### Un grano de café para el lobo ruso
Una noche de traición los unió por error: ella, huyendo de una trampa; él, un temido mafioso ruso envenenado por sus enemigos. Al amanecer, ella desapareció dejando atrás una pequeña cadenita con un grano de café.
Lejos de Rusia, comenzó una nueva vida en Estados Unidos, sin imaginar que aquella noche cambiaría su destino para siempre. Mientras ella guarda un secreto capaz de alterar dos mundos, el lobo ruso mueve cielo y tierra para encontrar a la única mujer que logró escapar de sus garras.
Pero cuando sus caminos vuelvan a cruzarse, ¿será el amor más fuerte que la traición o terminarán destruyéndose mutuamente?
NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5: El pulso de la fiera
Siete meses después, el verano en la costa este de Estados Unidos no traía alivio: traía un calor húmedo, espeso y sofocante que convertía los techos de chapa de Paterson en un horno a presión.
En el primer piso de un viejo taller de confección en desuso que habían alquilado con los ahorros de dos turnos dobles, Maira Beltrán no se detenía.
Su cuerpo menudo, antes acostumbrado a la ligereza de las jornadas de doce horas, ahora cargaba con un vientre prominente, redondo y firme que tensaba su delantal de lona cruda. El sudor le pegaba mechones azabache a las sienes y los tobillos se le hinchaban al caer la tarde, pero sus manos —firmes, precisas y guiadas por la mente de una ingeniera— manejaban la cizalla eléctrica con la exactitud de un cirujano sobre una pieza de popelín de algodón egipcio.
No estaban cosiendo ropa genérica para las tiendas de descuento de Manhattan.
Maira había revolucionado el pequeño taller. Utilizando retales de alta densidad descartados por las grandes fábricas textiles de Newark, había desarrollado un proceso de termofijado artesanal que impermeabilizaba el tejido sin restarle caída ni transpirabilidad. Mientras Camila manejaba la máquina de ojales y atendía a los primeros clientes —pequeños sastres de Nueva York que buscaban acabados impecables sin intermediarios abusivos—, Maira diseñaba patrones anatómicos que ahorraban un quince por ciento de metraje por cada prenda.
—Siéntate diez minutos, Maira, por Dios —rogó Camila, dejando sobre la mesa de corte un vaso de agua con limón y hielo—. Tienes la cara blanca. Ese muchacho va a nacer con una cinta métrica en la mano si sigues parada ahí.
Maira soltó la cizalla despacio, apoyando una mano en la zona lumbar con una exhalación entrecortada. Con la otra mano, acarició la curvatura de su vientre a través de la tela áspera del delantal.
Desde adentro, una patada vigorosa y rotunda golpeó contra su palma.
Maira cerró los ojos, sonriendo con una ternura salvaje que borraba de golpe todo el agotamiento del día.
—Tiene prisa, Cami —susurró Maira, sintiendo el latido acelerado bajo su piel—. Patea como si ya quisiera ponerse a trabajar con nosotras.
—Patea como un potro desbocado, querrás decir —replicó Camila, sonriendo mientras le acomodaba un taburete acolchado—. Esta mañana vino el señor Rossi, el de la boutique de Brooklyn. Dijo que las veinte camisas de cuello italiano que le entregamos el lunes se vendieron en cuarenta y ocho horas. Quiere cincuenta más para el próximo viernes y está dispuesto a pagar por adelantado.
Maira abrió los ojos, brillando con esa resolución indomable que la había traído con vida desde el infierno:
—Dile que sí, pero con nuestras condiciones: cincuenta por ciento al corte, saldo contra entrega y el logotipo de nuestro taller cosido en la solapa interior. Taller Beltrán. No somos costureras anónimas, Camila. Somos socias.
El dolor comenzó esa misma noche, a las dos de la madrugada, cuando una tormenta de verano desató ráfagas de lluvia tibia contra los cristales polvorientos del taller.
No hubo tiempo de llegar a la clínica del condado.
La ruptura de la fuente fue un torrente súbito que obligó a Camila a improvisar un lecho limpio sobre la mesa de corte principal, cubriéndola con mantas de franela hervidas y toallas de lino desinfectadas.
Durante seis horas interminables, Maira libró la batalla más encarnizada de su vida.
Sola en mitad de la noche, aferrada a las manos temblorosas de su amiga, soportó cada contracción desgarradora mordiéndose el labio para no gritar, negándose a quejarse, empujando con la furia pura de una mujer que había aprendido a reconstruirse pedazo a pedazo. Cuando el dolor amenazaba con quebrarle la columna, en su mente no había miedo: solo el recuerdo de su abuela, la dignidad de su tierra y la certeza de que estaba trayendo al mundo lo único verdaderamente suyo.
A las ocho y diez de la mañana, un llanto potente, agudo y feroz desgarró el aire cargado del taller.
Camila, con lágrimas empapándole las mejillas, envolvió al recién nacido en una manta de algodón verde bosque y lo depositó con reverencia sobre el pecho desnudo y sudoroso de Maira.
