Sienna Hale tiene veinticuatro años, un título de diseño de modas y ninguna intención de volver a ser la hija obediente de nadie. Cuando por fin consigue escapar de su pasado, su hermano Wes le ofrece un refugio: un apartamento en lo más alto de Larkspur Tower, en Vale Harbor, donde la espera una regla muy simple. Mantente lejos de Ronan Kestrel.
Ronan es el mejor amigo de Wes, el hombre al que todos en la ciudad le hablan en voz baja y a quien nadie se atreve a decirle que no. Tiene la mirada de quien ya decidió algo y una cocina donde, a las tres de la madrugada, hay cosas que Sienna no debería haber visto.
Ella necesita un trabajo, un nombre propio y un lugar donde no tenga que demostrar nada. Él necesita que ella sea intocable. Pero entre cenas incómodas, miradas que duran un segundo de más y una puerta que alguien deja entreabierta, los dos empiezan a descubrir que la prohibición solo hace más difícil resistirse.
Mientras Sienna construye la carrera con la que siempre soñó, el mundo de Ronan, con sus familias, sus deudas y sus enemigos, empieza a acercarse demasiado. Y confiar en el hombre equivocado puede costar mucho más que un corazón roto.
NovelToon tiene autorización de Elena Marlowe para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 1
Capítulo 1: Empapada por el mejor amigo de mi hermano
Sienna
—Llevas toda la noche mirándome —dijo Ronan, con la voz grave y áspera contra mi oído—. ¿Creíste que no lo había notado?
Sus manos subieron por mis muslos tan despacio que tuve que aferrarme al borde de la encimera de mármol. Estaba sentada ahí, sin nada más que su camisa, con Ronan entre mis rodillas y las luces de Vale Harbor brillando detrás del vidrio.
Me miraba como si ya hubiera decidido que yo era suya. Intenté responder, pero la garganta había dejado de obedecerme.
Abrió la camisa de un tirón. Los botones cayeron al suelo uno por uno, y el aire frío me rozó la piel. Su boca encontró mi cuello, luego mi clavícula, luego más abajo.
Cuando sus labios se cerraron alrededor de mi pezón, me arqueé y me despegué de la encimera.
—Ronan...
—Dilo otra vez —gruñó.
Me mordió, apenas, y gemí su nombre más fuerte. Le clavé los dedos en los hombros. Su camisa también había desaparecido, no sé cómo, y bajo mis manos había músculos duros y tinta oscura, tatuajes que le cruzaban el pecho como un secreto.
Bajó besándome el vientre, me abrió más las rodillas y me puso la boca entre las piernas.
Jadeé tan fuerte que me dolió. Su lengua trazaba círculos lentos y perversos, y cada nervio de mi cuerpo se encendió a la vez. Lo agarré del pelo y lo atraje hacia mí, sin importarme parecer desesperada. Me deslizó dos dedos adentro y los curvó.
—Mira la ventana —dijo contra mi piel—. Que toda la ciudad vea quién te hace acabar.
Con eso bastó para deshacerme. Mi espalda chocó contra la vitrina de vidrio, me temblaron las piernas alrededor de sus hombros y el orgasmo me atravesó con tanta fuerza que la vista se me puso en blanco. Él no paró, y yo estaba al borde de un segundo cuando un pitido agudo cortó el aire.
Bip. Bip. Bip.
Intenté aferrarme a él, pero las luces de la ciudad se desdibujaron y la cocina se derritió.
Abrí los ojos de golpe en mi diminuta habitación del instituto de diseño Westbrook, donde yacía sola bajo una manta barata, con el sol de la mañana clavándose entre las persianas.
El celular chillaba sobre la mesita de noche. Apagué la alarma de un manotazo, deslicé la mano entre mis piernas y gemí. Estaba completamente empapada.
—Mierda —susurré al techo. Era la tercera vez esa semana.
El celular vibró otra vez con un mensaje.
*Wes:* No puedo ir a recogerte. Te mando a un tal Owen. Sé amable. Nos vemos esta noche. 🖤
Me quedé mirando la pantalla y sentí que me ardía la cara. El hombre de mi sueño no era un desconocido, ni una estrella de cine, ni un ex. Era Ronan Kestrel, el mejor amigo de mi hermano.
