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LA PÓLVORA

LA PÓLVORA

Status: En proceso
Genre:Mafia / Traiciones y engaños / Venganza
Popularitas:419
Nilai: 5
nombre de autor: Yesid Cabas

A los 17 años, Mila Sarmiento pierde a su hermano en una guerra que nunca fue suya.
En El Pozo, la justicia no existe. Solo existen las deudas, las traiciones y las balas.
Nail, un joven sicario, le enseñará a sobrevivir. Pero Mila aprenderá demasiado rápido.
Lo que comienza como una búsqueda de venganza terminará convirtiéndola en La Pólvora, la mujer más temida de Puerto Fiel.
El problema es que cuanto más poder consigue, más cerca está de descubrir una verdad que podría destruirlo todo.
Porque en este barrio, para sobrevivir hay que convertirse en aquello que juraste destruir.

NovelToon tiene autorización de Yesid Cabas para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 3: DOS DISPAROS

A las nueve y veinte de la noche, El Pozo sonaba como siempre suena un martes cualquiera: una tele encendida en cada segunda casa, una discusión de pareja que se colaba por una ventana sin cortina, el ladrido intermitente del perro de los Ospina, que llevaba años ladrándole a las mismas sombras. Mila estaba en la cocina lavando los platos de la comida, con el radio pequeño de pilas sintonizando una emisora que alternaba vallenatos viejos con noticias que nadie en el barrio terminaba de creerse del todo. Doña Nelly dormía en el cuarto, vencida por la pastilla de la presión que la dejaba pesada después de las ocho. Yeison había salido "un momento", dijo, "a resolver una vuelta", y a Mila esa frase ya no le sonaba inocente desde la conversación de la semana anterior, pero tampoco tenía forma de detenerlo. Un hermano de veintitrés años no se deja mandar a quedarse en casa por una hermana de diecisiete, por más miedo que ella cargara sin nombre.

El primer disparo sonó como suenan siempre los disparos en la loma: un golpe seco, casi ridículo por lo pequeño que parece el sonido comparado con lo que puede hacer. Mila no lo reconoció al principio como lo que era. En El Pozo los disparos se confundían con los totes de pólvora que a veces tiraban los muchachos en las fiestas, con el escape de alguna moto vieja, con mil cosas que el oído prefería creer antes que aceptar lo obvio.

El segundo disparo, medio segundo después, no dejó espacio para la duda.

Doña Nelly se despertó de golpe, con esa clase de instinto que solo tienen las madres de ese barrio, entrenadas sin quererlo a distinguir un disparo real entre todos los ruidos posibles de la noche.

—¡Mila! —gritó desde el cuarto, con una voz que ya cargaba el presentimiento antes de que nadie confirmara nada.

Mila salió corriendo a la calle sin secarse las manos, sin pensar, con el cuerpo moviéndose más rápido que la cabeza. Afuera, el barrio ya empezaba a reaccionar como reacciona siempre: puertas que se abrían apenas una rendija, vecinos asomándose con el cuidado de quien sabe que en esa loma la curiosidad puede costar caro, alguien gritando "¡llamen a alguien!" sin que quedara claro a quién, porque llamar a la policía en El Pozo era, la mayoría de las veces, un gesto simbólico más que una esperanza real.

Corrió hacia el sonido. No hacia el lugar exacto —eso no lo sabía todavía— sino hacia la dirección general de donde había venido el eco, esa mezcla de instinto y terror que hace que el cuerpo decida antes que la mente. Dos cuadras más abajo, cerca de la tienda de Katiuska, ya se estaba formando un corrillo de gente, ese círculo silencioso y espantado que se arma alrededor de algo que todos saben que es grave antes de verlo del todo.

Mila se abrió paso empujando hombros que no reconocía, apartando cuerpos con una fuerza que después, mirándolo en retrospectiva, ni ella misma se explicaría de dónde había sacado.

Y ahí estaba Yeison.

