La imagen de Esther en el balcón del hotel, entregada a la boca de Felipe Vane con esa soltura que jamás tuvo conmigo, me ardía en el estómago como un ácido en llamas.
—¿Te vas a quedar ahí tirado bebiendo como un imbécil o vas a reaccionar? —chistó Victoria, deteniéndose frente a mi sillón con el rostro desencajado—. ¡Tu padre lleva veinte minutos al teléfono y tú sigues con la mirada perdida!
—¡Cállate la boca, Victoria! —la encaré, poniéndome de pie de un salto—. Si no estuvieras histérica, recordarías que el que tiene todo que perder aquí soy yo. Si esa mujer habla, el apellido Linares se va a la basura.
—¡Suficiente los dos! —la voz de mi padre, Aurelio Linares, cortó el aire con el peso de una hoz.
Colgó el receptor del teléfono antiguo con un golpe seco y nos dedicó una mirada de absoluto desprecio. Se tomó unos segundos para expulsar una bocanada de humo denso antes de apoyarse sobre el escritorio de caoba.
—Comportándose como dos criminales acorralados... —masculló mi padre, fijando sus ojos grises y fríos en mí—. Te lo advertí hace cinco años, Gabriel. Te dije que limpiar el desastre de tu jueguito nocturno con la sirvienta nos iba a costar una fortuna. Pagué al fiscal, compré al juez de la causa y dejé a esa infeliz encerrada en una celda de máxima seguridad sin derecho a revisión. Me aseguré de que ningún abogado de pacotilla tomara su caso. Y ahora resulta que sale por la puerta grande tomada del brazo de un Vane.
—Papá, no entiendo cómo ocurrió —intervine, sintiendo un sudor frío bajándome por la nuca—. Felipe Vane no solo la sacó; anuló la sentencia por completo. Anoche aparecieron en la gala casados. ¿Cómo demonios un tribunal superior reabrió un expediente sellado sin que nuestros contactos nos avisaran?
Aurelio abrió una carpeta de manila que tenía sobre el escritorio y arrojó varios folios impresos frente a nosotros.
—Porque no fue un trámite ordinario en los juzgados locales, pedazo de idiota —dijo mi padre con un tono siniestro—. Acabo de hablar con el magistrado de la Corte. Vane no fue a pedir un indulto ni una apelación común. Descubrió la falla técnica que cometió tu abogado al redactar el acta de incautación de pruebas el día del incidente.
Victoria Herrera se acercó al escritorio con las manos temblorosas y tomó las hojas.
—¿Qué falla? —preguntó ella, repasando las líneas con la vista—. Yo firmé la declaración de que ella me atacó con el jarrón. El informe médico confirmaba mi traumatismo craneal.
—Sí, pero el genial abogado de mi hijo olvidó anexar la cadena de custodia original del arma del delito y las huellas del picaporte —explicó Aurelio Linares con pura rabia contenida—. Felipe Vane detectó esa irregularidad hace tres meses. No fue a los tribunales de la ciudad donde tenemos comprados a los jueces; llevó un recurso de amparo constitucional directamente a la Sala Penal de la capital. Denunció vicios de procedimiento, violación al debido proceso y ocultamiento de pruebas por parte de la fiscalía.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Felipe no había jugado en nuestro terreno. Había elevado el caso a un nivel donde el dinero de mi familia no tenía el mismo alcance inmediato.
—Ese infeliz... —mascullé entre dientes, apretando el vaso de cristal hasta que me dolieron los nudillos—. Estudió el caso desde el principio. No fue casualidad que la encontrara.
—No solo eso —continuó mi padre, cruzando los brazos—. Vane presentó peritajes médicos independientes sobre las lesiones de Esther de aquella noche. Demostró que las marcas en sus muñecas y los hematomas en sus brazos no correspondían a la mecánica de un ataque, sino a una agresión previa. En términos legales, demostró que la investigación inicial fue manipulada para fabricar una culpable.
Victoria dejó caer los papeles sobre la mesa, blanca como la leche.