No podía seguir teniendo sueños así con Ronan. Estaba prohibido, y nada de eso pasaría jamás entre nosotros.
Hoy me mudaba a su penthouse. Wes ya vivía allí con Ronan, y hasta que nuestro propio departamento estuviera listo, yo dormiría al fondo del pasillo, a unas puertas de él. Esto iba a ser interesante.
Me llamo Sienna Hale, tenía veinticuatro años, acababa de graduarme en la escuela de moda y era la orgullosa dueña de más ropa y zapatos de los que necesita cualquier mujer en sus cabales. La moda me salvó la vida, y no era ninguna broma.
Crecí en Holloway con un padre al que le importaba una sola cosa: cómo nos veían los demás. Gordon Hale quería una casa perfecta, una esposa perfecta e hijos perfectos. Si traía el pelo desordenado, era una vergüenza. Si subía medio kilo, era una floja. Si lloraba, era débil.
Mi madre jamás le plantó cara. Mi hermano mayor, Wes, no lo soportó, y al día siguiente de terminar la escuela se enlistó en el ejército y se fue. Tenía veinte años; yo, once. Los años que siguieron fueron un verdadero infierno.
A los diecisiete me escapé y trabajé para una costurera anciana que me dejaba dormir en el cuarto de atrás. Me enseñó a cortar y a coser, y a hacer que una tela barata pareciera valer un millón de dólares.
Más tarde luché por una beca para Westbrook y la gané. Tres años de escuela de diseño significaron fideos, compañeros de cuarto y casi nada de dinero, pero esos años fueron míos.
Ahora Wes había vuelto. Había dejado el ejército, dirigía no sé qué negocio con Ronan y quería tenerme cerca. Después de tantos años separados, yo también lo quería, aunque eso significara compartir techo con Ronan.
Owen me esperaba afuera de mi edificio con un cartel de cartón que decía SIENNA HALE en gruesas letras negras. Era un hombre bajo y macizo, de traje completo, con complexión de bulldog. Miró mis cuatro maletas y ni parpadeó.
—¿Señorita Hale?
—Soy yo.
—Owen Pratt. Su hermano le manda sus disculpas. —Cargó dos maletas como si no pesaran nada—. La llevaré a casa del señor Kestrel.
Solo oír señor Kestrel me revolvió el estómago.
Subí al asiento trasero de un elegante auto negro que olía a cuero y a dinero. Owen se incorporó al tráfico.
—Entonces —dije, tratando de sonar casual—. ¿A qué se dedica exactamente el señor Kestrel?
Los ojos de Owen se dirigieron a mí por el espejo y volvieron al camino.
—A muchos negocios distintos —dijo.
—¿Como cuáles?
—El edificio tiene una piscina en la azotea —dijo—. Fondo de cristal. Climatizada. Muy agradable.
Entrecerré los ojos. Eso no era una respuesta.
—¿Y usted qué hace para él?
—Un poco de todo.
—¿Y para mi hermano?
—Lo mismo.
Me recargué en el asiento. Iba a ser de mucha ayuda, eso estaba claro.
No veía a Ronan desde hacía un año. Aun entonces era el hombre más guapo que había visto en mi vida. Alto, pelo oscuro, ojos de un azul tan profundo que parecían casi negros con mala luz. Venía de una familia poderosa, y se notaba en la forma en que entraba a una sala.
Ronan no tenía redes sociales ni fotos en internet. Wes tampoco. Eran como fantasmas, salvo que uno de los dos me visitaba en sueños todas las noches.
El auto se detuvo frente a una torre de cristal oscuro que parecía subir directo hasta las nubes.
—Larkspur Tower —dijo Owen—. El penthouse es privado. Su huella estará registrada para esta noche.
Subimos en un elevador privado hasta el último piso. Los oídos me zumbaron en el ascenso, y el corazón me latía con fuerza cuando se abrieron las puertas. El penthouse era enorme, con ventanales del piso al techo en todos los costados y todo Vale Harbor extendido abajo como un juguete.
Unos pisos de mármol negro llevaban a una escalera que subía en curva hasta un segundo nivel, y más allá había una cocina tan grande que uno podía perderse en ella. Vi la encimera de mármol y volví a sentir que me ardía toda la cara.
—Su habitación está arriba, la segunda puerta a la izquierda —dijo Owen. Dejó mis maletas y me miró con seriedad—. Una cosa más, señorita Hale.