Boca arriba, en la mitad de la calle, con los ojos abiertos mirando un cielo que en El Pozo casi nunca se veía tan despejado como esa noche, como si el clima también se hubiera puesto de acuerdo para hacer el momento más cruel. La camisa, que esa mañana Mila lo había visto planchar con un cuidado extraño, casi ceremonial, ahora tenía dos manchas oscuras que crecían despacio, como si la tela misma no terminara de creer lo que le estaba pasando.

—Yeison. —La palabra le salió a Mila como un susurro, no como un grito, porque en ese primer instante el cuerpo todavía se resistía a aceptar lo que los ojos ya habían entendido.

Se arrodilló a su lado. Le tomó la cara con las dos manos, esas mismas manos que dos horas antes estaban lavando platos como si esa noche fuera una noche cualquiera. Yeison todavía respiraba —apenas, con un esfuerzo que sonaba como un motor gastado intentando arrancar una última vez— y sus ojos, cuando encontraron los de Mila, tuvieron un segundo de reconocimiento, un segundo en el que pareció que iba a decir algo.

No dijo nada. O si lo intentó, el sonido no le alcanzó a salir.

—¡Alguien llame una ambulancia! —gritó Mila, aunque sabía, con esa certeza brutal que da el pánico, que ninguna ambulancia iba a subir por esa loma a tiempo, que en El Pozo las ambulancias llegaban casi siempre después, cuando ya no había ninguna urgencia que atender, sino solo un cuerpo que recoger.

Alguien —después nunca pudo recordar quién, el rostro se le borró para siempre entre la neblina de esa noche— la ayudó a mantener presión sobre las heridas con un trapo que apareció de algún lado. Doña Nelly llegó corriendo, en bata, con el pelo suelto, gritando el nombre de su hijo con una voz que Mila no le había escuchado nunca y que no le volvería a escuchar en la vida, un sonido que parecía venir de un lugar más antiguo que el idioma mismo.

Yeison murió antes de que llegara cualquier ayuda, en la mitad de la calle, rodeado de vecinos que no sabían si acercarse o dar espacio, bajo un cielo que seguía teniendo la insolencia de estar despejado y lleno de estrellas, como si nada de lo que estaba pasando abajo le importara lo más mínimo.

Mila no supo cuánto tiempo pasó arrodillada ahí, con las manos manchadas, con el peso del cuerpo de su hermano volviéndose, minuto a minuto, más frío y más pesado, como si la vida al irse se llevara también algo de la levedad que un cuerpo humano siempre tiene sin que uno lo note hasta que falta.

Lo que sí recordaría siempre, con una precisión que años después todavía le cortaba la respiración, fue el instante exacto en que dejó de sentir el pulso bajo sus dedos. Un instante sin ceremonia, sin música de fondo, sin ningún aviso que lo señalara como el momento en que su vida se partía en dos mitades que nunca más iban a volver a unirse del todo.

Nadie en la calle esa noche vio quién disparó. O si alguien lo vio, decidió, como se decidía siempre en El Pozo, que no había visto nada. La policía llegó dos horas después, cuando el cuerpo de Yeison ya estaba cubierto con una sábana que alguien sacó de su propia casa, cuando el corrillo de vecinos ya se había dispersado en grupos pequeños que hablaban en voz baja, repitiendo la misma frase que se repite siempre en esos casos, la frase que en El Pozo funciona como responso y como resignación al mismo tiempo:

"Ya se sabía que esto iba a pasar."

Mila, sentada en el andén con las manos todavía manchadas y la mirada fija en la sábana que cubría a su hermano, escuchó esa frase repetida varias veces esa noche, susurrada entre los vecinos como una plegaria triste, y sintió que algo dentro de ella, algo que hasta esa noche había sido blando, empezaba a endurecerse con la velocidad de un metal enfriándose demasiado rápido.

No lloró todavía. Eso vendría después, en oleadas que la sorprenderían en los momentos más absurdos durante meses. Esa noche, sentada junto al cuerpo de su hermano bajo un cielo estrellado que le pareció la burla más grande del mundo, Mila solo sintió una cosa con total claridad, una certeza que se le clavó en el pecho como una bala que nadie había disparado todavía:

Alguien iba a pagar por esto. Y ella, aunque todavía no supiera cómo, iba a asegurarse de estar ahí cuando llegara ese momento.

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