Valentina Morales está acostumbrada a que la gente juzgue su cuerpo antes de conocer su corazón.
Después de perder su empleo y descubrir que su hermano tiene una enorme deuda con un hombre peligroso, Valentina acepta trabajar para el único hombre capaz de ayudarlos: Damián Ferrer, el mafioso más poderoso y temido de la ciudad.
Damián está acostumbrado a conseguir todo lo que quiere. Las mujeres se acercan a él por su dinero, su poder y su apellido.
Pero Valentina es diferente.
Ella no se deja intimidar.
No intenta conquistarlo.
No acepta sus órdenes sin discutir.
Y, sobre todo, no permite que nadie vuelva a hacerla sentir menos por tener curvas.
Lo que comienza como una relación basada en una deuda terminará convirtiéndose en una historia de amor, celos, traiciones y secretos.
Damián juró que jamás se enamoraría.
Valentina juró que jamás permitiría que un hombre controlara su vida.
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el trató
Valentina pasó toda la noche sin dormir.
El contrato de Damián Ferrer estaba sobre la mesa de la cocina.
Lo había leído tantas veces que prácticamente conocía cada palabra de memoria.
Seis meses.
Trabajar como su asistente personal.
A cambio, la deuda de Mateo quedaría completamente pagada.
Cincuenta millones de pesos.
Era demasiado bueno para ser verdad.
Y precisamente por eso le daba miedo.
—No lo hagas —dijo Mateo desde la otra silla.
Valentina levantó la mirada.
—¿Qué?
—No aceptes.
—¿Y qué propones?
Mateo guardó silencio.
—¿Que esperemos a que Damián venga por ti?
—No va a hacerte nada.
Valentina soltó una pequeña risa.
—No puedes saberlo.
—Conozco a hombres como él.
—No, Mateo. Tú conoces a sus empleados. No conoces a Damián.
Valentina volvió a mirar el contrato.
—Además, no tengo otra opción.
—Siempre existe otra opción.
—¿Cuál?
Mateo no respondió.
La realidad era demasiado dolorosa.
No tenían dinero.
No tenían propiedades.
No tenían a quién pedirle ayuda.
Y Damián Ferrer no parecía ser un hombre dispuesto a esperar.
Valentina tomó el contrato.
—Voy a hacerlo.
Mateo se levantó de inmediato.
—¡No!
—Es la única manera de salvarte.
—No quiero que sacrifiques tu vida por mí.
Valentina lo miró con ternura.
—Eres mi hermano.
—Pero...
—Cuando mamá murió, prometimos que siempre estaríamos juntos.
Mateo bajó la cabeza.
—No quiero perderte.
Valentina se acercó y lo abrazó.
—No me vas a perder.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, algo dentro de ella le decía que después de firmar aquel contrato nada volvería a ser igual.
A las nueve de la mañana, Valentina estaba frente al edificio de Damián.
Había pasado la noche pensando en qué ponerse.
Finalmente eligió un pantalón negro, una blusa blanca y unos zapatos sencillos.
No quería parecer alguien que intentaba impresionarlo.
Solo quería dejar claro que estaba allí por una razón.
Pagar una deuda.
Nada más.
El mismo hombre de la noche anterior la recibió.
—El señor Ferrer la está esperando.
Valentina asintió.
Subió al ascensor.
Cuando las puertas se abrieron, encontró a Damián detrás de su escritorio.
Esta vez llevaba una camisa blanca y el saco negro descansaba sobre el respaldo de su silla.
Levantó la mirada.
Durante unos segundos no dijo nada.
Valentina tampoco.
Finalmente, Damián preguntó:
—¿Tomaste una decisión?
Ella colocó el contrato sobre su escritorio.
—Sí.
Damián miró el documento.
—¿Vas a firmar?
—Sí.
—¿Estás segura?
Valentina lo miró directamente.
—No.
Damián arqueó una ceja.
—Entonces, ¿por qué lo haces?
—Porque amo a mi hermano.
Algo cambió en la expresión de Damián.
Fue apenas un segundo.
Después volvió a mostrar su habitual frialdad.
—Firma.
Valentina tomó el bolígrafo.
Pero antes de hacerlo, levantó la mirada.
—Quiero dejar algo claro.
—Te escucho.
—No soy una de sus mujeres.
Damián frunció el ceño.
—Nunca dije que lo fueras.
—Y tampoco voy a permitir que me trate como una propiedad.
Él se levantó.
—Mientras trabajes para mí, tendrás ciertas reglas.
—¿Qué reglas?
Damián caminó hasta quedar frente a ella.
—No hablarás de mis negocios.
—De acuerdo.
—No entrarás en lugares restringidos.
—De acuerdo.
—No abandonarás la propiedad sin avisar.