—¿Sí?
—No toque las cosas del señor Kestrel. —Lo dijo despacio, como si quisiera que lo recordara—. Ninguna. Ni su oficina, ni su recámara, ni su gabinete de licores. Al señor Kestrel no le gusta que toquen lo que es suyo.
Sentí un escalofrío bajarme por la columna.
—Entendido —dije.
Owen asintió una vez y se fue.
Wes llegó una hora después, más grande de como lo recordaba. Llevaba el pelo corto y tenía una cicatriz nueva en la mandíbula que no explicó. Me abrazó tan fuerte que mis pies se despegaron del suelo.
—Mírate —dijo, sonriendo—. Toda una diseñadora.
—Una diseñadora desempleada —lo corregí.
—No por mucho. —Me revolvió el pelo como si todavía tuviera once años—. ¿Te gusta el lugar?
—Wes. Es una locura. ¿Cómo pueden pagar esto ustedes dos?
—Nos va bien. —Se encogió de hombros, y su sonrisa se tensó un poco—. Mira, este edificio es seguro. Muy seguro. Nadie entra ni sale sin que Ronan lo sepa. Por eso quiero que estés aquí.
—¿Seguro contra qué?
—Contra todo. —Revisó su celular y me besó la coronilla—. Tengo que irme. La cena es a las ocho. Ronan estará aquí. Ponte algo bonito.
Y así, sin más, volvió a irse. Seguí pensando en la manera en que había dicho seguro, y en por qué me daba la sensación de que algo andaba mal.
Pasé la tarde desempacando, bañándome y mintiéndome. Te estás arreglando para la cena, no para él. Hay una diferencia.
Elegí un vestidito negro que yo misma había confeccionado en mi último año. Se ceñía a cada curva, terminaba en lo alto de los muslos y se hundía en un escote profundo en la espalda. Lo combiné con tacones de tiras y dejé caer el pelo suelto sobre un hombro.
En el espejo, mis ojos gris verdoso se veían brillantes y nerviosos. Cena, me repetí. Solo una cena.
A las 7:55 bajé la escalera. El penthouse estaba en silencio, y las luces de la ciudad se encendían afuera, una a una, igual que en mi sueño. El elevador sonó cuando llegué al último escalón.
Sonreí, lista para burlarme de mi hermano por llegar tarde, pero cuando se abrieron las puertas quien salió fue Ronan Kestrel. Toda la sala pareció encogerse a su alrededor.
Era más alto de lo que recordaba, de hombros anchos, con un traje negro sin corbata y los primeros botones de la camisa desabrochados. Tinta oscura le subía por el cuello y le cubría los nudillos mientras guardaba el celular en el bolsillo. Alzó la vista, me vio, y no sonrió ni saludó.
Sus ojos azul profundo fueron de mi cara al escote de mi vestido, bajaron por mi cintura y mis piernas desnudas hasta los tacones, y luego volvieron a subir, despacio. Se tomó su tiempo, como si tuviera todo el derecho, y para cuando nuestras miradas se encontraron otra vez, me temblaban las rodillas.
—Hola —chillé—. Soy...
—Sé quién eres.
Esas cuatro palabras salieron graves, tranquilas y peligrosas. Por cómo las dijo, parecía que supiera del sueño, de la cocina y de cómo me había despertado esa mañana susurrando su nombre.
Se me incendió la cara.
—Yo, este... Olvidé algo —murmuré—. Arriba.
Me di la vuelta y corrí, sintiendo sus ojos en mi espalda desnuda durante toda la subida. Azoté la puerta de mi cuarto, le eché llave y me recargué contra ella, respirando agitada.
Contrólate, Sienna.
Pero no pude. Todo mi cuerpo vibraba, la piel me quedaba chica, y una sola mirada suya había bastado para traer el sueño de vuelta. Cerré los ojos con fuerza y, antes de poder evitarlo, mi mano se deslizó bajo la falda. Imaginé sus ojos, sus nudillos tatuados y esa voz.
Sé quién eres.
Me mordí el labio para no hacer ruido. Entonces oí pasos pesados en el pasillo, lentos, cada vez más cerca. Me quedé helada, con la mano todavía bajo el vestido y el corazón golpeándome las costillas. Los pasos se detuvieron justo afuera de mi puerta.