La vida despreocupada de fiestas y alcohol del universitario Esteban Anderson da un vuelco total cuando una mañana encuentra una bebé en su porche con una nota de despedida. Tras confirmar por ADN que es su hija y comprobar que la madre nunca volverá, Esteban deja atrás los excesos para criarla solo. Entre trabajos de madrugada, clases universitarias y un amor incondicional, bautiza a la pequeña Isabella y descubre que el propósito más grande de su vida era convertirse en su padre.
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Capitulo 17
El cansancio no era solo una sensación física; ya se había convertido en un peso sólido, una especie de armadura de plomo que me aplastaba los hombros, me doblaba la espalda y me secaba la garganta. Eran las ocho de la noche de un viernes particularmente brutal. La semana en el taller mecánico de Martín había sido un infierno de piezas pesadas, grasa que ya parecía parte natural de mi piel y turnos extras bajo un sol implacable. Para colmo, las cuentas acumuladas de la luz, los pañales de talla mediana y la última visita al pediatra habían dejado mi cartera prácticamente en los huesos.
Caminé las últimas cuadras hacia casa arrastrando los zapatos contra la banqueta, con la mochila escolar colgando de un solo hombro y la mente nublada por una negrura espesa de agobio y preocupación. No sabía cómo iba a resolver los pagos de la próxima semana. Sentía que, por más que corriera, por más que madrugara a las cuatro de la mañana a estudiar y por más que me rompiera las manos trabajando, siempre estaba al borde del abismo, a un solo paso de tropezar y caer al vacío.
Abrí la puerta principal de la casa con una lentitud desesperada, intentando hacer el menor ruido posible para no despertar a mis papás, que ya debían estar descansando. El interior olía a sopa caliente y al característico toque de talco de bebé que ya formaba parte de las paredes de nuestro hogar.
Dejé las llaves sobre la mesita de la entrada con un golpe seco, me quité los tenis gastados y caminé a oscuras por el pasillo directo a mi habitación.
Mi cuarto había cambiado bastante en estos ocho meses. La pequeña cuna de madera que al principio parecía enorme ahora ocupaba un rincón, porque desde hacía unas semanas Isabella dormía conmigo, en el centro de mi cama, rodeada de almohadas para que no rodara hacia el suelo. Su presencia había invadido cada rincón de mi espacio, llenándolo de juguetes de plástico de colores chillones, mamilas secándose en la repisa y pañales apilados junto al armario.
Empujé la puerta de la habitación con el codo, encendí la lámpara de noche con luz tenue y me dejé caer de rodillas junto a la cama, sintiendo que las fuerzas finalmente me abandonaban. Apoyé la frente contra el colchón, cerré los ojos con fuerza y dejé escapar un suspiro largo, tembloroso y cargado de una profunda frustración.
—Ya no sé qué más hacer... —murmuré para mí mismo en un hilo de voz, sintiendo que las lágrimas de impotencia querían asomarse por primera vez en mucho tiempo—. Estoy cansado, pequeña... tengo miedo de no poder con todo esto.
En ese preciso instante, sobre las sábanas suaves de la cama, se escuchó un pequeño movimiento.
Unos piececitos regordetes patalearon contra las cobijas y un gorgojeo alegre rompió el silencio de la habitación.
Levanté la vista despacio, con el corazón encogido, y me asomé al borde del colchón.
Isabella estaba despierta. Se había girado boca arriba y me miraba fijamente con esos enormes ojos oscuros y limpios que heredó de nadie sabe dónde. Tenía ocho meses cumplidos, estaba hermosa, fuerte, con un peso perfectamente normal para su edad y unas mejillas redondas y rosadas que daban ganas de morder. Y lo mejor de todo: ya le estaban brotando los dos primeros dientecitos incisivos abajo, dos perlitas blancas y diminutas que se asomaban cada vez que abría la boca para reírse.
Ya no era la bebé frágil que cabía en una canasta de mimbre ni la recién nacida silenciosa que apenas se movía. Era una niña despierta, curiosa, llena de vida y de una luz inagotable.
Me vio con la cara demacrada, las ojeras marcadas y los hombros caídos por la derrota. Y entonces, ocurrió algo que me detuvo el pulso por completo.
Isabella ensanchó los labios. Sus ojitos se arrugaron en dos medias lunas perfectas y me regaló una sonrisa amplia, enorme, consciente y brillante. No fue el típico reflejo involuntario de los primeros meses; fue una sonrisa dirigida exclusivamente a mí, llena de un reconocimiento puro, de complicidad y de un amor tan desmesurado que me atravesó el pecho como un rayo de sol en medio de la tormenta más oscura.
Se impulsó con sus manecillas gorditas, gateó a toda velocidad por las sábanas y se arrastró hasta quedar justo frente a mi cara, estirando los bracitos para tocarme la nariz con sus deditos tibios.
—¡Aba! —balbuceó con voz juguetona, soltando una risita alegre que resonó en las cuatro paredes del cuarto.
Sentí que el mundo entero se detenía.
Todas las preocupaciones por el dinero, el cansancio brutal de las manos lastimadas por la grasa del taller, las cuentas por pagar y la presión de la universidad se desvanecieron en el aire como si nunca hubieran existido. La oscuridad que me ahogaba por dentro se rompió en mil pedazos, disipada por la fuerza arrolladora de esa sonrisa limpia y sincera.
Un nudo gigantesco se me formó en la garganta, pero esta vez no fue de miedo ni de tristeza. Fue una ola inmensa de gratitud y alivio.
Estiré los brazos con desesperación, la tomé por la cintura y la levanté en el aire, pegándola con fuerza contra mi pecho mientras enterraba la cara en su cuello, sintiendo su olor a bebé, a vida pura y a esperanza. Isabella soltó otra carcajada aguda y me rodeó el cuello con sus manitas, apretándome con una fuerza increíble.
—Tenías que ser tú... siempre fuiste tú —le susurré al oído, con la voz rota por las lágrimas que finalmente empezaron a rodar por mis mejillas sin importarme nada—. Perdóname por dudar, mi amor. Perdóname por sentirme cansado.
La recosté de nuevo sobre la cama, me acosté a su lado y la abracé con todas mis fuerzas, protegiéndola del frío y del mundo exterior. Isabella bostezó despacio, acomodó su pequeña cabeza sobre mi hombro, jugando con el cuello de mi playera, y se fue quedando dormida con una tranquilidad absoluta.
Miré hacia el techo de la habitación, sintiendo que una paz profunda y definitiva me inundaba el alma. Ya no importaban los problemas económicos ni lo difícil que fuera el camino por delante. Cualquier rastro de duda sobre mi rol como padre había quedado borrado para siempre. Yo era su padre, ella era mi mundo entero, y con esa sonrisa suya alumbrando mis días, sabía con absoluta certeza que podíamos con todo.