Valentina lo miró con incredulidad.
—¿Eso es una regla o una prisión?
—Es protección.
—No necesito que me proteja.
—Eso no lo decides tú.
Valentina apretó los labios.
—Y la última regla.
Damián hizo una pausa.
—No tendrás relaciones sentimentales mientras trabajes para mí.
Valentina abrió los ojos.
—¿Perdón?
—Es una condición.
—Eso no tiene nada que ver con mi trabajo.
—En mi mundo, sí.
—¿Y si me niego?
Damián tomó el contrato.
—Entonces no hay trato.
Valentina lo miró fijamente.
Después respiró profundamente.
—Está bien.
Tomó el bolígrafo.
Firmó.
Damián hizo lo mismo.
El trato estaba cerrado.
Valentina soltó el aire lentamente.
—Ahora mi hermano está libre de la deuda.
—Sí.
—¿No volverán a molestarlo?
—No.
—¿Está seguro?
—Mi palabra es suficiente.
Valentina guardó silencio.
Por alguna razón, le creyó.
Damián tomó su teléfono.
—Haré la transferencia inmediatamente.
Unos segundos después, recibió una confirmación.
—La deuda está pagada.
Valentina sintió un enorme alivio.
Por primera vez en semanas pudo respirar tranquila.
—Gracias.
Damián la observó.
—No me agradezcas todavía.
Valentina frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque tu verdadero trabajo comienza hoy.
Dos horas después, Valentina estaba frente a la enorme mansión Ferrer.
Nunca había visto una casa tan grande.
Tenía jardines perfectamente cuidados, enormes ventanales y una entrada digna de un palacio.
—Esto es ridículo —murmuró.
El conductor abrió la puerta.
—Bienvenida a la residencia Ferrer.
Valentina bajó.
Una mujer elegante se acercó.
—Soy Elena, la administradora de la casa.
—Mucho gusto.
Elena la observó de arriba abajo.
No parecía muy impresionada.
—El señor Ferrer me pidió que le enseñara su habitación.
—¿Mi habitación?
—Sí.
Valentina la siguió.
Mientras caminaban por los pasillos, varios empleados la miraban.
Algunos susurraban.
Valentina intentó ignorarlos.
Finalmente llegaron a una habitación enorme.
Tenía una cama matrimonial, un baño privado, un armario y un balcón con vista al jardín.
—No puedo quedarme aquí.
Elena la miró sorprendida.
—¿Por qué?
—Porque esto es demasiado.
—El señor Ferrer lo decidió.
Valentina suspiró.
—Claro.
Cuando Elena se marchó, Valentina dejó su bolso sobre la cama.
Miró a su alrededor.
Seis meses.
Solo tenía que soportar seis meses.
Después podría marcharse.
Tomó su teléfono y llamó a Mateo.
—¿Cómo estás?
—Mejor.
—¿Confirmaron que la deuda está pagada?
—Sí.
Valentina sonrió.
—Entonces valió la pena.
—Vale...
—¿Sí?
—Ten cuidado.
—Lo tendré.
Colgó.
Valentina se sentó sobre la cama.
No sabía que alguien la observaba desde el otro lado del pasillo.
Damián estaba apoyado contra la pared.
Había escuchado parte de la conversación.
No entendía por qué aquella mujer le provocaba tanta curiosidad.
Era diferente.
No intentaba agradarle.
No le tenía miedo.
Y, a pesar de estar rodeada de lujo, parecía sentirse incómoda con todo aquello.
Damián se alejó.
Pero antes de entrar en su despacho, escuchó una voz detrás de él.
—¿De verdad ella será su asistente?
Damián se giró.
Isabella estaba allí.
Llevaba un elegante vestido rojo y una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Sí —respondió él.
Isabella soltó una pequeña risa.
—¿Una mujer como ella?
Damián endureció la mirada.
—¿Qué quieres decir?
—Nada.
Isabella se acercó.
—Solo me sorprende que ahora contrates mujeres que no encajan precisamente con tu estilo.
Damián dio un paso hacia ella.
—No vuelvas a hablar de Valentina de esa manera.
La sonrisa de Isabella desapareció.
—¿Te importa?
Damián no respondió.
Isabella lo observó con atención.
Y entonces comprendió algo.
Damián Ferrer nunca había defendido a una mujer de esa manera.
Su expresión cambió.
—Esto va a ser interesante.
Se dio la vuelta y se marchó.
Mientras tanto, Valentina estaba deshaciendo sus cosas sin imaginar que, al firmar aquel contrato, no solo había aceptado trabajar para el hombre más peligroso de la ciudad.
También había despertado los celos de una mujer que haría cualquier cosa para recuperar a Damián.
Y aquello apenas estaba comenzando.