—Es un varón, Maira... Un niño hermoso y sano —sollozó Camila.
Maira rodeó al bebé con sus brazos protectores, respirando el aroma tibio a vida nueva, a leche y a sangre propia. El corazón del niño latía desbocado contra su esternón.
Despacio, con los dedos temblorosos por la debilidad extrema, Maira acarició la coronilla oscura del pequeño y levantó el rostro para mirarlo.
El aire se le congeló en los pulmones.
El bebé abrió los ojos.
No eran los ojos oscuros de la familia Beltrán. No tenían el tono café de la tierra donde ella había crecido.
Eran de un gris acerado, frío y penetrante como el cielo antes de una tormenta de nieve: la mirada viva, inconfundible y feroz del lobo que la había devorado en aquella suite de hotel.
Maira sintió un escalofrío helado recorrerle la nuca, pero su abrazo no vaciló ni una milésima de segundo. Apretó al niño contra su pecho con una fuerza protectora inquebrantable, besándole la frente caliente mientras las lágrimas lavaban el rastro del dolor:
—Te llamas León —susurró Maira en su oído, marcando su destino con la voz rota de orgullo—. León Beltrán. Y nadie en este mundo te va a quitar tu lugar.
A miles de kilómetros, en la gélida península de San Petersburgo, la lluvia congelada golpeaba las cristaleras blindadas del club privado Volkov Bratva.
Alekséi Mikhailov Volkov estaba sentado a la cabecera de una mesa de caoba negra, rodeado por los jefes de las principales brigadas del norte y por Mikhail Volkov, su padre, un patriarca de setenta años con la mirada muerta y las manos cubiertas por tatuajes carcelarios de la era soviética.
Frente a Alekséi, con una copa de champán en la mano y una sonrisa calculada en los labios rojos, Viktoria Romanova lo observaba con la paciencia de una araña tejiendo su tela.
—El acuerdo con la familia Romanov asegurará las rutas del Báltico, Alekséi —habló el viejo Mikhail, con una voz rasposa que no admitía réplicas en la mesa—. Viktoria tiene el linaje, la posición y el respaldo de los consejos de Moscú. Llevas dos años como Pakhan. Es hora de que tomes una esposa y asegures un heredero de sangre para este imperio.
El silencio que siguió a la orden fue espeso, pesado como una lápida.
Los lugartenientes contuvieron la respiración, sabiendo que contradecir al patriarca solía costar un tiro en la sien.
Alekséi no se inmutó. Tenía el semblante de mármol, pero sus ojos grises despidieron un brillo tan letal que incluso Viktoria parpadeó, perdiendo un milímetro de compostura.
Con una lentitud exasperante, Alekséi llevó su mano derecha al bolsillo interior de su chaqueta sastre.
No sacó un arma.
Sacó la diminuta esfera de resina con el grano de café tostado y la letra M grabada en la montura de plata rota. La depositó sobre la mesa de caoba con un chasquido suave pero definitivo.
—Las rutas del Báltico ya son mías porque mis hombres las ganaron con plomo en Helsinki la semana pasada, padre —dijo Alekséi, y su voz gutural, baja y peligrosa heló el salón entero—. No necesito el apellido de los Romanov para sostener mi trono. Y no voy a meter a ninguna mujer en mi cama por conveniencia de los consejos.
Viktoria entrecerró los ojos, clavando la mirada en el amuleto insignificante sobre la madera:
—¿Rechazas una alianza de sangre por un pedazo de bisutería barata, Alekséi? ¿Sigues buscando a la fantasma que se te escapó en un hotel del tercer mundo?
El movimiento de Alekséi fue tan veloz que nadie en la mesa alcanzó a reaccionar.
Se inclinó sobre la mesa, atrapó la muñeca de Viktoria con una presa de titanio que hizo crujir los huesos de la mujer y se cernió sobre ella con la ferocidad de una fiera al acecho:
—Vuelve a hablar de ella con esa boca... y tu padre tendrá que recoger tus pedazos en el canal de Fontanka, Romanova.
Soltó a la mujer con desprecio, dejándola temblando de dolor y humillación, y recogió la cadenita con el grano de café, guardándola nuevamente sobre el latido firme de su pecho.
Alekséi se puso de pie, dominando la sala con su imponente presencia de un metro noventa y dos:
—Dmitri.
El lugarteniente dio un paso al frente desde la penumbra:
—Dígame, Pakhan.
—Duplica el presupuesto de rastreo en el continente americano —ordenó el ruso, saliendo a grandes zancadas sin mirar a su padre ni a los jefes de brigada—. Comiencen a revisar los registros de importación y exportación textil. Ella es ingeniera en telas. Tarde o temprano, una mujer con ese talento va a tener que comprar maquinaria o registrar una patente.
Alekséi cruzó el umbral del club bajo el aullido del viento helado, apretando la mandíbula con una determinación despiadada:
—Y cuando la encuentre... no me importa en qué rincón del planeta se haya escondido. Va a responder por cada noche que me dejó ardiendo en la oscuridad.