—Eso significa... que tienen pruebas de que fuiste tú quien la atacó primero, Gabriel —susurró ella, mirando hacia la puerta como si la policía estuviera a punto de derribarla—. Nos van a procesar por fraude procesal, testimonio falso y tentativa de abuso.
—¡Cállate! —le grité, tomándola del hombro con brusquedad—. ¡Tú también firmaste esa denuncia! ¡Fuiste tú la que dijo que ella te había empujado para robarse las joyas de los Herrera!
—¡Suéltala, Gabriel! —ordenó mi padre con una voz que no admitía réplica—. Pelearse entre ustedes es exactamente lo que Vane quiere. Ese muchacho es un cirujano con las leyes. No dio este paso solo para salvar a la muchacha; usó la historia de Esther para atacar las licitaciones públicas de nuestro grupo empresarial. Anoche, dos de nuestros socios principales llamaron para pedir explicaciones sobre el escándalo.
Me pasé las manos por el cabello, desesperado. La imagen de Esther regresaba a mi mente una y otra vez. Ya no era la muchacha humilde y asustada que lloraba en el piso de la cocina mientras los policías se la llevaban. Anoche se veía imponente, inalcanzable, protegida por el apellido más poderoso del estado. Y lo peor de todo era la duda que me carcomía por dentro: ¿cuánto de esto era justicia y cuánto era venganza personal de Felipe?
—¿Qué vamos a hacer, papá? —pregunté, tragando saliva con dificultad—. No podemos quedarnos de brazos cruzados esperando a que nos llegue la citación de la fiscalía.
Aurelio caminó hacia el ventanal que daba a los jardines privados y se quedó en silencio durante unos segundos largos y densos.
—Felipe Vane cometió un error —dijo mi padre con una sonrisa fría que me erizó la piel—. Se casó con ella para darle legitimidad al caso y protegerla bajo el escudo de su familia. Eso significa que la causa de Esther ahora es la causa de los Vane. Si logramos destruir la reputación de la chica o demostramos que ese matrimonio es una farsa contratada para arruinarnos, el caso se cae por completo.
—¿Demostrar que es un contrato? —intervino Victoria, recuperando un poco el aliento—. Anoche se estaban besando en el balcón como dos dementes. No parecían estar actuando.
Mi padre se giró lentamente hacia nosotros, con los ojos reducidos a dos ranuras peligrosas.
—Todo el mundo tiene un precio o un secreto, Victoria. Esther pasó cinco años en la cárcel; algo tuvo que haber hecho o prometido para que un hombre como Felipe Vane arriesgue su firma legal por ella. Voy a contratar a la agencia de detectives de la capital. Quiero a diez hombres siguiendo cada paso que den, cada llamada que hagan y cada persona con la que hablen dentro y fuera de esa mansión.
Aurelio se acercó a mí y me puso una mano pesada sobre el hombro, apretando con fuerza.
—Y tú, Gabriel, te vas a tragar tu orgullo y vas a actuar como el prometido perfecto de la heredera Herrera. Si esa mujer quiere una guerra de poder, se la vamos a dar. Pero no voy a permitir que la hija de nadie destruya el apellido Linares. Si Felipe Vane quiere jugar al héroe, nos encargaremos de que termine hundido junto con su flamante esposa.
Asentí en silencio, sintiendo cómo el miedo se transformaba gradualmente en un odio oscuro y concentrado. Esther creía que ganar la primera batalla en la corte la hacía invencible, pero no sabía que los Linares no jugaban bajo las reglas de la ley.
Llegan a la cabaña y lo primero que soltó Felipe fue a Melisa si algo está ocultando Esther es la atracción que siente y Felipe se dió cuenta y quiere enmendar su error veremos qué pasará allí y como saldrán.
Que astuto el viejo quiere tener ojos en la casa de Felipe y Esther como dijo Erika tienen química se atraen pero no lo reconocen 🤣😂🤣😂
y los e melissa tienes que pi er todo claro con ella Felipe si no quieres perder a Esther
por que que otra cosa
Si escarban el pasado encontrarán más pruebas de la que no imagina Felipe con la muerte de Melisa.
Veremos con que artimañas salen los Linares 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