Un matrimonio por contrato. Dos años. Cero sentimientos. Esa era la cláusula.
Elvira Vasconcelos dirige urgencias de madrugada, ignora su propia anemia y tiene un apellido que ya no abre puertas, solo pesa. Su abuela, desde lejos, no la deja en paz con una promesa antigua entre dos viejas amigas: que la nieta de una se casara con el nieto de la otra.
Ramiro Junqueira lleva solo un imperio de soya, ganado y café, habla lo estrictamente necesario y no sabe cómo llenar el hueco que ve en el dibujo de su hija de seis años: en la hoja de Sancha, la familia siempre está incompleta.
Ella necesita que su abuela deje de recibir pretendientes. Él necesita una esposa que no quiera quedarse con su vida. Se citan en un café, sin ilusiones, y salen con un acuerdo firmado: separación total de bienes, cuartos separados, discreción absoluta y una sola regla de honestidad: si alguno siente algo, avisa.
Pero Sancha no se deja engañar con facilidad. La fiebre de una madrugada, un yogur de fresa con letrero de advertencia y un poni llamado Biju empiezan a desordenar un contrato que parecía impecable. Y la doctora que nunca monta, nunca canta y nunca habla de su pasado esconde una caja con cinta reforzada, un nombre de caballo que no pronuncia y una vida entera que el hacendado apenas empieza a descubrir.
Entre cenas de gala que se vuelven emergencias, ex que regresan, suegras que miden de arriba abajo y una familia que se elige poco a poco, Elvira y Ramiro tendrán que decidir qué hacer con la cláusula que nadie quiso escribir.
¿Puede un matrimonio firmado para no sentir nada convertirse en el único lugar donde dos personas cansadas de cargar solas por fin se quedan?
Romance de contrato, corazones que aprenden despacio y una familia que nadie planeó… pero que nadie quiere perder.
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Capítulo 6
Capítulo 6
POV de Ramiro
Firmó sin leer. Pasó a la última página, trazó su nombre y devolvió el bolígrafo.
—Si quieres engañarme, leer línea por línea no sirve de nada —dijo—. Si eres hombre de palabra, leer no hace falta.
—¿Y si yo hubiera escondido una cláusula en medio?
—Entonces lo descubro después y te demando con calma. Pero no escondiste nada. No tienes cara de quien esconde. Tienes cara de quien se olvida de avisar.
Mi abogado, que cobra por hora para impedir que la gente firme sin leer, se puso blanco. Casi me río.
El registro civil fue el martes. Rápido, sin gracia. La jueza leyó el texto de siempre, los dos dijimos "sí". La empleada insistió en una foto.
—Acérquense más, hacen una pareja tan bonita.
Nos acercamos más, con un metro de distancia entre los dos.
—Más cerquita, gente. Así parece que se pelearon.
—No nos peleamos —dijo Elvira—. Es que no nos gustan las fotos.
—¿Van a celebrar en algún lado? —preguntó ella.
—Tengo guardia a las siete —dijo Elvira.
—Ay, ¿pero guardia el día de la boda? Pudo haberse tomado el día.
—Pude. Pero entonces, ¿quién cubría mi turno? —Elvira tomó el acta—. Gracias. La foto quedó perfecta.
La mujer se rió, creyendo que era broma de novia, pero yo hablaba en serio, y Elvira también.
En el carro, de regreso, Elvira se apagó. Reclinó el asiento un palmo y se durmió antes de que saliéramos del lugar. Manejé despacio, bajé el radio. Cuando me estacioné frente a su edificio, despertó de golpe, entera.
—Gracias por traerme, marido.
Bajó. Me quedé viéndola entrar.
Por la tarde, en la oficina, ya estaban los dos ahí. Léo es dueño de una productora y habla más que diez personas juntas. Thiago es dueño de Ânima, callado. Me conocen desde la escuela. Léo tomó el acta que estaba sobre el escritorio antes de que yo pudiera impedirlo.
—"Acta de matri…" —Se le apagó la voz—. Ramiro. ¿Esto qué es?
—Es lo que dice.
—¿Te CASASTE? ¿Casado casado? ¿Con quién? ¡Cenamos el martes antes del pasado, te comiste una picanha y no dijiste nada!
—El martes antes del pasado todavía no me había casado.
—Ah, entonces está todo explicado. —Léo levantó los brazos—. Se casó en una semana, el tipo. ¡Una semana! Yo estuve tres años con Paula y no logré ni elegir el color del sofá.
Thiago le quitó el acta de la mano a Léo, la leyó y levantó una ceja.
—Elvira Vasconcelos. La médica.
—La médica.
—¿La del reportaje del accidente en la Anhanguera? —Léo ya caminaba en círculos—. ¿La que salvó a los cuatro? ¿Cómo es que tú, entre todos los hombres sin chiste de este país, te consigues justo a esa?
—La arregló la familia —respondí—. Promesa antigua de las abuelas.
—Promesa de las abuelas. —Léo se detuvo—. Ramiro, ¿en qué siglo estamos?
—En el siglo en que mi madre todavía organiza cenas de casamentera. Déjalo así.
—Dejarlo así, nada. —Léo se volvió hacia mí—. Mírame a la cara y dime que no es un esquema de tierras, de herencia, de hacienda con problemas.
—No es nada de eso.
—¿Entonces es amor? ¿Tú? ¿Amor?
—Es asunto mío.
—"Asunto mío" —repitió Léo a Thiago—. Doce años y nunca ha tenido un asunto solo suyo que no terminara en problema.
—Léo. Ella va a formar parte de mi vida a partir de ahora. Ustedes dos la van a tratar con respeto.
—Nosotros siempre tratamos a todo el mundo con res…
—Cuñada. Es su cuñada. Y es una mujer que abre tórax a las tres de la mañana. Si alguno de los dos le hace un chiste enfrente, ella los desarma en quince segundos, y yo no defiendo a nadie.
—Me cae bien y ni la conozco —dijo Thiago.
—Claro que te cae bien. Es todo lo que tú finges ser y no eres: callada y aterradora. —Léo me apuntó con el acta—. Y tú te casaste con papel firmado con una desconocida y ni tartamudeaste. O hay mucho más en esta historia, o te pegaste en la cabeza con la salpicadera del tractor.
—Puede ser las dos cosas.
—¿Ves, Thiago? Lo admitió. —Léo se dejó caer en la silla—. Yo voy a esa boda. ¿Dónde es la fiesta?
—No hay fiesta.
—No hay fiesta. Claro que no hay fiesta. —Suspiró—. Se casó a secas, el desgraciado.
Tenía razón. Había mucho más. Pero era mío y de la niña que dibuja familias incompletas, y no iba a repartirlo en esa sala. El celular vibró.
"Llegué bien. No olvides nuestro trato, señor Junqueira."
Lo leí dos veces. La comisura de mi boca subió sola.
—ESO. —Léo se quedó a media frase y me apuntó con el dedo—. Esa sonrisa. ¿Qué sonrisa es esa?
—No es ninguna sonrisa.
—Sí es sonrisa. Thiago, ¿ves? —Léo se levantó otra vez—. Treinta y dos años y nunca había visto a este hombre sonreírle a una pantalla.
No respondí. Empecé a escribir. "No olvido nada." Lo borré. "Descansa, te lo mereces." También lo borré.